Premiado por su amor y sumisión
La teología nos dice que los espíritus celestiales recibieron de Dios una revelación misteriosa acerca del plan de la Creación, cuya aceptación o rechazo los dividió y desencadenó una gran batalla en el Cielo, en la cual los ángeles rebeldes fueron arrojados al infierno (cf. Ap 12, 7-9). Algunos autores afirman que en esa prueba el Señor «les dio una noción previa de la Encarnación y les pidió que adoraran al Hombre Dios. Sin embargo, el Verbo divino no les habría sido presentado en toda su gloria y poder, sino envuelto en los humanos velos de la pobreza, del sufrimiento y de la humillación. Otra corriente teológica, con el respaldo de numerosos santos y doctores, sostiene que esa no fue la única prueba. A la adoración de Cristo acrecientan la aceptación de María Santísima como Madre de Dios y Reina de los ángeles y de todo el universo».1 Con cada acto de sumisión a los designios del Altísimo, los espíritus fieles contemplaban un nuevo aspecto de sus misiones, hasta que, de claridad en claridad, alcanzaron el auge del esplendor para el cual habían sido creados. En el gran combate celestial, San Gabriel brilló ciertamente como nadie por su amor entusiasta e incondicional a la revelación sobre Nuestra Señora, pues recibió como premio un encargo de incomparable importancia con relación a Ella: debía representar al propio Dios ante la Reina del universo —por consiguiente, también su Soberana— y rogarle su consentimiento de ser la Madre del Mesías. «Revelarle María a María, por lo tanto, prestarle ese insigne servicio, es un acto de suprema nobleza, que estableció un vínculo muy especial entre el arcángel y Nuestra Señora. Se convirtió en una especie de profeta, que le indicó a la Santísima Virgen cómo sería toda su vida y misión».2Íntima convivencia con la Reina de los ángeles
Mientras todos los ángeles se preguntaban «Quæ est ista?» (Cant 6, 10), San Gabriel conocía el plan de Dios con respecto a Nuestra Señora y guardaba un deseo fascinante de entrar en contacto con Ella para manifestarle, de alguna forma, ese amor divino que flotaba sobre su persona y que él, en los comienzos de la Creación, había contemplado. Además, la misión del arcángel le exigía convivir con María desde los primeros momentos de su existencia. Era necesario que analizara sus actitudes, su modo de pensar, sus movimientos interiores, para que, llegada la gran hora de representar al divino Espíritu Santo, pudiera entregarle el mensaje de una manera bella, atrayente y santamente diplomática, de suerte que moviera el corazón de María, en su humildad perfectísima, a decir «sí». Entonces, debe haberse establecido entre ambos una relación a la manera de la que tiene un ángel de la guarda con su custodiado.3 Nos lo podemos imaginar en el nacimiento de Nuestra Señora, tomándola en sus brazos, cubriéndola con sus alas y demostrándole el desvelo de un verdadero padre; desvelo éste que se manifestaría, principalmente, en el período en que Ella estuvo en el Templo en ausencia de sus progenitores, San Joaquín y Santa Ana. Y en los momentos en los que la Virgen, por ser una criatura sublimísima, se veía rechazada por quienes la rodeaban o cuando se sentía inexplicable a sí misma por no comprender su propia grandeza, también San Gabriel habría estado junto a Ella, iluminándola, reconfortándola. En suma, el arcángel era para Nuestra Señora la propia presencia de Dios y de su infinito amor por Ella. Por otra parte, al mismo tiempo que nutría ese afecto protector por María, —pues su naturaleza era superior a la de Ella—, le tributaba un amor filial, pues a través de esa Madre y Medianera de la divina gracia recibió, ante previsa merita, el don de ser fiel en sus pruebas. Por ello, además de ser su Reina, la Santísima Virgen también era la Madre que le había concedido participar de la vida divina.Receptáculo del fíat que cambió la Historia…
San Gabriel recibió como premio el encargo de representar a Dios antela Reina del universo
San Gabriel - Iglesia de Santa Margarita, Munich (Alemania)
…y de los dolores que corredimieron a la humanidad
La Anunciación probablemente fue el ápice de la misión de San Gabriel, pero no su última actuación junto a Nuestra Señora. Como sabemos, los ángeles son los que presentan a Dios nuestras oraciones y los que también nos custodian en el camino hacia la eternidad. Por lo tanto, incluso después de llevada a cabo la Encarnación, San Gabriel «continuaría su ministerio marial, sirviendo de intermediario entre Dios y la Virgen Santísima».5 Podemos imaginarlo traspasado de arrobamiento y admiración contemplando la convivencia entre María y el pequeñito Jesús. Cuidadosamente iba reuniendo cada acto de amor, de cariño y de respeto que tenía la dádiva de presenciar, a imitación de su Señora, que analizaba todos los hechos y los guardaba en su corazón (cf. Lc 2, 19). En su infatigable dedicación, ¿cómo habrá actuado San Gabriel durante el momento más temido y decisivo de la vida de su custodiada, la Pasión? Parece lícito pensar que, en esa hora de indecible sufrimiento, procuró más que nunca apoyarla, confortarla, protegerla. De hecho, si no hubiera sido por un particular cuidado angélico, sería sorprendente que, en medio del caos violento y satánico que envolvió la tragedia de la crucifixión, nadie atentara contra la integridad física de Nuestra Señora. No deseando en modo alguno que su amantísima Madre fuera tocada siquiera por los poderes infernales, Jesús quiso que ese poderoso arcángel estuviera constantemente a su lado, como invencible defensor. No obstante, «por el discernimiento de la inmaculada alma de María que la Santísima Trinidad le había concedido, el arcángel conocía bien que, a pesar de luchar para protegerla de los ataques externos, no lograría evitarle los padecimientos interiores derivados de su relación directa con Dios».6 Entonces él no sólo fue el receptáculo de su fíat, sino también de sus incomparables dolores morales, de sus lágrimas y de sus gemidos, para presentarlos al Padre cual sacrificio de agradable perfume y al afligidísimo Corazón de Jesús cual suave consolación. No se sabe lo penoso que habrá sido para San Gabriel, en aquellas augustas horas, ver a su amada Reina sufrir tanto. Todo nos lleva a creer que «si un ángel llorara, no habría océano capaz de contener sus lágrimas…».7 Paradójicamente, sin embargo, extraería fuerzas de la propia determinación, equilibrio y seriedad que emanaban de Nuestra Señora.Promotor de la devoción a María
San Gabriel no sólo fue el receptáculo de su fíat, sino también de sus dolores morales, lágrimas y gemidos, para presentarlos al Padre«La Virgen y el ángel de la Anunciación», de Nardo di Cione - Colección Alana, Newark (Estados Unidos)
Notas
1 MORAZZANI ARRÁIZ, EP, Pedro Rafael (Org.). A criação e os Anjos. São Paulo: Lumen Sapientiæ, 2015, p. 147.
2 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 24/3/1972.
3 Cf. MORAZZANI ARRÁIZ, op. cit., p. 184.
4 CORRÊA DE OLIVEIRA, op. cit.
5 MORAZZANI ARRÁIZ, op. cit., p. 184.
6 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Lima: Heraldos del Evangelio, 2021, t. II, pp. 460-461.
7 Ídem, p. 461.