Indescriptible alegría de las almas de los justos
Tan pronto como el alma santísima de Nuestro Señor se separó de su cuerpo sagrado, se les apareció a las almas de los justos que esperaban — algunas desde hacía milenios— la Redención y la apertura de las puertas del Cielo. Imaginemos, si pudiéramos, la felicidad inefable del alma de Adán y la de Eva, constatando que, finalmente, el pecado por ellos cometido, el pecado que había provocado la decadencia del género humano, estaba perdonado y su culpa redimida. Y de igual modo, el júbilo impar del alma de tantos otros justos, patriarcas y profetas del Antiguo Testamento allí reunidos, que aclamaron la aparición de quien los liberaba de aquella larga espera. Este encuentro fue, sin duda, un espectáculo extraordinario.
«Cristo en el limbo», por Fra Angélico - Museo de San Marcos, Florencia (Italia)En el peor de los momentos, refugio junto a María Santísima
No obstante, para los Apóstoles y los discípulos que habían huido durante la Pasión, esa realidad espiritual y gloriosa les era completamente desconocida. Por el contrario, se encontraban abatidos, prostrados, horrorizados, sin vislumbrar salida alguna para la dramática situación en la que se hallaban. Cada cual se escondió como pudo, esperando que la efervescencia de los acontecimientos se extinguiera y la normalidad de la vida de todos los días hiciera que se olvidaran de ellos. Otros eran, sin embargo, los designios de la Providencia. Se puede conjeturar que hubo un trabajo misterioso de la gracia en el sentido de sugerirle en el espíritu de cada uno de ellos el deseo de buscar a Nuestra Señora y de refugiarse bajo su manto materno. Junto a Ella —siempre nos es dado suponerlo— se encontraron, llorosos y contritos, aún inciertos en cuanto al futuro. Tan sólo la Madre de Dios confiaba y rezaba, segura del triunfo de su divino Hijo sobre la muerte. De alguna manera, también propia a lo sobrenatural, la fidelidad de María Santísima empezó a contagiar la tibieza de los Apóstoles y a despertar en el alma de cada uno de ellos sensaciones, esperanzas, percepciones de la maravillosa gracia que les estaba reservada. En el interior de aquellos hombres, en medio de la tormenta de la prueba, se fueron cimentando una convicción nueva y un nuevo ánimo. Es decir, en el peor de los momentos, porque se refugiaron a los pies de Nuestra Señora, recibieron gracias inestimables que los prepararon para todo lo que luego les sucedería. Unidos en torno a la Virgen fiel, estaban en condiciones de creer en la Resurrección y de predisponerse a la grandiosa misión para la cual habían sido llamados.Se confirman las más audaces esperanzas
La mañana del tercer día, resurge glorioso el Redentor divino y —como sugiere la creencia de piadosos autores, aunque no lo narren los Evangelios— se le aparece en primer lugar a Nuestra Señora, inundándola de consolación y felicidad. ¡Todo Él era un esplendor único, esparciendo luminosidad celestial a su alrededor como el brillo de mil soles! Luego se le aparece a María Magdalena y a los demás discípulos. La Resurrección era ya un hecho incontestable. Los Apóstoles creen y exultan. Todo lo que había sido un callejón sin salida se hacía viable y todas las esperanzas, las más audaces, se confirmaron en el triunfo de Cristo resurrecto. Victoria que representaba, al mismo tiempo, la afirmación de toda su vida y un inmenso perdón para sus discípulos. A partir de entonces pasaron por una auténtica conversión. Transcurridos algunos días más, recibirían la infusión del Espíritu Santo, convirtiéndolos a cada cual en un pilar de amor y fidelidad sobre el cual se erguiría el edificio de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.El hombre fiel no se deja abatir por los reveses
De la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y de los aspectos a ella vinculados —sean los precedentes, sean los que le siguieron— se desprenden algunas enseñanzas. El hombre modelado según el espíritu del divino Maestro, el hombre que corresponde a las gracias obtenidas a ruegos de María, el hombre fiel que obedece enteramente a la voluntad de Dios y tiene su alma labrada por la doctrina de la Iglesia, ese hombre posee un temple tal que no hay desastre, ruina o tristeza, no hay persecución ni miseria que lo sacudan y lo desvíen de su trayectoria apostólica. Al contrario, cuanto más grandes son los reveses, mayor es su coraje; cuanto más inesperadas y repentinas son las derrotas, mayor es su voluntad de reaccionar; cuanto más terribles son los golpes que recibe, mayor es su determinación de seguir luchando. Y si sucediera que cae postrado durante la lid, Dios —que vela por él y por su descendencia espiritual— hará que, de sus ejemplos y de su lección, nazcan discípulos que continúen su obra. Y así, de gloria en gloria, de paso en paso, pero de dolor en dolor, de sufrimiento en sufrimiento, es posible levantar obras de una grandeza y de una belleza inimaginables. Aunque esas obras nacidas del dolor, de la fidelidad, de la constancia y de la entrega completa de sí mismo para que Dios ejecute su voluntad sobre los hombres, nacen también de la devoción a Nuestra Señora y de la unión con Ella, que nos obtiene gracias indeciblemente fuertes, profundas y tonificantes.Júbilo que nos prepara para las nuevas pruebas
Otra lección que nos es dada por el triunfo de Nuestro Señor sobre la muerte viene de las jubilosas celebraciones que nos lo recuerdan. Las pompas de la espléndida y brillante liturgia de la Vigilia Pascual y del Domingo de Resurrección nos hablan de todas las alegría legítimas e incluso gloriosas que el hombre fiel puede disfrutar en su vida. Con todo, la misión y la tarea de los Apóstoles convertidos nos enseñan que no hay alegría que desvía al hombre fiel del camino del dolor; no hay felicidad que lo ablande, que lo sustraiga de la austeridad con la que recorre el camino del Cielo. Por el contrario, como esa alegría es fruto del Espíritu Santo, el hombre sale de ese día de fiesta y de gloria más dispuesto a soportar todas las humillaciones, todos los dolores y todos los sacrificios necesarios para la gran batalla de la salvación que tendrá por delante. Por eso, cuando celebremos la Pascua de la Resurrección, debemos pedirle a Jesús resucitado, por intercesión de Nuestra Señora, la fuerza de espíritu por la cual no exista ninguna prueba que nos lleve a la desesperación, ni gloria que nos lleve a la molicie. Así pues, a través de ese camino de sufrimientos sin desánimos y de triunfos sin relajamientos, al final llegaremos a la imperecedera gloria del Cielo, por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, nuestro Redentor, y por los ruegos de María Santísima, nuestra Madre, a cuyas oraciones tanto le debemos. ◊Extraído, con pequeñas adaptaciones, de: Dr. Plinio. São Paulo. Año XI. N.º 120 (mar, 2008); pp. 18-21.
La victoria de la Iglesia inmortal
La regularidad con que se suceden en el calendario de la Iglesia los varios ciclos del Año litúrgico, imperturbables en su sucesión, por mucho que los acontecimientos de la Historia humana varíen a su alrededor y los altibajos de la política y de las finanzas continúen su carrera desordenada, es una afirmación exacta de la celestial majestad de la Iglesia, que se presenta altanera en el vaivén caprichoso de las pasiones humanas.
Cristo resucitado - Catedral de Santa María la Real, Pamplona (España)
Nuestra Señora de la Resurrección - Casa de Formación Thabor, Caieiras (Brasil)Extraído de: «Pascoa». In: Legionário. São Paulo. Año XVIII. N.º 660 (1 abr, 1945); p. 2.