La ruta estaba trazada: de Poitiers iría a Lyon; de allí atravesaría el Piamonte para llegar a Bolonia, Rímini, Loreto y, finalmente, a la tan deseada Roma. Y desde la Ciudad Eterna pasaría a Canadá, Japón o cualquier otro remoto lugar del mundo donde no se hubiera oído hablar de Jesús y de su Madre. El ardor apostólico de San Luis María Grignion de Montfort no había encontrado un camino más rápido y directo para alcanzar sus esperanzas misioneras.

Era un camino rápido y directo, sí, pero ni mucho menos recto ni fácil. El joven sacerdote estaría expuesto a …