Más que un libro… ¡una solución!
En esta encrucijada espiritual, Van entraba en la sala de estudio aquella tarde de 1942, tras haberse arrojado a los pies de una imagen de la Virgen, su «salvavidas» en tantas aflicciones, rogándole una señal, un consejo, la recuperación de la paz. Específicamente le había pedido que le indicara un libro interesante. Así que, después de barajar algunos ejemplares encima de la mesa, determinó que leería aquel sobre el cual su dedo índice se pusiera primero, al azar. Cerró los ojos…
Después de leer «Historia de un alma », Van decidió tomar como hermana a Santa Teresa del Niño JesúsEl Hno. Van en Hanói entre 1954 y 1955.
«Unidos en el único amor de Dios»
En los días que siguieron, Van e Historia de un alma se volvieron inseparables. El joven sintió su alma en consonancia con cada «sí» y cada «no» de Teresa, con cada dolor y cada alegría. Al principio, se dirigía a la autora del libro con el apelativo de «santa». Después de algún tiempo, empezó a sentir la necesidad de tratarla con intimidad, como un hermano pequeño trataría a su hermana mayor, pero no se atrevió a hacerlo hasta que leyó en la autobiografía la parte en la que Teresa narra el fallecimiento de su madre. En esa ocasión, ella decía, refiriéndose a su hermana mayor: «En cuanto a mí, Paulina es quien será mi madre». Tomado entonces por una inspiración de la gracia, de rodillas Van declaró con una fórmula simple y sincera: «Para mí, Teresa será mi hermana».
La respuesta no se hizo esperar: «Desde ahora serás mi hermanito»Santa Teresa del Niño Jesús en 1896
Similitud de misiones
A pesar de una infancia turbulenta, marcada por la pobreza y por las persecuciones, el sufrimiento que más daño le hacía a su corazón siempre fue su profundo aislamiento: «No encontraba a nadie a quien le pudiera confiar mis pensamientos. Por eso tuve que soportarlo todo en silencio hasta el día en que encontré a mi hermana Santa Teresa en la colina de Quảng-Uyên».12 La santa de la pequeña vía obró en Van, en una intensa, íntima y duradera relación —fielmente relatada por él en sus escritos—, un milagro admirable: por medio de una amena convivencia, le hizo comprender un poco el amor del Padre. Amparado por Teresa, Van pasó a vislumbrar la misericordia de Dios en todo. Comprendió —¡y nos convence!— que no hay separación entre el Cielo y la tierra, y que existe una fuerte conexión de almas y misiones entre la Iglesia gloriosa y la Iglesia militante. Era lo que le sucedía a él, conforme se lo aseguró su protectora: «Teresa siempre ha sido tu Teresa y tú, Van, eres igualmente el hermano pequeño de Teresa desde el momento en que existimos, los dos, en el pensamiento de Dios».13 Habiendo ya madurado, la propia Virgen María le dio una visión más clara sobre esa vinculación de misiones. En una comunicación del 4 de enero de 1946, le dijo: «¿No sabes que más tarde, en el Cielo, tendrás una misión similar a la de tu hermana Teresa? Serás tú como una segunda Teresa del Niño Jesús. La primera te enseñó la manera de entrar en relación con el amor de Jesús; en cuanto a la segunda» —refiriéndose a Van—, «enseñará a las almas la manera de entrar en relación conmigo y expandir mi reino en el mundo. […] Tu papel, hijo mío, no consistirá en ser el apóstol de mi Reino, sino en ir en auxilio de los apóstoles de ese reino».14
Amparado por Santa Teresa, Van pasó a vislumbrar la misericordia de Dios en todo. Comprendió que existe una fuerte conexión de almas y misiones entre la Iglesia gloriosa y la Iglesia militanteDe izquierda a derecha: Marcelo Van con 12 años; junto a su hermana Ana María Te, con motivo de la profesión de los votos perpetuos, en septiembre de 1952; con el P. Antonio Boucher, su director espiritual en la Congregación del Santísimo Redentor
Una gran renuncia…
Teresa guio con maestría a esa alma débil, pero fiel, desvelándole panoramas que movían su voluntad y cambiaban su mentalidad. En algunas ocasiones, escuchaba a Van con paciencia; otras, le daba consejos claros. A veces, le llamaba la atención bromeando, diciéndole que no se debe llorar tan fácilmente… ¡Hasta le llegó a cantar y escribir versos! Ahora bien, como emisaria de la voluntad divina junto a su alma, Teresa también tuvo que comunicarle, cierto día, un delicado y difícil mensaje: no sería sacerdote. La noticia le causó al joven un inmenso dolor y le arrancó un copioso llanto. Queriendo animarlo, su protectora le aseguró que sus anhelos apostólicos se cumplirían igualmente fuera del estado sacerdotal, por medio de oraciones y sacrificios, así como ella misma había realizado su vocación: «Hermanito, alégrate y regocíjate de haber sido puesto entre el número de los “Apóstoles del amor de Dios”, que tienen el privilegio de estar escondidos en el corazón de Dios para ser la fuerza vital de los apóstoles misioneros».15Ingreso en la vida religiosa
Esta noticia fue el inicio de una nueva etapa en la vida de Van. Había que decidir su destino y, para ello, Teresa le recomendó que recurriera a la Santísima Virgen para saber en qué congregación religiosa debía ingresar. Dos semanas más tarde, Van tuvo un simbólico sueño al respecto: de repente vio a alguien vestido de negro acercándose a la cabecera de su cama, sonriente y luminoso, con una belleza sobrenatural deslumbrante. Acariciándolo, la figura le preguntó con mucha delicadeza: «Hijo mío, ¿quieres?». Al no poder identificar a la persona y sentirse abrumado por su indescriptible bondad, Van enseguida pensó que sería Nuestra Señora, más concretamente la Virgen Dolorosa, por su vestido, y respondió con entusiasmo: «¡Sí, Madre mía, quiero!». Este sueño inundó de alegría el corazón de Van, aunque aún no conociera su significado. Al contárselo a su hermanita, ella tan sólo le dijo, sonriendo: «Pídele a Nuestra Señora que te lo explique».16 Sin embargo, aparentemente eso no ocurrió y Van continuó en busca de su vocación. Ya había pensado hacerse dominico, o incluso cisterciense, pero ninguno de estos carismas llenaba su alma. Ahora bien, pocos días después del sueño encontró en su casa una revista titulada Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, publicada por los padres redentoristas, y comenzó a leer varios artículos que trataban sobre María Santísima. A respecto de esta lectura, afirma en sus memorias: «Empecé a conocer y amar a la congregación por la sencilla razón de que los redentoristas tenían una devoción muy especial a la Santísima Virgen».17 A partir de entonces comenzó a desear con toda su alma formar parte de la Congregación del Santísimo Redentor. Santa Teresa lo apoyó de inmediato en esa decisión: «¿Quieres unirte a los redentoristas? Muy bien, hermanito. Esa es precisamente la congregación en la que la Virgen María desea que entres».18 De hecho, vencidas algunas dificultades, Van ingresó en el noviciado redentorista de Hanói, el 15 de agosto de 1945, con el nombre de Marcelo.
Quien se le apareció a Van en sueños fue el propio San Alfonso, que lo llamaba a ser su hijoSan Alfonso María de Ligorio - Iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Granada (España)
Místico, apóstol y confesor de la fe
Su director espiritual en la congregación, el sacerdote canadiense P. Antonio Boucher, impresionado con el joven religioso en el que la gracia había hecho maravillas, le aconsejó que escribiera su itinerario espiritual, del que resultó un voluminoso texto en vietnamita, dividido en casi novecientas páginas de cuadernos de apuntes. Convencido de que Van tenía un mensaje para la Iglesia y para el mundo, el P. Boucher trabajó diligentemente durante años para traducir estos escritos al francés. Gracias a ello, hoy tenemos a nuestra disposición sus enseñanzas de gran profundidad teológica y mística. Durante casi diez años, Marcelo realizó un fecundo apostolado. Habiendo regresado a Hanói —ya ocupada por los comunistas— para ayudar a sus hermanos, fue preso en 1955. El 10 de julio de 1959 moría a causa de los malos tratos recibidos, pero, según su más ardiente deseo, consumido por el amor. ◊Notas
1 MARCEL VAN. The Autobiography of Brother Marcel Van. Leominster: Gracewing, 2006, p. 224.
2 Ídem, p. 225.
3 Ídem, ibídem.
4 Ídem, ibídem.
5 Ídem, p. 227.
6 Ídem, p. 228.
7 Ídem, p. 234.
8 Ídem, ibídem.
9 Ídem, ibídem.
10 Ídem, ibídem.
11 Ídem, ibídem.
12 Ídem, p. 67.
13 Ídem, p. 236.
14 MARCEL VAN. Conversations with Jesus, Mary and Thérèse of the Child Jesus. Leominster: Gracewing, 2008, p. 109.
15 MARCEL VAN, The Autobiography of Brother Marcel Van, op. cit., p. 259.
16 Ídem, p. 264.
17 Ídem, p. 266.
18 Ídem, ibídem.
19 Cf. Ídem, p. 265.