Sabia y maternal, la Iglesia Católica establece diferentes estados y grados en el servicio del culto sagrado. En esta jerarquía de funciones, ocupan un lugar destacado los clérigos —obispos, sacerdotes y diáconos— que han recibido el sacramento del orden.
Sin embargo, algunos laicos bautizados y confirmados, que sean considerados dignos, pueden ser instituidos en los ministerios de lectorado y acolitado. Minister, en latín, indica un servidor, ayudante o representante; y ministerium, un oficio o servicio.
En la Iglesia de rito latino, esta institución se lleva a cabo mediante un acto litúrgico presidido por el obispo o, en los institutos clericales, por el superior competente. De esta manera, sin ingresar en el estado clerical, pueden desempeñar funciones auxiliares de orden litúrgico-religioso.
Así, al lector le corresponde proclamar la Palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas.
Entre otras funciones, puede hacer las lecturas de la Sagrada Escritura, excepto del Evangelio; en ausencia del salmista, recitar el salmo; y, cuando no haya diácono, enunciar las intenciones de la oración de los fieles.
Además, le incumbe dirigir el canto, instruir a los fieles para que reciban bien los sacramentos y, cuando sea oportuno, preparar a los que, por encargo temporal, deben leer la Sagrada Escritura durante los actos litúrgicos.
El acólito, por su parte, es instituido para servir al sacerdote y auxiliar al diácono junto al altar. Está autorizado a distribuir la comunión en calidad de ministro extraordinario y, en circunstancias especiales, exponer el Santísimo Sacramento y reponerlo.
También le compete la instrucción de los monaguillos y de otros fieles que compongan el séquito litúrgico.
Cabe señalar que todo candidato al diaconado debe ser previamente instituido como lector y acólito.