Diferentes medios para alcanzar un mismo fin
Gracias al énfasis dado a la llamada universal a la santidad de todos los fieles, en cualquier estado o condición,1 esta perspectiva vuelve a flote, después de varios siglos de olvido y resignación. Se trata de despertar en todos los bautizados el interés por un estudio sobre la perfección, esto es, el seguimiento de Cristo, pues de una forma u otra, ¡la santidad atañe a todos, sin excepción! Además, intentar mostrar con equilibrio —evitando las tensiones, pero sin invertir el orden de las cosas en la Iglesia— el lugar del estado de perfección y su relación con el llamado a la plenitud de la caridad propia al estado laical. Para ello, proponemos al lector una reflexión con base en la doctrina tomasiana acerca de la perfección, a fin de comprobar la armonía existente entre el estado de vida religiosa y la vida secular, tantas veces contrapuestos en la historia moderna. En efecto, la fragmentación de la Teología en Dogmática y Moral, y la posterior segmentación de ésta en tratados dedicados a casos de conciencia y manuales de ascética, pudo sugerir dos niveles de vida cristiana paralelos. El primero sería el de la perfección —significando un seguir a Cristo en la renuncia a los bienes, al matrimonio y a la propia voluntad—; y el segundo consistiría en vivir evitando el mal moral, representado por el pecado mortal y el vicio, aunque sin aspiraciones a la santidad, reservada tan sólo a los religiosos.
Monjes de la Cartuja San Giacomo - Colección privada¿En qué consiste la perfección?
Antes de nada, es oportuno indagar en qué consiste la perfección. Santo Tomás responde con las palabras de San Pablo: «Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta» (Col 3, 14). Oigamos la razón teológica expuesta por el Doctor Angélico después de haber citado la autoridad infalible de las Escrituras: «Se considera que una cosa es perfecta cuando alcanza el fin propio, que es su última perfección. Ahora bien: la caridad es la que nos une a Dios, que es el fin último del alma humana. […] Por tanto, la perfección cristiana consiste principalmente en la caridad».2 El siguiente paso a dar es preguntarse si es posible ser perfecto en esta vida, llevando la caridad a una realización plena. La respuesta común es negativa: «La perfección dejémosla para el Paraíso». No obstante, el Ángel de las Escuelas no pensaba así: «La ley divina no obliga a lo imposible. Sin embargo, nos invita a la perfección cuando se nos dice: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Luego parece que alguien puede alcanzar la perfección en esta vida».3 Claro que, según explica el mismo Santo Tomás, hay una diferencia de intensidad entre la perfección posible mientras se peregrina in via y la de los bienaventurados in patria. En el Cielo, la perfección «responde a la capacidad total del que ama, en cuanto que su amor se dirige a Dios con todas sus fuerzas y siempre de modo actual».4 En la vida presente, no se puede lograr este altísimo grado de contemplación afectiva, que significa una inmersión definitiva en la caridad divina. Existe, no obstante, un modo de perfección por el cual «se excluye todo lo que es contrario al amor de Dios».5 Este modo se puede adquirir mientras se es viador. Por otra parte, el Aquinate deja bien sentada la correspondencia entre la caridad y la práctica de los mandamientos de la ley de Dios. Lo hace, como siempre, mediante varios argumentos de autoridad de la Sagrada Escritura: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón» (Dt 6, 5); «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lev 19, 18); «De estos dos mandamientos dependen la Ley y los Profetas» (Mt 22, 40). Finalmente, concluye: «La perfección de la caridad, de la que se toma la perfección de la vida cristiana, consiste en amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a nosotros mismos. Luego parece que la perfección consiste en la observancia de los mandamientos».6 Es una conclusión de gran relieve, a ser subrayada: la perfección está en el cumplimiento de la ley de Dios; todos la han de observar para salvarse y, por lo tanto, la llamada a la perfección —como resulta en claro en el Evangelio— es universal y no sólo para algunos.¿Cómo alcanzar la perfección?
Habiendo aclarado ya qué es la perfección, surge ahora otra pregunta: ¿cómo alcanzarla en esta vida? De dos modos, nos responde el Doctor Angélico: «Primero, en el que la voluntad del hombre rechaza todo lo que es contrario a la caridad, como es el pecado mortal. Sin esta perfección no puede subsistir la caridad, por lo tanto, es necesaria para la salvación. Segundo, en el que la voluntad humana rechaza no sólo lo que es contrario a la caridad, sino todo lo que impide que el afecto del alma se dirija totalmente a Dios».7 Algunos podrán ver en esta respuesta una «moral de mínimos», esbozada con sutil embrujo. Para ser perfecto se trata «tan sólo» de evitar el pecado mortal, como se decía antes. ¿Estaría, pues, Santo Tomás, el sol de la teología, dirigiendo a los cristianos por un camino secundario? Antes de nada, es necesario decir que evitar el pecado mortal exige heroísmo. Y, además, no es posible conseguirlo sin una vida santa, atravesada por los rayos de las virtudes teologales y regulada por las virtudes cardinales. Por ejemplo, ¿cómo podría ser puro un joven —vencedor del Maligno, de la incitación tempestuosa de las pasiones y del dechado seductor del mundo— si no es luchando arduamente, con el auxilio de la gracia? Interrogantes como éste se podrían aplicar a personas de todas las edades a la vista de las más variadas situaciones morales. Es tan difícil abstenerse del pecado mortal, que para los hombres abandonados a sus fuerzas naturales es imposible; sólo se logra con la ayuda de Dios (cf. Mt 19, 26).Preceptos y consejos
Pero volviendo a la cuestión precedente: si la perfección consiste en la práctica de los mandamientos, ¿cómo se explica que se pueda ser aún más perfecto no sólo evitando violar la sagrada ley divina, sino retirando cualquier obstáculo que aleje la voluntad del amor de Dios? Dejémosle la palabra al propio Santo Tomás:
La Sagrada Familia - Museo Nacional del Virreinato,Tepotzotlán (México)
Perfección y seguimiento
Santo Tomás, por otro lado, equipara la perfección al seguimiento de Cristo. Al comentar la invitación del Señor al joven rico, transcrita al inicio de este artículo, así lo explica:
«La vocación de San Andrés y San Pedro», de Federico Barocci - Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (España)Llamados a recorrer el mismo camino
En conclusión, en estos tiempos tan necesitados de una verdadera renovación espiritual, es necesario redescubrir el valor de la Teología del seguimiento, como propuesta evangélica para alcanzar la perfección a que nos invita el divino Maestro. El seguimiento, sin embargo, se nos ofrece en diversas modalidades, no como caminos diferentes, paralelos u opuestos, sino en cuanto modos diferentes de recorrer el mismo camino, que es el mismo Cristo. Algunos han sido llamados a la vía matrimonial y tienen el mérito de completar el número de los elegidos, legándoles la fe y educándolos en ella. Otros han sido dotados con una vocación más exigente, la de dejarlo todo. Éstos, libres de las preocupaciones del mundo, recorren el camino de la salvación con mayor facilidad, aunque sin olvidar nunca que están al servicio de la Iglesia, para completar su belleza, a modo de portaestandartes de la perfección, dando a todos los ánimos necesarios para no desistir a medio camino, tendiendo continuamente a Cristo, meta y perfección de nuestra vida. ◊Extraído, con adaptaciones, de: «La centralidad del seguimiento de Cristo en la santificación del cristiano». In: A vida religiosa hoje. São Paulo, Lumen Sapientiæ, 2018, t. I, pp. 11-44.
Notas
1 Cf. CONCILIO VATICANO II. Lumen gentium, n.º 41.
2 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 184, a. 1.
3 Ídem, a. 2.
4 Ídem, ibídem.
5 Ídem, ibídem.
6 Ídem, a. 3.
7 Ídem, a. 2.
8 Ídem, a. 3.
9 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Quodlibet, IV, q. 12, a. 2.
10 Ídem, ad 3.
11 Ídem, ibídem.
12 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 184, a. 3, ad 1.