Desde los albores de la creación, asemejarse a Dios ha sido un profundo anhelo del hombre, hecho a su imagen y semejanza. Sin embargo, el orgullo cegó a nuestros primeros padres —y, en ellos, a toda la humanidad—, distorsionando este saludable anhelo en sus almas. Sus primigenios movimientos de imitación del Señor, con vistas a la unión con Él, degeneraron en la pretensión de igualarse a la divinidad para emanciparse de ella. Entonces apareció la serpiente y los fascinó con su invitación: «Seréis como Dios» (Gén 3, 5).

No obstante, en sus designios insondables, el Padre celestial ha puesto nuevamente …