En un artículo anterior,1 se planteó un reto a los lectores: descubrir al autor de las cartas cuyas fotografías acompañan nuevamente estas páginas.
La primera revelación, sin duda, superará las hipótesis iniciales: las misivas no están redactadas ni en portugués, ni en inglés, ni en francés, ni en neerlandés, sino… ¡en tupí antiguo! Desde casi cuatro siglos, estos seis manuscritos permanecen custodiados en la Biblioteca Real de los Países Bajos, de La Haya, y fueron traducidos por el filólogo Eduardo de Almeida Navarro, con notable mérito, sólo en 2022.2 Se espera que el importante contexto histórico que las rodea sea conocido por gran parte de los brasileños.
En 1624, los holandeses calvinistas, financiados por la Compañía de las Indias Occidentales, intentaron invadir Bahía y fueron repelidos al año siguiente por una fuerza militar conjunta de Portugal y España —la llamada Armada Luso-Española—. Durante este período, sin embargo, establecieron relaciones con parte de los indígenas de Paraíba, los potiguara (poti uara, en tupí, que significa «comedores de camarones»). Pedro Poti y otros veinte indígenas partieron con los holandeses, abandonaron el catolicismo en el que habían sido bautizados y se hicieron radicalmente calvinistas. Para los demás potiguara, esto representó una grave traición a su pueblo, a los portugueses y, sobre todo, a la fe católica —abrazada por sus padres—, y la reconciliación sólo volvería a ser posible, en cierta medida, cuando el conflicto culminara en el campo de batalla.
Cinco años después, los holandeses atacaron la Capitanía de Pernambuco y conquistaron gran parte de la costa noreste, dando inicio a veinticuatro años de ocupación. El 13 de junio de 1645, estalló la rebelión contra el dominio holandés. Episodios marcados por la persecución religiosa y la violencia, como las masacres de Cunhaú y Uruaçu, en el actual Rio Grande do Norte, intensificaron la ruptura y consolidaron la resistencia.
Entre los comandantes de la insurrección se encontraban João Fernandes Vieira, André Vidal de Negreiros, Antônio Dias Cardoso, Henrique Dias, hijo de esclavos africanos, y Felipe Camarão, potiguara que recibió el título de capitán mayor de todos los indios.
Es en este momento culminante de la historia donde se sitúan las seis cartas aquí mencionadas, fechadas del 19 de agosto al 21 de octubre de 1645. Tres son de Felipe Camarão. También escribieron el capitán Simão Soares, Diogo da Costa y Diogo Pinheiro Camarão. Las cartas comparten el mismo objetivo: convencer a sus destinatarios —especialmente a Pedro Poti, que actuaba como intérprete e intermediario en las alianzas indígenas— de que abandonaran el campamento enemigo y regresaran a sus familias y a la verdadera religión.
En ellas destacan no sólo la distinguida caligrafía, sino sobre todo la nobleza de sentimientos y la profundidad de la fe que impregnan el texto. Las solemnes y afables introducciones recuerdan las epístolas del apóstol San Pablo. La delicadeza de las expresiones se asemeja a la de San Juan Evangelista: «Que Dios mismo llegue con mi cartita para tu salvación, oh mi hermanito Pedro Poti», escribía a modo de introducción el indígena Diogo da Costa. La preocupación es, ante todo, por la salvación eterna del hermano. Más adelante apela, de manera conmovedora, al vínculo fraterno: «Sal, sin pensarlo más, en cuanto leas esta carta mía. ¿Por qué te gustan los hombres malos? ¿Y a mí no me quieres? ¿Por qué?».
Felipe Camarão, capitán mayor de los indios, le escribe así a Pedro Poti el 19 de agosto de 1645, poco después de la masacre de Cunhaú, cuando algunos indígenas del bando holandés, comandados por Jacob Rabi, masacraron a un grupo de fieles, entre ellos el sacerdote San André de Soveral, durante una misa, ocasión en la que a una de las víctimas le arrancaron el corazón por la espalda: «Os envío de nuevo instrucciones, porque os amo de verdad. ¿Por qué? Porque, en realidad, soy el verdadero padre de todos, para que no perdáis vuestra salvación». En otro pasaje, Felipe Camarão muestra los sentimientos caballerescos que habitaban las almas potiguaras y la profunda amistad que reinaba entre portugueses e indígenas: «Si haces esto por El Rey, será una gran acción por tu parte».
Las cartas sugieren la existencia de varios elementos que contrastan con la historia brasileña tal y como suele presentarse. Si esos indígenas fueron capaces de escribir con tanta soltura y elevación en su propia lengua, en cuyo seno encontrarían las mejores expresiones para sus sentimientos, ello se debe, en gran medida, a un puñado de sacerdotes heroicos, como San José de Anchieta, que en décadas anteriores les había transmitido la fe y proporcionado un alfabeto y una gramática. No fueron pocos los momentos en que la Iglesia y la civilización, al entrar en contacto con las raíces indígenas, las respetaron, protegieron y fecundaron con una nueva savia, para que produjeran dulces frutos, que jamás habrían conocido de haber sido abandonadas en su estado primitivo.
Teniendo en cuenta que hacía relativamente poco tiempo que los indígenas mantenían un contacto más directo con los portugueses —en torno a un siglo y medio—, este episodio cobra aún mayor relevancia. En cualquier caso, conviene reconocer el papel de sacerdotes, educadores y líderes que participaron en este proceso fundacional de Brasil, especialmente en la Insurrección pernambucana, en la que se reunieron, en diferentes circunstancias, combatientes de origen europeo, indígena y africano.
Notas:
Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 279. Octubre 2026
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Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 277. Agosto 2026
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