Un varón con rasgos psicológicos excepcionales
La imagen que podamos concebir de un Montecasino aún premedieval, en las laderas rocosas del valle Latino, con sus diversos monjes rezando allí, nunca será demasiado poética para que en ella insertemos la de Tomás de Aquino admirando los caminos por los cuales desde la creación se puede ascender hasta el Creador.
En los años que pasó en Montecasino, las características de la índole psicológica de Tomás empezaron a modelarse: analítico, afable, equilibradoAbadía de Montecasino (Italia)
«Nunca habló sino de Dios o con Dios»
En cuanto a su forma de ser, cabe señalar, no obstante, el cuidado por permanecer discreto; a semejanza de quien teme despilfarrar un precioso tesoro, al hacerlo conocido por muchos, Santo Tomás siempre prefirió hablar poco y expresar sus pensamientos con mesura. Al mismo tiempo, tomaba a Dios por confidente, con quien comenzó a estrechar lazos cada vez más profundos y —quién sabe— misteriosos. De este modo, «en Tomás se verifica lo que se dice de Domingo, su padre y preceptor: nunca habló sino de Dios o con Dios».3 También se cuenta que Tomás, en su época de estudios, era tan discreto con sus talentos que sus compañeros lo llamaron «el buey mudo». Sin embargo, el apodo no le duró mucho tiempo, pues las explicaciones que el Aquinate daba sobre las materias impartidas sorprendían a sus compañeros por su clareza y genialidad. Esto llegó a oídos de San Alberto Magno, que decidió ponerlo a prueba: uno de los profesores debía interrogarlo ante toda la clase sobre una cuestión complicadísima. Se sintió herido en su humildad, pero tuvo que aceptarlo por obediencia. La respuesta fue tan acertada que el maestro llegó a decirle: —Tomás, ¡estás haciendo el papel del que enseña, no del que aprende! A lo que el santo le contestó, con toda sencillez: —Profesor, no veo otra manera de responderle a esa cuestión.En el estudio o en el trabajo, «Doctor Angelicus»
En contrapartida, antes de hacerse oír en el mundo cristiano, causa admiración la solicitud de Santo Tomás para con sus hermanos espirituales, en la humilde vida monacal de cada día, ya sea por su celo en hacer bien todas las cosas, ya sea por atender a las numerosas consultas de las que era objeto: «Hay quien calcula en dieciséis horas diarias su increíble e insuperable capacidad de trabajo».4 Cabe subrayar que tales consultas podían venir de los más diversos ámbitos: desde el rey de Francia, San Luis IX, o de eminentes eclesiásticos, hasta de simples hermanos suyos de hábito. Además de llevar una vida repleta de quehaceres, los cuales ocupaban un segundo plano de sus atenciones —ya que primeramente solía estar en pensamientos más altos—, el Aquinate era muy riguroso consigo mismo. Como nos refiere Tocco, Santo Tomás «hacía una sola comida al día»;5 talvez encontraría energías en su ejemplar sobriedad para seguir adelante con su vida intelectual tan activa.Filosofía leal y realista
Fruto de esta integridad de cuerpo y de alma, «la filosofía tomista es una filosofía leal, realista, donde no hay súbitas y cómodas evasiones hacia misterios que se declaran evidentes, sino progreso racional de lo conocido a lo desconocido»,6 respetando los límites de la razón, hasta donde ella pueda llegar auxiliada por la gracia divina; pero sin trasponer las barreras de lo divino con especulaciones humanas. Así pues, «ningún autor respeta mejor la necesaria distinción entre ambas [teología y filosofía] —aunque haga de la primera, dentro de una bien ordenada jerarquía de valores, la cúpula de la segunda».7 Santo Tomás es, por lo tanto, honesto en su pensamiento.Humildad: fundamento de sus virtudes
Cabe mencionar que, en la trayectoria de su vida discreta y luminosa, gran parte de esa honestidad relucirá por medio de otra virtud que es su base y sostén: la humildad. Humildad que, en la vida cotidiana, se traduce por la docilidad con que trata a sus hermanos de hábito, como nos lo demuestra el siguiente hecho. Un día, un fraile modesto, que no lo conocía, requiere su compañía y lo obliga a emprender una fatigante jornada. Cuando le informan de a quién tiene como compañero, el religioso, confundido, le pide disculpas. Y como los presentes se admiraban ante tanta docilidad, Santo Tomás les hace observar que la perfección de la vida religiosa supone, ante todo, obediencia. Humildad que, en la aplicación de las potencias humanas de la inteligencia y de la voluntad, no encuentra mejor ejemplo de conducta que en la inocencia de quienes tienen como herencia el Reino de los Cielos (cf. Mt 19, 14), cuando propone la siguiente oración para antes de los estudios: «Tú, que haces elocuentes las lenguas de los pequeños, instruye la mía, e infunde en mis labios la gracia de tu bendición». Asimismo, humildad que, ante los halagos y honores, se viste de desinterés y modestia. Como nos dice Ameal, «no hay nadie tan sencillo, tan natural, como este asombroso desvelador de lo trascendente»8 que, ante las disputadas invitaciones para ser comensal en la mesa de reyes y nobles o para ser consejero de Papas, o incluso para ser heredero de posesiones que le confieren un alto estatus social, lo rechaza todo. Basta aludir a los siguientes episodios: a instancias de su familia, Santo Tomás fue invitado por el papa Inocencio IV a aceptar los beneficios de la rica abadía de Montecasino; hecho que más tarde, al parecer, fue repetido por Clemente IV. Además, cuántas llamadas al episcopado, a recibir diócesis de las más codiciadas. Las razones de estas reiteradas invitaciones, ¿no serían el elevado prestigio que alcanzó, la noble sangre que lo distinguía, sus grandes dotes de orador o, quizá, su santidad? Ante todas ellas, la posición evasiva —y asertiva— del «buey mudo» fue la única respuesta que recibieron.9Piedad: eje de su espiritualidad
Por consiguiente, en el estado religioso, por medio del cual el hombre se somete al hombre por amor a Dios, como por amor al hombre Dios se le sometió, fue donde Santo Tomás quiso vivir y cumplir hasta el final su misión.
Santo Tomás tuvo la misión de hacer universal la devoción eucarística, eje de su espiritualidadSanto Tomás de Aquino, de Antonio André - Museo de Aveiro (Portugal)
Prudencia: norma de conduta
Nos edifica constatar cómo un sinfín de las explicitaciones de Santo Tomás encontraban eco en su modo de proceder. No había en él, por tanto, una incoherencia entre lo que predicaba y lo que vivía, todo lo contrario. Por ejemplo, en consonancia con el principio de que «la virtud humana es un hábito que perfecciona al hombre para obrar bien»,10 el proceder del Doctor Angélico estuvo siempre regido por cierta virtud que, a sus ojos, «es la más necesaria para la vida humana»:11 la prudencia. Siendo la virtud que perfecciona el intelecto práctico para obrar de manera recta, pero también la que perfecciona la potencia apetitiva en cuanto virtud moral, la prudencia está clasificada por Santo Tomás12 de una forma particular en las dos modalidades de los actos humanos, tanto en los que tienen su origen en la razón como en el apetito. Por lo tanto, en el intelecto la prudencia es responsable de aconsejar, juzgar y decidir bien, pero como se aplica a la acción, depende igualmente de la voluntad.13 Ahora bien, ¿cómo no ver en Santo Tomás un hombre de refinada prudencia? En cuanto niño, prudente alpreguntar, a fin de oír de los más experimentados la razón de ser de las cosas; en cuanto joven, prudente al ser circunspecto, gozando de la facilidad de descubrir rápidamente un gran número de soluciones a los problemas; en cuanto hombre maduro, prudente al hacer caso de la opinión de los más concienzudos —cuyo máximo ejemplo está en la Suma Teológica, al recurrir siempre a la autoridad de los Padres de la Iglesia. Como si esto no bastara, en cuanto religioso, prudente al no aceptar los vínculos con el mundo y la carne; y, más admirable aún, prudente al saberse falible, aceptando como única amistad indisoluble la que había entablado con la Sabiduría —amiga de la prudencia, poseedora de una ciencia profunda (cf. Prov 8, 12)—, de la cual sorbió los medios necesarios para el cumplimento de su ingente vocación.
Al final de su vida, Tomás ya no osaba seguir enseñando, pues Dios le había revelado «el secreto de una ciencia superior»Visión de Santo Tomás de Aquino - Monasterio de Santo Domingo, Lima
«El Señor me reveló el secreto de una ciencia superior…»
Próximo a la muerte, agraciado con favores sobrenaturales y ya alienado de este mundo, Santo Tomás resumió con elocuencia el estado de espíritu con el cual partía hacia la eternidad: «Le pedí [a Dios] que me llevara de este mundo, a mí, su indigno siervo, en la condición humilde en que me encontraba, y que ningún poder transformara mi vida confiriéndome alguna dignidad. Podría aún, sin duda, hacer nuevos progresos en la ciencia y ser, por la doctrina, útil a los demás. Pero, por medio de la revelación que me fue hecha, el Señor me impuso silencio, puesto que ya no podía enseñar más, como sabes, después de que le pluguiera revelarme el secreto de una ciencia superior».14 Valiéndonos, por tanto, de un principio atribuido a él, de que «primero está la vida, después la doctrina, porque la vida conduce a la ciencia de la verdad»,15 contemplemos en algunos de los siguientes artículos un preludio de esta ciencia superior, expuesta en su doctrina. ◊Notas
1 Aludimos al hecho de que Santo Tomás fue canonizado el 18 de julio de 1323, cincuenta y un años nada más después de su muerte, y que como doctor de la Iglesia solamente fue reconocido en 1567.
2 Se ha tomado como parámetro de observación la siguiente composición caligráfica del santo: cod. Autogr. F. 101va 1-27, referente a la q. 6, a. 1 y q. 3, ad 1-4 del Super De Trinitate.
3 PÍO XI. Studiorum ducem.
4 AMEAL, João. São Tomás de Aquino. Iniciação ao estudo da sua figura e da sua obra. 3.ª ed. Porto: Tavares Martins, 1947, p. 131.
5 GUILHERME DE TOCCO, apud AMEAL, op. cit., p. 136, nota 2.
6 AMEAL, op. cit., p. 147.
7 Ídem, ibidem.
8 Ídem, p. 117.
9 Cabe señalar que, ya reconocido por muchos de sus contemporáneos como una lumbrera, Santo Tomás acabó ejerciendo la triple tarea de profesor, escritor y consejero de Papas. No obstante, el santo nunca aceptó ningún tipo de dignidad u honor eclesiástico.
10 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I-II, q. 58, a. 3.
11 Ídem, q. 57, a. 5.
12 Cf. Ídem, ibídem.
13 Cf. Ídem, I-II, q. 58, a. 4; II-II, q. 47, a. 1-4.
14 GUILHERME DE TOCCO, op. cit., p. 146.
15 PÍO XI. Studiorum ducem.