La consagración del sábado a María es una tradición que se remonta a la época carolingia, cuando el erudito consejero de Carlomagno, Alcuino de York († 804), propuso que se celebraran dos misas votivas en honor a la Santísima Virgen ese día. Desde el siglo xi hasta la actualidad, la costumbre de dedicar el sábado a Nuestra Señora ha obtenido el consenso del clero y el entusiasmo de los fieles. Y no es para menos.
Reza el Génesis que Dios «bendijo el séptimo día y lo consagró» (2, 3); ¿y qué criatura fue, como María, tan colmada de bendiciones por el Señor? El Creador descansó el sábado; ¿y dónde reposó Jesús durante nueve meses, sino en el seno de la Virgen Madre?
En esas entrañas purísimas, la Sabiduría eterna quiso habitar, según las palabras de las Escrituras, que la Iglesia pone en labios de María: «El que me había creado estableció mi morada» (Eclo 24, 12). Constituida así en el camino por el que Dios vino hasta nosotros, la Reina del universo se convirtió, con un título más, en la Señora del sábado: así como éste conduce al domingo, también Ella es la vía segura que nos lleva a Cristo.
Por encima de estas razones, está el hecho de que el sábado posterior a la Pasión, la Santísima Virgen, sola, mantuvo su fe inquebrantable en la resurrección de su divino Hijo. La Madre de Jesús fue la única que, en aquella noche de tinieblas e incredulidad, representó en plenitud a la Iglesia misma, haciendo que ésta estuviera marcada por un aspecto marial desde sus orígenes.