Algunas consideraciones sobre santa Ana y san Joaquín, cuya memoria celebra la santa Iglesia el 26 de julio, me vinieron a la mente.
De las criaturas al Creador
Estas consideraciones surgieron mientras visitaba y contemplaba lo que veía en una exposición temática sobre el mar. Allí había una perla bellísima.
Las perlas, como los diamantes, tienen nombres, pero olvidé el de aquella. No olvidé, sin embargo, su belleza…
Mientras contemplaba aquel objeto poco común, pensé en la concha en la que se formó aquella maravilla. La concha en la que se formó esta perla —imaginé— debía de tener algo de su belleza.
De ahí, por medio de inducciones, llegué rápidamente a santa Ana y san Joaquín, a quienes la liturgia católica oriental llama pintorescamente «los santos abuelos de Dios», pues son los padres de la Virgen María.
El insigne matrimonio de santos forma, por así decirlo, la concha que dio origen a una perla… ¡y qué Perla!
Y los pensamientos y recuerdos volaron del mar a las estrellas, al cielo, si se quiere.
Santa Ana y san Joaquín son alabados
San Juan Damasceno habla de esta concha:
¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana!
Toda la creación os está obligada, ya que por vosotros ofreció al Creador el más excelente de todos los dones, a saber, aquella madre casta, la única digna del Creador. […]
Con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo la joya de la virginidad, aquella que había de permanecer virgen antes del parto, en el parto y después del parto; aquella que, de un modo único y excepcional, cultivaría siempre la virginidad en su mente, en su alma y en su cuerpo. […]
[…] vosotros, guardando la castidad prescrita por la ley natural, conseguisteis, por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural, ya que engendrasteis para el mundo a la que fue madre de Dios sin conocer varón.
Vosotros, comportándoos en vuestras relaciones humanas de un modo piadoso y santo, engendrasteis una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles.
¡Oh bellísima niña, sumamente amable! ¡Oh hija de Adán y madre de Dios! ¡Bienaventuradas las entrañas y el vientre de los que saliste! ¡Bienaventurados los brazos que te llevaron, los labios que tuvieron el privilegio de besarte castamente, es decir, únicamente los de tus padres, para que siempre y en todo guardaras intacta tu virginidad!1
La concha
Las fuentes históricas sobre el santo matrimonio fueron recogidas por los primeros padres de la Iglesia, algunos de ellos contemporáneos de los apóstoles.2
San Joaquín era descendiente de David, y santa Ana, cuyo nombre, en hebreo, Hanna, significa «gracia», era descendiente de Aarón.
Como la generalidad de las jóvenes de Israel, Ana se casó muy pronto y, ya casi llegada a la vejez, no tenía hijos, hecho que los judíos consideraban una especie de maldición. Por esta razón, ella y su esposo eran despreciados e incluso humillados en público, también por sacerdotes del Templo.
El matrimonio recibía todo aquello con paz de alma y resignación, en muchos casos de modo heroico.
Aquellas adversidades constituyeron para ellos un amargo sufrimiento hasta que, ya ancianos, ambos vieron a un ángel que les anunció el nacimiento de un hijo.
La Perla
Santa Ana dio a luz a una hermosa niña, a la que pusieron el nombre de María, que en hebreo significa «Señora soberana».
Según algunos investigadores, procede del sánscrito Maryáh, que significa literalmente «la pureza, la virtud, la virginidad».
María fue elegida por Dios para ser la Madre de su divino Hijo, Jesús, y fue concebida sin pecado original, llena de gracia —conforme al saludo del ángel Gabriel—, corredentora y medianera universal de todas las gracias.
Fue a Ella a quien recibimos como Madre, conforme a las palabras de Jesús a san Juan Evangelista: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27).
En palabras del gran doctor mariano san Luis María Grignion de Montfort, María Santísima
es la excelente obra maestra del Altísimo, cuyo conocimiento y posesión Él se ha reservado para Sí.
María es la Madre admirable del Hijo […] María es la fuente sellada en que sólo puede entrar el Espíritu Santo, de quien es fiel esposa.
María es el santuario y descanso de la Santísima Trinidad, donde Dios mora más magnífica y divinamente que en ningún otro lugar del universo, sin exceptuar su mansión en los querubines y serafines.3
Así fue como, desde la perla —cuyo nombre he olvidado—, llegué a la concha y pasé entonces a considerar otra Perla más bella, para llegar a una concha formada por dos santos que hoy celebramos: santa Ana y san Joaquín, abuelos de Jesús.
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