Imagine, querido lector, que, sentado en su despacho y trabajando con su ordenador, termina un trabajo importante. De repente, se apagan todas las luces de la empresa, incluida la del monitor que utiliza.

Situación habitual en días de lluvia. Sin embargo, fuera no llueve, y un rayo de luz ilumina precariamente el ambiente.

Para continuar el trabajo, intenta encender el ordenador, pero no lo consigue. El ordenador no responde ni siquiera con la batería. ¿Se habrá quemado el disco duro?

Algo extraño, pues no se ha oído ningún trueno.

Se levanta de la mesa y comprueba que, efectivamente, todo el edificio, o mejor dicho, todo el barrio está en blackout. Hasta entonces, todo normal.

Cuando sale de la sala, sus compañeros de trabajo conversan contentos debido al descanso forzado por el apagón.

Pasa el tiempo y comprueban que ningún coche funciona. Toda la ciudad está paralizada.

Alguien pronto se da cuenta de que ninguno de los circuitos electrónicos funciona, ni siquiera los teléfonos móviles. El gerente les permite marcharse, pero los ascensores del edificio tampoco funcionan.

Baja los diez pisos del edificio por las escaleras hasta el aparcamiento, con la esperanza de que al menos su coche funcione. Nada. Ni siquiera consigue entrar en él, porque las cerraduras eléctricas permanecen impasibles ante las insistentes y repetidas pulsaciones de los botones del mando a distancia.

Sale a la calle y percibe el desaliento de todos: la ciudad está sumida en un verdadero caos.

Algunos ya se dirigen a pie a sus casas, pues, según ha dicho alguien, el metro está parado. El único motor que funciona es el de un coche viejo, un Volkswagen Escarabajo del 85, que no tiene nada de electrónico; sin embargo, el conductor está desalentado porque su coche ha quedado atrapado en el atasco y no puede hacer nada.

¿Será el fin del mundo?

A su lado, alguien mira al cielo y, cuando usted contempla la bóveda celeste, ve luces semejantes a las auroras boreales, lilas, verdes y azules: bellísimas.

—¿Qué está pasando? ¿Será el fin del mundo?

—¡No! —responde un conocido suyo—. Es una tormenta solar.

—Pero ¿qué es una tormenta solar?

Su amigo se lo explica enseguida:

—Antiguamente, los científicos pensaban que las tormentas solares eran unas «explosiones de calor» en la superficie del Sol, que liberaban partículas y energía y acababan alterando el campo magnético de la Tierra. Pero la última tormenta de 2006 dejó a todo el mundo con la boca abierta, porque parecía proceder de una explosión en el interior del propio Sol, echando por tierra todo lo que creían saber al respecto. Y, a lo largo de la historia, ya se han producido varias tormentas solares; pero las de 1859, 1989, 2005 y 2006 son las más destacadas.

Tormenta solar

En 1859 se registraron auroras boreales en diversos puntos del planeta, especialmente en Europa, Australia, Japón, Estados Unidos y México.

El sistema telegráfico sufrió una avería. Un hecho curioso es que dos operadores comprobaron que podían mantener la conversación telegráfica aunque los aparatos estuvieran desconectados de la batería. La línea estaba electrificada.

Se desconocía la causa del suceso, pero los astrónomos no tardaron en responder que se trataba de una tormenta solar, la más fuerte registrada en la historia.

En 1989, una tormenta solar llegó a la Tierra e incidió con mayor intensidad en Canadá, donde los ordenadores de la Bolsa de Toronto dejaron de funcionar, interrumpiendo la sesión bursátil.

Hubo un blackout de 9 horas en la provincia de Quebec debido a una sobrecarga en la red eléctrica y más de 6000 satélites se salieron de sus órbitas, pues la tormenta solar calentó la atmósfera, dilatándola y absorbiendo algunos satélites de baja altitud.

Este viento, que viaja a miles de kilómetros por segundo, llega a la Tierra en unas dos horas. Sin embargo, la tormenta de 2005 llegó a nuestro planeta en 15 minutos…

Ahora bien, esta nube, cargada de protones y electrones, altera el campo magnético de la Tierra.

Podría haber sido peor

La tormenta prevista para 2012–2013, según Mausumi Dikpati, del Centro Nacional de Investigación Atmosférica (NCAR), en Estados Unidos, coincide con el auge del ciclo solar (que dura 11 años). Es, por tanto, una tormenta solar más fuerte que las de 1989 y 2006 (que se encontraban en el vórtice del ciclo solar), aunque no tan extensa como la de 1859.

Sin embargo, a pesar de ser menos intensa que la de 1859, la tormenta solar de 2012–2013 podría tener efectos mayores en nuestra sociedad, extremadamente dependiente de la informática.

La tormenta solar afecta a los chips de los ordenadores, internet, el sistema GPS, la navegación y el funcionamiento de aviones y barcos, y los sistemas electrónicos de coches, ascensores y alarmas.

La red eléctrica podría interrumpirse a causa de la sobrecarga, pues estas ondas inducen corriente eléctrica en las líneas de suministro de energía.

El problema es que los científicos no pueden prever cuánto tiempo permanecerán los efectos de esta explosión solar. Si dura una decena de horas causará pocos daños, pero, si dura días, el mundo actual, hiperinformatizado, puede entrar en un verdadero caos…

La señal inequívoca de la tormenta es que las manchas solares han desaparecido. Eso fue lo que ocurrió en 2006 y en 2010.

Se rompieron todos los paradigmas

En enero de 2005, una sorprendente tormenta solar alcanzó la Tierra con su máxima radiación 15 minutos después de las explosiones. Normalmente tardarían dos horas en llegar.

Según Richard Mewaldt, del California Institute of Technology, fue la tormenta más violenta y misteriosa de los últimos cincuenta años. Los astrónomos quedaron perplejos.

El profesor Lin —investigador principal del satélite Reuven Ramaty High Energy Solar Spectroscopic Imager (RHESSI)— resumió así las conclusiones de los estudios realizados en aquella ocasión: «Esto significa que realmente no entendemos cómo funciona el Sol».

Se rompieron todos los paradigmas de estudio en este campo; sin embargo, este enorme viento no alcanzó la Tierra de forma tan directa como en 1989 y 1859.

¿Ocurrirá lo mismo en los años venideros? Es una pregunta que los científicos todavía no pueden responder.

La acción de los ángeles

Puesto que la ciencia vacila, recurramos por ahora a la teología.

La doctrina sagrada enseña que todos los astros del universo, incluido el Sol, son gobernados por un ángel. Por tanto, el astro rey, que gobierna todo el sistema solar y tiene efectos tan benéficos sobre nuestro planeta, está regido por un ángel de Dios.1

Los ángeles ejercen poder sobre las cosas materiales. Un solo ángel puede actuar sucesivamente en un río de África o en un iceberg de la Antártida. Esas acciones o influencias son sucesivas y no simultáneas.

Basándose en san Agustín y Orígenes, santo Tomás de Aquino enseña que los ángeles no sólo gobiernan, como rectores, los astros celestes, sino también las fieras, las fuentes, los ríos, los mares, las montañas, etc.

Los ángeles son gobernadores por esencia y dominan todo el orden del universo.

Toda la fascinante naturaleza que nos rodea está regida por los espíritus angélicos.

El Dr. Plinio Corrêa de Oliveira observa que esta es una de las razones por las que los paganos creían que había dioses en las rocas, los árboles y las fuentes, pues heredaron esta tradición de sus padres, una creencia que se remonta a los albores de la humanidad.

Hora de pedir a los ángeles que nos ayuden

Los espíritus pueden obrar prodigios valiéndose de las fuerzas de la naturaleza, pero no pueden hacer milagros, pues, como enseñan santo Tomás y otros autores, el milagro supera el orden natural.2

En efecto, los científicos están encontrando verdaderas maravillas en el estudio de las tormentas solares. ¿No podrían estar causadas por los ángeles?

Estos fenómenos, que los científicos registran con bellísimas fotografías, revelan maravillas del Sol hasta ahora desconocidas para el hombre. No sólo muestran la belleza del universo y la grandeza de la naturaleza creada por Dios, sino también la contingencia del hombre.

El ser humano, a pesar de «dominar» y «reinar» sobre la naturaleza, siguiendo el mandato del Génesis (cf. Gén 1, 26), está sujeto a las leyes del universo, que está regido por los ángeles de Dios.

Sabemos que los ángeles son ordenados y velan por la gloria de Dios y por el bien del hombre.

Si el Sol viene manifestando estos fenómenos, es un momento oportuno para reconocer esta gran superioridad y rezar a los ángeles para que protejan nuestro planeta, más aún en esta sociedad actual erigida sobre un sistema tan susceptible a los cambios del campo magnético.

Es mejor depositar más esperanza en los ángeles que en la estupenda maquinaria electrónica que nos rodea. Los primeros, sencillamente, no están sujetos a un blackout…


1 S. Th. I, q.110, a.1, resp.: «Por lo tanto, así como los ángeles inferiores, que tienen formas menos universales, son regidos por los superiores, así también todas las cosas corporales son regidas por los ángeles. Y esto no sólo es doctrina de los santos doctores, sino también de todos aquellos filósofos que admitieron sustancias incorpóreas». 
S. Th. I, q.110, a.1, ad 3: «Así, Agustín, en el libro Octoginta trium quaest., dice: Cada una de las cosas visibles de este mundo tiene al frente de sí un poder angélico. Y el Damasceno: El diablo era una de aquellas virtudes angélicas que presidían el orden terrestre. Y Orígenes, al comentar aquellas palabras del libro de los Números 22 y 23: Al ver el asna al ángel, dice: El mundo necesita de los ángeles que presidan sobre las bestias, y sobre el nacimiento de los animales, y el crecimiento de los arbustos y plantaciones y de todas las demás cosas. Pero esto no ha de entenderse en el sentido de que unos ángeles por su naturaleza estén adaptados para presidir a los animales y otros a las plantas, puesto que cualquier ángel, aunque sea el menor de todos, tiene una virtud más elevada y más universal que todo lo que se refiere a cualquier género de cosas corporales, sino que esto se debe únicamente a la divina Sabiduría, que ha dispuesto que para diversas cosas haya diversos rectores. Sin embargo, de aquí no se sigue que haya más de nueve órdenes de ángeles, porque, como dijimos (q.108 a.2), los órdenes se distinguen según sus oficios generales. Por lo tanto, así como, según Gregorio, al orden de las potestades pertenecen todos los ángeles que tienen propiamente dominio sobre los demonios, así al orden de las Virtudes parecen pertenecer todos los ángeles que presiden sobre las cosas puramente corpóreas, pues incluso los milagros se realizan, a veces, por el ministerio de éstos».  
2 VONIER, Anscar. Les Anges. Paris: Spes, 1950.