«¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra?»
Al recorrer los anales de la historia, fácilmente nos encontramos con verdaderas epopeyas bélicas que dejaron un luminoso rastro para los siglos venideros, ya fuera por la virtud de la fortaleza manifestada por algunos durante el combate, ya por el rechazo del orgullo y la mediocridad de otros.
Tales situaciones fueron un pálido reflejo y prolongación de una primera batalla ocurrida en los albores de la creación: «Y hubo un combate en el cielo» (Ap 12, 7), narra el libro sagrado.
Y san Juan, refiriéndose a la estirpe de la maldita serpiente, declara: «Y no prevaleció y no quedó lugar para ellos en el cielo» (Ap 12, 8).
En efecto, la rebelión de los ángeles rebeldes y el grito de san Miguel dieron inicio a la batalla que cada hombre deberá librar durante su peregrinación terrena para alcanzar la salvación: «¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra?» (cf. Job 7, 1).
Sin embargo, el combate de los hombres no es una lucha física, sino espiritual, «porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino […] contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire» (cf. Ef 6, 12).
Alma constantemente orientada hacia el mundo angélico
A fin de que los hombres pudieran manifestar más fácilmente el heroísmo al que están llamados, Dios encomendó a los ángeles que los auxiliaran, como afirma san Pablo: «¿Es que no son todos espíritus servidores, enviados en ayuda de los que han de heredar la salvación?» (Heb 1, 14), y en otro lugar: «Porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos» (Sal 90, 11).
En efecto, por ser los ángeles espíritus puros y superiores a los hombres en poder y fuerza,1 no sólo debemos recurrir a ellos en las dificultades, sino mantener el alma constantemente orientada hacia ese mundo angélico, pues, al ser ininterrumpidas las luchas contra Satanás y sus secuaces, tampoco puede faltar el auxilio celestial.
En este sentido, atestigua el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira: «Tienen los ojos abiertos a los ángeles quienes tienen los ojos abiertos contra Satanás; y sólo tienen los ojos abiertos contra Satanás quienes nunca cerraron los ojos a los ángeles».2
Actuación de san Miguel
En la expulsión de los ángeles caídos, el glorioso san Miguel arcángel desempeñó un papel preponderante. «San Miguel defendió a Dios, que quiso valerse de él como su escudo».3
Este príncipe de la milicia celestial era considerado en la Edad Media el primero de los caballeros; «el caballero celestial, ideal y perfectamente leal, fuerte, puro y victorioso como debe ser un caballero».4
En las grandes y terribles luchas de la época actual, bien podemos imaginar cómo será la actuación de san Miguel.
Dios quiere que también sea el escudo de la santa Iglesia y de los hombres contra las embestidas diabólicas. Sin embargo, se trata de un escudo que es, al mismo tiempo, una espada.
Por lo tanto, no se limita a defender, sino que derrota y precipita al infierno.5
Debemos, por tanto, considerarlo como nuestro fiel «aliado natural en las luchas» y no temer jamás al adversario.6
A ejemplo suyo, vivamos «revestidos con la coraza de la fe y del amor, y teniendo como casco la esperanza de la salvación» (cf. 1 Tes 5, 8), y no cesemos de clamar: «Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el todopoderoso; el que era y es y ha de venir» (Ap 4, 8).
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