—¡La verdad ha salido a la luz! No tiene sentido negarlo... ¡Nos han descubierto!
—Sí, tienen razón, los Heraldos del Evangelio son esclavos...
—Pero, un momento, ¿lo hemos ocultado alguna vez?
—¡No, nunca lo hemos ocultado! Al contrario, no sólo hemos afirmado siempre que somos esclavos, sino que hacemos todo lo posible para beneficiar a otras personas con el privilegio de la esclavitud.
—¿Privilegio? ¿Quiere decir que la esclavitud no es algo malo?
—No. Este tipo de esclavitud, no. Somos esclavos del amor, o «esclavos de la Fe», como nos llaman. Somos esclavos de María, para ser plenamente esclavos de Jesucristo, nuestro Señor. Para ser exactos: esclavos de Jesús, por las manos de María.
¡Nos acusan de lo que somos!
Comenzamos este artículo con un diálogo ficticio, pero basado en hechos reales, para reflexionar sobre uno de los temas del momento en la red: el estreno de un documental sobre los Heraldos del Evangelio.
Es curioso observar cómo la mirada del mundo, muchas veces ávida de escándalos y noticias, se vuelve miope y acaba dejándose llevar por las ilusiones. Mientras cámaras y focos buscan «sombras», pensando que hay «misterios» por detrás de los portones cerrados, ignoran lo que está claramente expuesto en la fisonomía, en el corazón y en el alma de cada persona consagrada.
Quieren «denunciarnos» por ser lo que siempre hemos proclamado a los cuatro vientos: esclavos de amor.
El origen de la esclavitud de amor
Si lo que les mueve es lanzar algo inédito, han llegado con siglos de atraso. El «contrato» de nuestra esclavitud no se firmó en oscuras oficinas, sino en el altar de la historia de la Iglesia, sellado por san Luis María Grignion de Montfort y ratificado por gigantes de la fe.
Quienes se escandalizan por nuestra «sumisión» deberían volver la mirada hacia el papa polaco que cambió el curso del siglo XX: san Juan Pablo II, el papa que derribó muros de vergüenza, reavivó la fe y no tuvo miedo de llamarse esclavo.
En su juventud, encontró la respuesta a sus perplejidades en el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, que, según declaró, se había convertido en su libro de cabecera.
El lema de su vida, el inmortal «Totus tuus» (todo tuyo), no era otra cosa sino la síntesis de la «esclavitud de amor» practicada por los Heraldos del Evangelio y millones de católicos de todo el mundo.
Para el papa, entregarse totalmente a María no era un grillete, sino un ancla, el camino más corto, más seguro y más perfecto para llegar a Jesús, ya que la Santísima Virgen es el camino en el que Cristo se forma en nosotros.
La libertad de ser un siervo
Como enseña el gran san Luis Grignion de Montfort, la sagrada esclavitud a María no nos priva de nuestra dignidad, sino que nos conforma a Jesucristo, el Hijo que asumió la condición de esclavo por amor a nosotros (Flp 2, 7).
Y la Virgen María, la primera de todos, se llamó a sí misma «esclava del Señor»: «He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Entonces, ¿es un delito imitar a la Madre de Dios?
Esta «esclavitud de la fe» que tanto molesta a los guionistas y a quienes los alimentan con sus fábulas y teorías conspirativas es, de hecho, el único camino hacia la libertad de los hijos de Dios. Constituye un vínculo de caridad que nos despoja del egoísmo para que Cristo pueda vivir en nosotros y nosotros podamos vivir de acuerdo con su voluntad, entregándonos por entero en sus manos: «Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores» (Sal 122, 2).
La cadena de oro: papas y santos
Esta devoción atraviesa los siglos como una cadena de oro. León XIII, el papa del rosario, beatificó a san Luis Grignion y concedió indulgencia plenaria a todos los que hicieran o renovaran esta consagración de esclavitud el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, y el 28 de abril, día en que la Iglesia conmemora al santo francés.
En dos ocasiones, san Pío X confidenció que se había inspirado en san Luis Grignion para escribir la encíclica Ad diem illum y concedió la bendición apostólica a todos aquellos que leyeran el Tratado de la verdadera devoción.
Pío XII canonizó a san Luis Grignion en 1947, y su imagen, como uno de los principales fundadores, fue colocada en una de las columnas de la nave central de la Basílica de San Pedro. Estas imágenes simbolizan las columnas de la Iglesia a lo largo de los siglos.
Santos como el Padre Pío de Pietrelcina también se consagraron como esclavos siguiendo el método de san Luis Grignion de Montfort, demostrando que la «esclavitud de la fe» es la armadura necesaria para las batallas espirituales.
Verdad frente a sensacionalismo
Hay que decir que no cuestionamos la libertad de expresión, ni la decisión del ministro del Supremo Tribunal Federal de Brasil sobre la exhibición de producciones audiovisuales. Sin embargo, la libertad de expresión no da derecho a nadie a calumniar, y mucho menos a la intolerancia religiosa.
El documental que está anunciado es ofensivo y falta a la verdad. Las acusaciones que prometen exponer ya han pasado por los tribunales y no han dado lugar a ninguna condena. Sacar a relucir estos temas con aire de novedad, además de hacer gala de un oportunismo sensacionalista, es una falta de respeto al sistema judicial y a la propia estabilidad del orden social.
Aún más grave es la noticia de que se accedió a datos confidenciales para la producción del documental, lo que constituye un intento de eludir las decisiones judiciales.
Mientras intentan utilizar investigaciones archivadas y relatos recalentados para pintar un cuadro de horror, nosotros seguimos bajo la protección de María, porque ni el humo de un documental ni el peso de acusaciones vacías pueden apagar el resplandor de nuestra Verdadera Devoción.
Queda una pregunta: ¿Cuál es la intención de HBO y Warner Brothers con este documental? ¿Iniciar una nueva era de persecución al cristianismo?