Notre Dame, que empezó a elevarse a la vista de los hombres a mediados del siglo XII y se mostró esplendorosa durante el reinado de San Luis.
Notre Dame, donde se veneraban la Corona de espinas, un fragmento de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo y uno de los clavos con los que en ella lo clavaron.
Notre Dame, con su fachada de belleza perfecta enmarcada por dos altas torres y su esbelta aguja central apuntando al cielo.
Notre Dame, manchada durante “el Terror” por el idolátrico culto a la diosa razón.
Notre Dame, cuyas imágenes de los reyes de Judá fueron decapitadas por fanáticos partidarios de la “libertad, igualdad y fraternidad”.
Notre Dame, que sobrevivió a las veleidades del Antiguo Régimen, al furor anticristiano de la Revolución francesa y a la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
Notre Dame, declarada Patrimonio de la Humanidad, visitada anualmente por 13 millones de turistas...
Siglos de Historia casi devorados por las llamas
La maravillosa catedral de Notre Dame, símbolo de la catolicidad francesa y de la Europa cristiana, fue casi devorada por las llamas el pasado 15 de abril.
Su techumbre sustentada por un monumental entramado de vigas de roble quedó totalmente destruida. La flecha que coronaba el crucero se desmoronó sobre la nave central, soterrando la mesa del altar con vigas chamuscadas.
Sonaron las campanas de las iglesias parisinas invitando a los fieles a rogar a Dios que detuviera el incendio.
Arrodillados en las calles adyacentes, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, cantaban con fe el Avemaría, mientras asistían al horrible avance de las llamas a lo largo del techo.
Los vídeos nos muestran junto a ellos a los indiferentes de siempre, alejados de Dios, preocupados tan sólo con sus propios intereses, aquellos cuyo Dios es su vientre, como bien los caracterizó San Pablo (cf. Flp 3, 19).
Otros, tal vez no creyentes, se detenían estupefactos ante tan trágico evento.
Aquella fue una inolvidable situación para París, para Francia, para el mundo entero.
En cierto momento el fuego se detuvo
Sin embargo, pareciera que en determinado momento la mano de Dios decidió detener el fuego.
Los bomberos trabajaron con denuedo desde el principio, porque en incendios de esas proporciones es frecuente que el fuego lo devore todo.
Sin duda que el capellán del Cuerpo de Bomberos, el P. Jean-Marc Fournier, tuvo presente esas circunstancias cuando decidió entrar en el edificio en llamas para rescatar al Santísimo Sacramento y la reliquia más importante que allí se veneraba: la Corona de espinas de Nuestro Señor Jesucristo.
En una entrevista al canal de televisión católico KTO, declaraba que había tenido como “una visión de lo que podría ser el infierno, cascadas de fuego que caían de las aberturas del tejado”.
El rescate de la Corona de espinas no fue tarea fácil, porque se conservaba en una caja fuerte y se perdió un tiempo precioso intentándola abrir.
Enseguida, recogió el Santísimo Sacramento y bendijo la catedral con Él.
Le pedí a Jesús —decía el capellán— que combatiera las llamas y preservara el edificio dedicado a su Madre. El momento de esta bendición coincidía con el inicio del incendio de la torre norte; pero al mismo tiempo ¡con su extinción! Sin duda, la Providencia... Los dos campanarios se salvaron.1
Finalmente, el fuego arrasó toda la techumbre, pero la estructura del templo se preservó.
La cruz que culmina la nave central, situada sobre el antiguo altar mayor, se mantuvo de pie, refulgente; la imagen de Nuestra Señora de París no sufrió ningún daño, aunque estuviera muy cerca de tan damnificado crucero.
¿Cuáles habrían sido las causas del incendio?
Hasta el momento en el que son escritas estas líneas, no se sabe todavía la causa del incendio.
La empresa que realizaba los trabajos de restauración en la catedral afirma que todos los obreros habían salido a las 17:20 h, y las llamas aparecieron a las 18:50 h.
Se barajó, entre otras causas, la posibilidad de un cortocircuito ocurrido al accionar el mecanismo del carillón.
No hay indicios concretos que apunten a un acto terrorista, pero no faltan voces que planteen severas dudas sobre el carácter accidental de ese monumental desastre.
De hecho, durante los tres meses anteriores, al menos diez templos católicos del país fueron objeto de actos vandálicos y profanaciones, entre ellos la famosa iglesia parisina de Saint-Sulpice, víctima de un incendio el 17 de marzo.
Por ahora, lo único que queda es esperar el resultado de las investigaciones.
El Cielo nos invita a subir hasta él
Mientras las autoridades tratan de aclarar las causas del incendio y toman medidas para la restauración del edificio, les proponemos a los lectores un punto de reflexión.
Con ocasión de su visita a París en el 2008, Benedicto XVI calificó dicha catedral como “testigo de la constante comunicación que Dios ha querido entablar entre los hombres y Él”.2
Recordó que en ella se desarrollaron grandes acontecimientos religiosos y civiles y que de su sagrado ambiente Dios se sirvió para obrar diversas conversiones, entre ellas la de Paul Claudel.
Al entrar en el templo, en diciembre de 1886, para oír el canto de las Vísperas del día de Navidad, ese famoso escritor francés sintió que Dios iluminaba su alma mientras escuchaba al coro interpretando el Magníficat.
En un instante —decía él— mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal elevación de todo mi ser, con una convicción tan potente, con tal certeza que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que, desde entonces, todos los libros, todos los razonamientos, todos los azares de una vida agitada, no han podido hacer temblar mi fe, ni, a decir verdad, tocarla.3
Ese es el maravilloso efecto producido por las magníficas catedrales góticas que se elevaron a los ojos de los hombres, entre las cuales la más emblemática es la de Notre Dame de París.
En ellas encontramos la unión del Cielo con la tierra, propugnada por la liturgia. Cuando rezamos en su interior, dejándonos asumir por el Espíritu que en ellas habita, el Altísimo baja hasta nosotros y nos invita a elevarnos hasta Él.