Es conmovedor analizar cómo Nuestro Señor Jesucristo se servía de imágenes cotidianas para enseñar a un pueblo predominantemente agrícola y pastoril. En este sentido, las palabras recogidas por el Evangelio de este domingo deben haber llegado de manera especial a determinadas fibras del alma de aquellas personas.
Los rediles, cercados con piedra o madera, tenían en aquella época una sola puerta, que era custodiada por un guarda mientras los pastores descansaban. El vigilante sólo abría esa entrada a los legítimos pastores, los cuales llamaban a sus respectivas ovejas. Éstas, al reconocer la voz de su guía, se separaban de las demás y lo seguían por el camino.
Esta realidad representa muy bien el modo de actuar del Señor. Como «puerta de las ovejas» (Jn 10, 7), Él es el modelo a seguir por todos — pues fuimos creados a su imagen y semejanza—, así como aquel que, por la Redención, nos abre el camino a la salvación.
«Las ovejas atienden a su voz» (Jn 10, 3), que invita constantemente a abandonar las vías del pecado y emprender el camino de la virtud. Ahora bien, Cristo llama a todas las ovejas, pero sólo lo siguen las que lo consideran su Pastor. Hay, por tanto, una separación entre las que han aprendido a reconocer el timbre de su voz y las que siguen otras vías.
Independientemente de las circunstancias históricas, en cada generación el Buen Pastor llama, a través de la voz de sus ministros, a nuevas ovejas, las cuales han de discernir el timbre inconfundible de la verdad. No nos engañemos: por el don de la fe recibido en el bautismo, los fieles poseen un sentido sobrenatural —que la teología llama sensus fidei— para reconocer dónde está la voz que debe ser seguida.
Ahora bien, para salvarse no basta con oír la voz; es necesario seguir al pastor. Y la lectura de los Hechos de los Apóstoles nos indica cómo. El primer Papa se encuentra en su predicación inaugural después de Pentecostés, cuando el drama de la Pasión aún estaba vivo en toda Jerusalén. Sin embargo, proclama las verdades tal como son, sin el más mínimo temor, produciendo un impacto inmenso, con un fruto inmediato: «¿Qué tenemos que hacer?» (Hch 2, 37), interpelan las multitudes.
Escucharon la voz del pastor y su conversión quedó demostrada por el cambio en su forma de actuar y comportarse. San Pedro deja clara la necesidad de este cambio: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros» (Hch 2, 38). He aquí el resultado de usar la puerta de la verdad y no intentar saltar el muro de la disimulación, como el ladrón: ese día se realizaron tres mil bautismos.
¿Y yo, puedo afirmar verdaderamente con el salmista, que «el Señor es el pastor que me conduce» (cf. Sal 22, 1-2)? Cuando me llama, ¿reconozco su voz? ¿Estoy atento a sus palabras? ¿O sigo posponiendo mi conversión, fingiendo que no lo oigo y alimentando la esperanza de que ya no me va a exigir nada?
Si me encontrara en esa situación, no debo desesperar: hasta nuestro último suspiro, el Señor siempre vuelve a llamar a cada uno, y está volviendo, para mí, en esta liturgia. Además, nos ha confiado una Madre misericordiosa, puerta por la que el Buen Pastor ha entrado en nuestras vidas y voz que tantas veces invita al mundo a la conversión. ¡Dejémonos, pues, ser guiados por Ella!