Existe una conocida canción escocesa, himno oficioso de la nación, cuya letra dice:
He aquí que la noche está cayendo. Escuchad cómo las gaitas llaman con fuerza y ufanía desde el fondo del valle.
Allí donde las colinas parecen dormir se siente ahora la sangre subiendo a la altura del espíritu de los hombres de las montañas. [...] Que vuestros estandartes ondeen gloriosamente, [...] oh Escocia, la valiente.1
Situado en el extremo norte de Gran Bretaña, ese pequeño país es, de hecho, rico en bravura, almas férreas y corazones fuertes.
Si hojeamos las páginas de su historia, veremos estampadas en ellas las hazañas de un pueblo que sufrió mucho con las invasiones, pero que resistió tenazmente. Basta pensar, por ejemplo, en los héroes de las guerras de la independencia en los siglos XIII y XIV.
Un símbolo de la austeridad propia de los escoceses es la costa rocosa que rodea su territorio.
Incesantemente golpeada por las encrespadas olas del mar del Norte y del océano Atlántico, a menudo parece que las aguas la van sumergiendo, tal es el furor con que embisten contra ella. No obstante, cuando el mar retorna a su lecho, el acantilado, intacto, se burla de él, como si dijera: “¡Aún estoy en pie!”.
El mismo espíritu brioso y aguerrido podemos encontrarlo en el rudo sonido de las gaitas que los miembros de esa nación suelen llevar a la guerra y en la propia forma de avanzar al encuentro del enemigo.
Así lo subrayó el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira cuando, teniendo ante sí la fotografía de un soldado escocés que tocaba dicho instrumento, afirmó:
Este hombre es una representación viva del heroísmo. La mera contemplación de su figura nos estimula más a abrazar el heroísmo que la lectura de centenares de libros. Sin embargo, sólo se comprende su estado de espíritu en función de las raíces católicas de ese pueblo.2
Para que podamos entender mejor tal comentario necesitamos retroceder siglos y contemplar el corazón al mismo tiempo regio y maternal, lleno de fe y de idealismo, de una reina elegida por Dios para reflejar de alguna manera a María Santísima junto a su pueblo: Santa Margarita de Escocia.
Un providencial naufragio
Comencemos la narración dirigiendo nuestra mirada a cierta noche del año de 1066.
Una espantosa tempestad agita el mar del Norte. En medio de las aguas que braman y espuman se puede distinguir una frágil embarcación que emplea todos sus esfuerzos por mantenerse a flote.
Sus tripulantes son de estirpe real: en ella viaja la princesa Ágata, viuda del príncipe Eduardo, acompañada por sus hijos Edgar y Margarita.
El fallecido príncipe había nacido en 1016 en Inglaterra durante el reinado de su padre, Edmundo II — apodado Ironside (Flanco de Hierro). Era aún un bebé cuando Canuto el Grande invadió su país y lo deportó a Suecia.
Más tarde fue llevado a Kiev y de allí acabó, finalmente, viajando a Hungría, donde se casó con la princesa Ágata, pariente cercana de San Esteban. De ahí proviene el apelativo por el que fue conocido en la Historia: Eduardo el Exiliado.
Tenía alrededor de 40 años cuando San Eduardo el Confesor lo llamó para hacerlo su heredero y sucesor en el trono de Inglaterra. En 1057 volvía a su patria natal, acompañado por su esposa y sus dos hijos, pero falleció pocos días después de haber llegado.
Cuando en 1066 el rey San Eduardo también murió, las convulsiones ocurridas en el reino obligaron a la princesa Ágata a huir al territorio de Northumbria, al norte de Inglaterra.
Al verse viuda y desamparada en tierra extranjera, decidió regresar al continente con sus hijos y embarcó con ese fin en la desafortunada nao...
Impotentes en sus esfuerzos contra el mar bravío, los viajeros buscaban desesperadamente un lugar donde refugiarse. Al final, lograron aportar con mucha dificultad en el estuario del río Forth, cerca de la actual Edimburgo.
El barco, en lugar de seguir el rumbo previsto, había sido empujado hacia el norte a causa de la tempestad.
Se convierte en reina de Escocia
El soberano escocés, Malcolm III, acogió a la noble familia en su palacio y la trató con la mayor simpatía y benevolencia.
Admirado con la virtud de Margarita, decidió casarse con ella, y la joven, aunque tenía el deseo de consagrar su vida a Dios, terminó aceptándolo. En esa época tenía unos 20 años.
Se convertía de esta manera, en la tierra, en reina de la nación escocesa, mientras desde el Cielo, la Virgen Santísima parecía haberla escogido por madre y protectora de un pueblo que se mostraba abierto a las sublimidades de la fe.
Se diría que Nuestra Señora quiso depositar antes en las manos de Santa Margarita todas las gracias que iría a derramar sobre aquellos hijos suyos.
La vida de esta reina nos remonta a un mundo maravilloso que puede parecer irreal a los ojos de quien desconoce la fuerza transformadora de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
Fruto de su Sangre Preciosísima fueron innumerables los santos y santas, religiosos y laicos, que hicieron surgir la Edad Media, a partir de pueblos bárbaros, la admirable civilización cristiana.
Al igual que había ocurrido en Hungría en tiempos de San Esteban y sucedería en España y en Francia en época de San Fernando y de San Luis, Escocia vivió el período más feliz de su historia bajo la influencia de Santa Margarita.
Se consolidaron las costumbres y se instituyeron leyes que incentivaban a la observancia de los preceptos de la Iglesia y, bajo esa base moral, el pueblo escocés alcanzó notable prosperidad social.
Venerada como madre por su pueblo
Nos cuenta Turgot de Durham, obispo de Saint Andrews, confesor y principal biógrafo de la reina, que en la persona de la soberana se aliaban la laboriosidad y la contemplación, la elevación de espíritu y un prudente sentido de las cosas prácticas.
Una inteligencia brillante y una afabilidad que llevaba a los últimos de sus súbditos a venerarla no sólo como reina, sino también como madre.
Nada era más firme que su fidelidad, más seguro que su favor, o más justo que sus decisiones; nada era más duradero que su paciencia, más serio que su consejo, o más agradable que su conversación. 3
Con su modestia, suavidad de ánimo y constante disposición benévola atraía a grandes y pequeños, inspiraba respeto y obediencia a los hombres letrados, religiosos o incluso entre la gente sencilla y sin instrucción, uniendo al reino en torno de sí.
Para después conducirlos a todos a la virtud y a la práctica de los Mandamientos y enseñarlos a ser devotos hijos de la Santa Iglesia Católica.
Nunca dejaba de atender a quien acudía a su protección, oyendo no sólo a los que iban a hacerle peticiones, sino a cualquiera que quisiera confiarle sus dificultades, tristezas y pruebas.
Para ayudar a los necesitados no medía esfuerzos, llegando a vender incluso sus joyas personales cuando no podía disponer del tesoro real.
Durante la Cuaresma acogía en su castillo a trescientos pobres por día y atendía todas sus necesidades, curándoles las heridas con sus propias manos.
Los alimentaba a su mesa, colocando a los hombres a un lado del salón, junto a su marido, mientras que ella se sentaba con las mujeres en el ala opuesta.
Excelente formadora de buenas costumbres
Comenta otro historiador que la reina había sido “dotada por Dios con muchas y excelentes cualidades naturales, de mente y de cuerpo, y los felices efectos de una plenitud de gracia sobrenatural en su alma aparecieron muy temprano”.4
Además de la fuerza de influencia propia de la virtud, la reina orientaba a sus súbditos en el camino del bien dando ejemplo de una piedad ardiente y celosa por todo lo que concierne a la Santa Iglesia.
Así, por todos era conocida su gran inclinación a la oración y a la lectura de la Escritura Sagrada y, especialmente, su devoción a la Santa Misa: asistía cinco o seis celebraciones diarias, y tanto se empeñaba en perfeccionar todo lo referente al Sacrificio del Altar que sus aposentos en el castillo parecían un depósito de paramentos y vasos sagrados...
La reina buscó, además, refinar el esplendor y la pompa de la corte, como medio indispensable para elevar el nivel cultural y espiritual del pueblo.
Aumentó el número de siervos y criados en el castillo, y estableció que la familia real fuera servida en la mesa con cubertería de oro y plata.
Aunque siempre exigiera de los miembros de la corte modestia en el modo de vestir, introdujo en Escocia el uso de tejidos de mejor calidad y con mayor variedad de colores.
Hay historiadores que atribuyen a Santa Margarita la creación del tartán, característica tela de lana, usada incluso en los días de hoy, cuyos colores y patrones varían de acuerdo con el clan o región a que se pertenezca.5
Lejos de querer estimular la vanidad o la ostentación, se preocupaba con esas cuestiones porque sabía muy bien cómo las buenas costumbres, una forma digna de vestir y la elevación en el trato social contribuyen en la formación de una mentalidad esmerada y respetuosa, sobre la que descansa la paz.
Respetada y admirada por el rey
Sin duda, todo ese celo de Santa Margarita se volcaba, antes que nadie, en el propio rey.
Era su deber como esposa apoyarlo y ayudarlo a crecer en la vida espiritual, pero esa era también su obligación como reina.
Cuanto más avanzara el gobernante por las sendas de la santidad, mayores serían sus posibilidades de llevar a sus subordinados a imitarlo.
Así pues, le fue enseñando al rudo rey Malcolm a rezar y a gobernar con verdadera justicia. Su marido la amaba y temía ofenderla, tal era el respeto que sus virtudes le infundían.
Obedecía todos sus consejos, dándole igualmente gran libertad para emplear los bienes de la corona en la construcción de monasterios, iglesias o en cualquier obra que tuviera por objetivo fortalecer la religión.
Cuenta el obispo Turgot que, al no saber leer, el soberano solía coger los libros de piedad de Margarita y besar los que percibía que le gustaban más.
Y, en señal de devoción y afecto, hizo que decoraran con oro y piedras preciosas las portadas de los más estimados por ella.
“Que mis hijos amen y teman a Dios”
El matrimonio tuvo ocho hijos: Eduardo, Edmundo, Ethelred, Edgardo, Alejandro, Matilde, María y David. Santa Margarita no escatimó esfuerzos para educarlos, siempre estaba vigilante a las malas inclinaciones que ya suelen despuntar a edad temprana.
Su corazón maternal los reprendía y castigaba con firmeza y sabiduría, pero lo hacía con una bondad tan desbordante que se dejaban moldar por ella con entera confianza. Gracias a sus cuidados, se volvieron afectuosos y pacíficos.
Desde pequeños, los más jóvenes respetaban a sus hermanos mayores, dando ejemplo de cómo deben ser las verdaderas relaciones cristianas entre los que están unidos por los lazos de la fe y de la sangre.
Al alcanzar la edad adulta, la vida de los hijos de Santa Margarita fue digna de la grandeza de sus antepasados.
Tres de ellos —Edgardo, Alejandro y David— se convirtieron en reyes de Escocia, haciendo que durante doscientos años el país fuera gobernado por hijos, nietos y bisnietos de la santa reina.
Ethelred llegó a ser abad de Dunkeld; Matilde fue reina de Inglaterra al contraer matrimonio con Enrique I; María se casó con Eustaquio, conde de Bolonia y hermano de Godofredo de Bouillon, el conquistador de Jerusalén en la Primera Cruzada. Edmundo se hizo monje.
El entrañable amor de esa extremosa madre por sus hijos se manifestó con grandiosa belleza cuando, en la primavera de 1093 fue acometida por una dolorosa enfermedad y, al sentir que su hora había llegado, quiso hacer una confesión general.
Derramando copiosas lágrimas, le dijo a su confesor:
Adiós, pues no permaneceré aquí mucho tiempo. [...] Dos cosas os pido: la primera es que todo el tiempo que viváis, os acordéis de mi pobre alma en vuestras Misas y oraciones; la segunda, que cuidéis de mis hijos y les enseñéis a temer y a amar a Dios.
Y cuando veáis a alguno de ellos que alcanza el auge de las grandezas terrenas, sed especialmente un padre y guía para con él. Amonestadlos, y reprendedlos si fuera necesario, en el caso de que se ensoberbezcan con las glorias pasajeras.6
Sabiduría y equilibrio, ¡hasta el final!
Durante seis meses estuvo Margarita convaleciente, pudiendo pocas veces levantarse de la cama. Cada día sus dolores aumentaban, pero lo soportaba todo con paciencia y oración. No se quejaba y siempre permanecía serena.
Por entonces el rey Malcolm tuvo que ir a la guerra contra Guillermo el Conquistador y vino a perecer en el combate, junto con su hijo primogénito, Eduardo.
Se cuenta que Margarita supo, a distancia, lo que había ocurrido, pues aquella tarde estuvo muy triste, sin ninguna razón aparente, y en cierto momento dijo, suspirando: “Tal vez hoy caiga una pesada calamidad sobre el reino de Escocia, como no la ha habido en muchos años”.7
Cuatro días después su hijo Edgardo regresó de la batalla. Al entrar en la habitación de su madre, ésta le preguntó: “¿Están bien el rey y mi Eduardo?”. Edgardo le respondió: “Vuestro esposo y vuestro hijo han muerto”.
Levantando los ojos al cielo, ella replicó:
Alabanza y bendiciones a Vos, oh Dios todopoderoso, que considerasteis bien en hacer que yo sufriera tan amarga angustia en la hora de mi partida, para purificarme, en alguna medida, de la corrupción de mis pecados.
Y Vos, Señor Jesucristo, que por la voluntad del Padre redimisteis al mundo por vuestra Muerte, ¡liberadme!.8
Diciendo estas palabras, entregó su alma a Dios.
La vida de Santa Margarita se presenta a nuestros ojos como una sucesión ininterrumpida de actos de virtud, premiados por Dios con la felicidad y el éxito.
No obstante, cabe preguntarnos: ¿no habrá sufrido terribles pruebas de alma, desconocidas por los que la rodeaban? ¿No habrá sido ese holocausto interior el incienso de suavísimo olor que le obtuvo la conversión y santificación de su pueblo?
No lo sabemos. Sin embargo, si Santa Margarita atravesó los siglos como modelo de madre y reina, espejo de las virtudes de María Santísima, de algún modo debe haber cargado, en lo íntimo de su corazón, la dura, negra y fría cruz de Cristo.
Por su amor al divino Maestro, por el deseo de imitarlo y de hacer que la Preciosísima Sangre del Redentor transformara a sus súbditos, la virtuosa reina de Escocia arroja aún hoy día el fulgor propio de las almas con una grandeza inusual.
Ella brilla en los cielos de la Historia afirmando la existencia de “un mundo donde las maravillas son posibles y lo extraordinario y lo estupendo se vuelven realizables”.9