Preparación para el encuentro con la Reina Celestial
Fue mientras se resguardaban de una fina lluvia en la Loca do Cabeço, pequeña gruta situada en una propiedad del padrino de Lucía, cuando el ángel se les apareció claramente por primera vez.
A medida que se acercaba, los niños iban distinguiendo su fisonomía: era la de un joven de unos quince años, como hecho de nieve, muy hermoso y más resplandeciente que un cristal atravesado por los rayos del sol.
Sorprendidos ante tanta belleza sobrenatural, no conseguían pronunciar palabra alguna.
Al llegar junto a los pastorcitos, el mensajero celestial les dijo:
—¡No temáis! Yo soy el ángel de la paz. Rezad conmigo.
Se arrodilló e inclinó la frente hasta el suelo.
Los tres niños hicieron lo mismo y repitieron las palabras que le oían pronunciar:
—Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.
Después de recitar esta oración tres veces, el ángel se levantó y les dijo que rezasen siempre, porque los corazones de Jesús y María estaban atentos a la voz de sus súplicas. Y desapareció.
«¡Rezad, rezad mucho!»
Algunas semanas después, mientras los pastorcitos jugaban junto al pozo del patio de la casa de Lucía, el ángel los sorprendió de nuevo.
—¿Qué hacéis? ¡Rezad, rezad mucho! Los corazones de Jesús y María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios en acto de reparación por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra patria la paz.
Y añadió:
—Yo soy su ángel de la guarda, el ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe.
Dicho esto, desapareció.
Última aparición: ¡los pastorcitos reciben la sagrada comunión!
Más tarde, hacia octubre de 1916, nuevamente en la Loca do Cabeço, tuvo lugar la última aparición del ángel.
Después de tomar la merienda, los niños se pusieron a rezar, con el rostro en tierra, repitiendo la oración que habían aprendido de él.
De repente, percibieron una luz desconocida que brillaba sobre ellos. Se levantaron y vieron al ángel, que llevaba en la mano izquierda un cáliz, sobre el cual sostenía con la derecha una hostia. De esta caían algunas gotas de sangre dentro del cáliz.
Dejando la hostia y el cáliz suspendidos en el aire, el ángel se colocó junto a los niños, se inclinó también y les enseñó otra oración aún más hermosa:
—Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.
Levantándose, el ángel tomó la hostia en la mano y se la dio a Lucía.
Francisco y Jacinta se preguntaban si recibirían también la hostia, pues aún no habían hecho la primera comunión. El ángel avanzó hacia ellos y les dio a beber del cáliz, diciendo:
—Tomad y bebed el cuerpo y la sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.
Después se arrodilló y repitió la misma oración tres veces: «Santísima Trinidad…», etc. Y desapareció.
Nunca más lo verían. Sin embargo, habían quedado profundamente impresionados por sus palabras.
A partir de entonces, pasaron a rezar más y a hacer constantes sacrificios en reparación a Dios y por la conversión de los pecadores.
Y así fue como sus almas inocentes, algunos meses después, se encontraban preparadas para el bendito e inolvidable momento en que contemplarían, en la Cova da Iria, a una Señora más brillante que el sol.
Octubre de 2026, n.º 279
Septiembre de 2026, n.º 278
Agosto de 2026, n.º 277
¿Quiénes son los Heraldos del Evangelio?
Auxilio de los cristianos
Villancicos