Lo propio de los cimientos es sostener el edificio sin que, no obstante, se repare en ellos o siquiera sean vistos: permanecen ocultos, pero son imprescindibles. Ahora bien, los cimientos de la Santa Iglesia son los doce Apóstoles (cf. Ap 21, 14), cuya excepcional virtud ha movido la devoción de los católicos a lo largo de todos los tiempos. Sin embargo, si la magnitud de un edificio se mide por sus estructuras, ¿cómo no vislumbrar en los Apóstoles una grandeza insospechada? El Sagrado Corazón de Jesús posó en ellos su mirada de predilección, los llamó a una convivencia íntima …