En el firmamento de la Santa Iglesia, ciertas estrellas parecen brillar exclusivamente para Dios. Hay, sin duda, vocaciones que se han hecho conocidas por las proezas realizadas a la vista de todos; otras, no obstante, pasan casi desapercibidas en las páginas de la historia, pues su misión consistía en glorificar al Creador en el anonimato de la vida común y corriente.

Entre estos discretos luceros podemos encontrar una virgen de existencia breve, cuyo resplandor nos invita hoy a elevar la vista al Cielo, dejándonos iluminar por ella.

Entre héroes y mártires… Teresita

En medio de las alegrías de la Resurrección del Señor, María Teresa González-Quevedo y Cadarso vino al mundo, en la gloriosa España de los mártires y de los héroes, el 14 de abril de 1930.1

Su padre, Calixto González-Quevedo y Monfort, al igual que su madre, María del Carmen Cadarso y González, descendían de familias profundamente católicas, y varios de sus miembros, durante los terribles años de la guerra civil, añadirían a la nobleza de la sangre un galardón aún más precioso: el de la fidelidad llevada hasta el sacrificio de la propia vida. Teresita, como la llamaban cariñosamente en casa, tenía, por tanto, una meta muy alta si quería seguir el hermoso ejemplo de su familia.

Pero parece que ella tenía otras inquietudes…

Era una niña con carácter, impetuosa y extrovertida, rebosante de vida y alegría, de temperamento generoso pero decidido, siempre imponiéndose a los demás y capaz de grandes disgustos cuando se le contradecía… Su pueril terquedad le valió el apodo familiar de «el venenito», ya que era imposible disuadir de alguna decisión a esa cría tan impulsiva en sus antojos y exigencias.

Sin embargo, por encima de éstos y otros muchos defectos, se alzaba un amoroso designio divino y ya en la primera infancia de Teresita brilló un matiz especial en su carácter enérgico: el amor a la Santísima Virgen María. Por su Señora, esa fuerte personalidad suya estaría dispuesta a los mayores sacrificios, determinada incluso a escalar la empinada cuesta de la santidad a toda costa: «He decidido ser santa», escribió en su diario cuando tan sólo tenía 9 años. Y nadie más que Dios conocería el significado de esta resolución, pues su cautivadora alegría sabría velar a los demás la magnitud de las renuncias hechas y de las luchas libradas contra sí misma.

El tiempo se encargaría de mostrarle a Teresita la manera mediante la cual su vida se consumiría en holocausto, pero antes de eso ya había encontrado su norte, la meta final de todos sus actos: el Cielo.

Dos Teresitas…

A sus 9 años, Teresita estaba lejos de imaginarse religiosa. Todavía hacía de las suyas, y esa incorregible testarudez e indisciplina le dificultaban mucho estudiar con dedicación, obedecer las normas de la escuela o, al menos, aceptar sin protestar un plato de comida que no fuera de su gusto…

Un único punto dejaba entrever misteriosamente el altísimo llamamiento de Teresita: su pureza. Dondequiera que fuese, impactaba la candidez de todo su ser, y la angelicidad de su figura era sólo el reflejo de una castidad intachable, fruto de la predilección divina. Por así decirlo, un verdadero ángel de pureza se escondía bajo esa coraza indisciplinada y ruidosa, y esa inocencia, unida a la devoción a su Madre celestial, constituiría una raíz de bien tan fuerte y vigorosa que superaría con creces sus caprichos. «¡La quiero tanto! ¡Haría por Ella cualquier cosa!», exclamaba con frecuencia.

Pues bien, el momento en que Teresita se rendía al amor de su vida, es decir, a la Santísima Virgen, era el mes dedicado de manera especial a Ella por la Santa Iglesia: ¡mayo! Las festividades, vividas intensamente en el colegio debido al fervor de las religiosas que allí enseñaban, fomentaban en la niña una gran generosidad de alma para afrontar treinta y un días de pequeños sacrificios, actos de amor y oraciones, que no podían pasar desapercibidos para la Reina del Cielo.

No obstante, el «mes de santidad» terminaba con la última fiesta de mayo y entonces reaparecía la testaruda Teresita de siempre… algo más purificada que en el mayo anterior, pero todavía lejos de la tan esperada meta de la santidad.

Aunque un feliz acontecimiento fijaría —¡y esta vez para siempre!— la luz en su alma.

La «conversión» de una Teresita

Una vez superados los horrores con los que la guerra civil había sacudido a la sociedad española, era necesario reconstruir, sobre los sólidos cimientos de la fe, la juventud para el futuro. Pensando en ello, las religiosas Carmelitas de la Caridad, responsables de la escuela donde estudiaba Teresita, decidieron fundar las Congregaciones Marianas entre las alumnas, con el fin de fomentar en las niñas una vida de piedad seria y una profunda devoción a la Santísima Virgen.

Los preparativos para la fundación, la elección de las primeras candidatas y su consagración demostraron cuánto amor tenía Teresita por la Reina del Cielo. De hecho, siempre había sido muy devota de María, e incluso ejemplar en su vida de piedad —algo raro, dada su natural propensión a la disipación—, pero, en cuestión de meses, el cambio de la niña fue evidente a los ojos de todo el colegio: se acabaron las respuestas ingeniosas para librarse de las reprimendas, cesaron las faltas de disciplina, la elusión de las obligaciones, las manifestaciones de disgusto ante el sacrificio. Por el mundo, Teresita había sido incapaz de tomarse en serio su vida, pero por María… ¿qué no haría para complacerla?

Así, sus días se transformaron en un «mayo» continuo, y todos vieron emerger en ella una niña estudiosa, disciplinada, mortificada, abnegada e incluso silenciosa… Teresita se había propuesto cumplir en todo las normas de las Congregaciones Marianas, cuyo objetivo era la perfección de sus miembros, y el día de su consagración, el 13 de diciembre de 1944, prometió aumentar y promover la devoción a la Santísima Virgen como medio de santificación para sí y para los demás, siendo un modelo de estudiante tanto en la virtud como en las letras. Resumiendo sus propósitos, eligió como lema de congregada: «Madre mía, que quien me mire te vea».

No tardó mucho para que la presencia de Nuestra Señora se hiciera notar en todos sus actos, especialmente cuando comulgaba: era imposible dejar de mirarla, comentaban sus compañeras. La devoción y la dignidad con la que asistía a la santa misa atraía a las jóvenes, y su ejemplo arrastró a la vida de piedad a innumerables muchachas.

Unos dos años después, Teresita añadió a sus propósitos un voto de castidad, hecho en manos de su director espiritual. Así, esta congregada mariana inició una singular convivencia con la Madre de Dios, por la cual la gracia comenzó a prepararla para vivir sólo para Dios. ¿De qué manera?

A la izquierda, Teresita con 3 años; a la derecha, el día de su admisión como congregada mariana, el 13 de diciembre de 1944

Y en la hora de la muerte… ¿religiosa o no?

La inspiración para abrazar la vida religiosa le llegó a través de uno de sus peores enemigos: un libro. Teresita siempre los había detestado, pero un día, leyendo como mortificación una obra que le habían regalado, descubrió en sus páginas la voluntad de Dios respecto de ella, como más tarde reveló: «Al llegar al capítulo que hablaba de la vocación religiosa, comprendí que era lo mejor, que eso era decididamente lo que yo necesitaba. Aquella última pregunta: “¿qué querré yo haber sido a la hora de la muerte, religioso, o no?”, fue para mí un golpe decisivo».

Apasionada en todo lo que hacía, Teresita decidió entregarse por completo y de inmediato, sin reservar nada para este mundo efímero. Tenía por entonces 17 años. Al escuchar los planes de una de sus amigas de disfrutar de la vida durante la juventud para abrazar la vida religiosa en la vejez, le dijo sin dudarlo: «¡Qué tacaña y egoísta! ¡Como que te crees que Jesús te va a admitir ya achacosa, cuando hayas ofrecido lo mejor de tu vida al mundo! Jesús tiene mejor gusto y quiere como ofrenda la juventud con sus alegrías y sus ilusiones».

A cuántos católicos de hoy les vendría bien escuchar esa censura, con el fin de reservar lo mejor de sí mismos para Dios y no para el mundo…

Sin embargo, antes de entrar en el convento, pidió al Cielo como regalo de despedida una nevada… Y la mañana del 23 de febrero de 1948, cuando salió de casa hacia el noviciado de las Carmelitas de la Caridad, vio cumplido ése su sueño infantil: todo Madrid se había despertado bajo un hermoso manto níveo, despidiéndose así de aquella alma de inmaculada pureza.

Era una luz que se apagaba en el mundo y comenzaba a brillar sólo para Dios.

Teresita como novicia

Una elegida más, en el coro de las vírgenes

Desde sus primeros días en la vida consagrada, sor María Teresa mostró un único temor: el de ser una religiosa mediocre. Después de haberlo abandonado todo, quería ser una auténtica carmelita de la caridad y, para ello, empleó todas sus fuerzas y oraciones. ¡Y no piense el lector que el combate fue fácil! Aún persistían en ella algunos rescoldos de la antigua Teresita, risueña y despreocupada, más propensa al disfrute que al sufrimiento…

Pero amó profundamente la vida en comunidad, aprovechando la mínima oportunidad para perfeccionarse y crecer en santidad. Por iniciativa suya, las novicias establecieron la costumbre, en las recreaciones, de señalar los defectos unas de las otras con el fin de ayudarse a mejorar. Para sus compañeras, era toda una hazaña encontrar alguna falta que corregirle… Así, sor María Teresa tenía poquísimas imperfecciones que anotar en su diario, la mayoría de ellas vestigios del pasado: «[Me dicen] que me río bastante alto; que al hablar me voy animando y alzo mucho la voz; que cuando dicen algo a una hermana me río mucho…».

Novicia ejemplar, siempre alegre, amante de la obediencia y de la regla, celosa en el recogimiento y en el silencio… virginal. He aquí la palabra que mejor la definió hasta el ocaso de su existencia. Como espejo de María Santísima, su conducta no admitía medias tintas: era íntegra tanto en el cumplimiento de las reglas como en la lucha contra sus defectos personales, inmaculada en su amor a Dios y a la vocación, una verdadera virgen consagrada e hija de la Madre Iglesia, según la imagen utilizada por San Agustín.2

Esta virginalidad se traducía en actos concretos, reflejo del intenso amor que tenía por la virtud angélica: decoro y pulcritud traslucían en sus cuadernos y ropa; todo llevaba la marca del orden y de la limpieza por amor a Dios. «Díganme, por caridad —preguntaba a las religiosas encargadas de asistirla en el noviciado—, si exagero en mi gusto de ir bien puesta y llevar el hábito bien estiradito. Es que me gusta ver a las personas bien puestas, y mucho más a las futuras esposas o ya esposas de Cristo, pues la pobreza no se opone a eso. Si vemos que la gente del mundo se arregla tanto por ser hijas o esposas de X, pues mucho más nosotras».

¡Otra valiosa lección para nosotros! Imitémosla en ese decoro, precioso ornato de las almas anhelantes de perfección.

Un regalo final

Entre luchas, caídas y victorias avanzó célere sor María Teresa en el camino de la santidad. Era de esperar que su entusiasmo la llevara a ofrecerse por completo a Dios, lo que hizo el día que cumplió 18 años: «En la comunión tenía tantas ganas de darme del todo a Jesús para demostrarle lo mucho que quería amarle que me ofrecí como victimita para que hiciera de mí lo que quisiera».

María Teresa juntó entonces valentía y castidad (cf. Jdt 16, 22) para subir la empinada montaña del Calvario. Y Dios aceptaría, incluso con prisa, su ofrecimiento, llevándosela en la mejor etapa de su existencia.

La meningitis tuberculosa que acabaría con su vida dictó, hasta la última gota de sangre, la inmolación hecha. Nadie podía medir el alcance de sus dolores, malestares y pruebas, pues un semblante dulce y sonriente acogía a todos los que se le acercaban. Esta inocente víctima aprovechaba los segundos que le quedaban en la tierra para amar, exigiendo de sí misma hasta lo imposible en el cumplimiento de las reglas, en la castidad y en la generosidad diaria.

Ante la gravedad de la dolencia, procedieron a administrarle los últimos sacramentos y se le permitió hacer la profesión de los votos, ardientemente deseados por ella. Su alegría era tan grande, y contrastaba tan marcadamente con la preocupación por su inminente partida, que se diría que no le asaltaba el temor a la muerte: «¿Cómo voy a tener miedo —le decía a una hermana—, teniendo una Madre en el Cielo que saldrá a esperarme? Ame mucho a la Virgen; yo es el único consuelo que tengo ahora, el haberla amado tanto».

Teresita se sentía como el Buen Ladrón: casi nada había hecho para merecer la recompensa, pero en la última hora Nuestra Señora le había obtenido el Cielo como regalo del Señor… O, tal vez, Teresita era un regalo de Dios.

Víctima asociada a la divina Víctima

En la vida del verdadero católico, explicaba el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, «los grandes dolores se alternan con alegrías inimaginables. Dolores punzantes como calvarios y alegrías exuberantes como pascuas de Resurrección forman un solo cuadro».3

Teresita fue sorbiendo uno a uno los sufrimientos de ese cáliz divino: impedida de moverse, de comer, de cantar… lo aceptó con plena conciencia, hasta la pérdida de la razón, todo para cumplir su «haz de mí lo que quieras». El Sábado Santo de 1950, 8 de abril, entre oraciones y llantos de la comunidad que la rodeaba, Teresita abandonó un cuerpo extenuado por el dolor. Los ojos ya sin expresión y dos lágrimas en sus mejillas anunciaron el fin de la pasión de la que, uniéndose con gozo a la Víctima divina, celebraba en el Cielo, con la Madre de Jesús, la Pascua eterna.

Las lágrimas por su partida se mezclaron con los aleluyas del Domingo de Resurrección, una hermosa despedida para quien en esta tierra se había convertido en sagrario vivo de María, digna de recibir espiritualmente en su interior a Dios mismo, como la Virgen inmaculada lo había recibido corporalmente.4

Sin duda, hay que tener un corazón puro para saber admirar esa predilección de Dios.

Pidamos a Teresita que interceda ante Nuestra Señora para mantener encendidas en el firmamento de la Iglesia esas pequeñas estrellas que son las almas vírgenes, pues mientras su luz ilumine nuestro mundo inmerso en las tinieblas del pecado podremos, parafraseando la expresión del Apóstol (cf. 1 Cor 13, 8), exclamar: «¡La virginidad nunca acabará!».

El cuerpo de la venerable Teresita Quevedo durante sus exequias

Notas:


1 Los datos biográficos que aparecen a lo largo del presente artículo, así como las frases de Teresita transcritas en él, han sido tomados de la obra: López de Uralde y Elorza, CACh, María Luisa. Teresita. 4.ª ed. Madrid: Vedruna, 1959.

2 «Esta clase de vírgenes no es fruto de ninguna fecundidad física, ni es descendencia de la carne y de la sangre. Si se busca a su madre, es la Iglesia. Sólo engendra vírgenes consagradas la Virgen consagrada» (San Agustín de Hipona. De sancta virginitate, c. xii).

3 Corrêa de Oliveira, Plinio. «Uma cruz bem carregada». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XXVI. N.º 302 (mayo, 2023), p. 7.

4 «Lo que aconteció corporalmente en la inmaculada María, que la plenitud de la divinidad brilló en Cristo a través de la virginidad, eso mismo acontece en cada alma que guarda la virginidad según la razón» (San Gregorio de Nisa. La virginidad, c. ii, n.º 2. Madrid: Ciudad Nueva, 2000, p. 46).