Al narrar las reminiscencias de su niñez, el Dr. Plinio se complacía en recrear el ambiente de inocencia que envolvía las celebraciones navideñas de esa época. Especialmente en su hogar donde la piedad y el afecto de Dña. Lucilia las revestían de una alegría muy especial.
en la década de 1980
La alegría previa a las celebraciones
Cuando se acercaba la Navidad todo era asumido por una paz, un recogimiento. Algo que, como un susurro venido de muy alto, mi alma sentía más elocuente que todos los discursos, que me invitaba a no prestar atención en otras cosas. Me parecía que un principio de pureza, de limpidez, de honestidad, de bondad y de candor bajaba sobre la tierra y alteraba las almas de todos los hombres: la maldad humana se encogía y los ángeles abrían sus alas. A mí me daba realmente la impresión de que bajaban a la tierra... En los diez o quince días que la antecedían ya se iba estableciendo cierta expectativa y la alegría empezaba a descender sobre la pequeña ciudad de São Paulo, impregnando el ambiente por todos los rincones. Para los niños dicho sentimiento no era en absoluto teórico: se trataba al mismo tiempo de la ansiedad por la venida del Niño Jesús y de la perspectiva de la fiesta de la Navidad, en sus aspectos humanos y terrenos. Esto formaba parte de las armonías y delicadezas de alma que sólo la Iglesia Católica es capaz de transmitir.Preparando la Navidad de los niños
Doña Lucilia, mi madre, era el centro de la familia con respecto al trato con los pequeños, pues poseía una extraordinaria maña para ello y tenía un gran cariño, cuyo desbordamiento agradaba enormemente a la chiquillería. Si hubiera querido habría dirigido un colegio a la perfección, de una manera muy calma, suave y delicada.
Al ser mi madre la animadora de la Navidad, ésta era para ella, en cierto sentido, su fiesta.
Aprovechaba la costumbre de su época y de su entorno, pero, a la vez, se posicionaba contra ella. Gozábamos de un período de especial prosperidad en São Paulo y las familias organizaban grandes fiestas navideñas: les daban buenos regalos a sus hijos, montaban árboles de Navidad con toda clase de adornos y numerosos comestibles. Sin embargo, todo aquello tenía como objetivo el disfrute de la vida para los niños y el aspecto religioso, cuando existía, era vago.
Así pues, mi madre aprovechaba esa fiesta de la muchachada para añadir en ella una nota de piedad muy acentuada, con el fin de transmitirnos la idea de la alegría buena, lícita, honesta, y terrena, santificada por la yuxtaposición de la sacralidad.
A nuestra casa llegaban grandes cajas procedentes de las tiendas, que los mayores recibían y «confiscaban» inmediatamente, para que los niños no pudieran abrirlas. Eran, evidentemente, regalos y adornos para el árbol de Navidad... También veíamos a las mujeres que salían sigilosamente y volvían cargadas de paquetes. A veces oíamos furtivamente alguna cosa sobre los preparativos y comenzaban las llamadas telefónicas entre nosotros y nuestros primos para contarnos las últimas novedades.
El día 24 de diciembre amanecía completamente diferente a los demás. Ya por la mañana se distribuían algunas iguarias, dejando, no obstante, las más gustosas para la noche. Se sentía mucho el aroma del pan de miel — Honigbrot, como lo llamaba nuestra institutriz alemana, Matilde— que yo comía en cantidad con mantequilla.
Mi madre compraba en los alrededores de São Paulo un abeto que cupiera en el cuarto de los juguetes y, ayudada por la fräulein Matilde, lo decoraba con alguna novedad cada año: una estrella muy grande y bonita, un ángel de papel colocado en un círculo dorado, azul o verde oscuro. ¡Todo tipo de adornos! A los niños les estaba prohibido entrar durante los preparativos y nos mandaba al jardín, cuando el tiempo lo permitía.
Sobre las cinco o seis de la tarde el movimiento en las calles empezaba a disminuir. Se encendían todas las luces de las casas del barrio, lo que les daba un aire más festivo y, a veces, los salones de ceremonia —que permanecían habitualmente cerrados los días corrientes— tenían sus ventanas ampliamente abiertas. Se veían árboles de Navidad levantados aquí y allá.
Por la noche llegaban a nuestra casa todos los primos y primas y entonces nos juntaban en una salita intensamente iluminada. Éramos unos veinte niños, dirigiéndonos unos a otros con maneras más respetuosas y elegantes de lo normal, pues estábamos en traje de gala. Sin embargo, no prestábamos mucha atención a nuestras conversaciones, pues oíamos los cuchicheos de los mayores, veíamos misteriosas bandejas que descendían y estábamos inquietos por saber qué estaba pasando.
Finalmente, alrededor de las nueve, aparecía mi madre para anunciarnos que la fiesta de Navidad iba a comenzar.
«Stille Nacht, Heilige Nacht...»
Entonces nos cogíamos de las manos y empezábamos a cantar villancicos, generalmente alemanes —por influencia de nuestra institutriz y de la gobernanta de mis primos, cuya lengua todos hablábamos—, sobre todo una canción que en portugués se traduce «Noite Feliz», y cuya letra en alemán dice así: «Stille Nacht, heilige Nacht. Alles schläft, einsam wacht nur das traute hoch heilige Paar». Noche silenciosa, noche santa. Todo duerme; sólo está despierta la respetable y altamente santa pareja. Bajábamos por la gran escalera de mármol, llevando la imagen del Niño Jesús con los bracitos abiertos, la cual era adornada por mamá todos los años con un vestido diferente. Dábamos una pequeña vuelta por el jardín, cantando; y, cuando llegábamos al cuarto de los juguetes, la puerta estaba cerrada... Al final la abrían y entrábamos, ¡encontrándonos la habitación completamente transformada! Para mí, aquello era un enorme deleite: el árbol de Navidad, preparado al estilo alemán, tenía en la punta una estrella dorada o plateada, con un ángel. En las ramas había figuritas de papel que representaban a ángeles y santos, velas encendidas, bolas doradas, rojas, azules, plateadas y verdes, con tonalidades muy vivas. Yo me encantaba con el abeto y lo encontraba lindo, pero como yo era deseoso de una perfección mayor, no existente en las cosas terrenas, veía el árbol de Navidad como la figura de una planta que podría existir en el paraíso terrenal. Me parecía que realzaba mucho el encanto del árbol el hecho de que tuviera caramelos y bombones colgando en medio de los adornos. Quizá mi madre los habría puesto porque conocía mi apetito inagotable. En los cuatro rincones de la habitación había mesas llenas de dulces y salados, una de las cuales estaba reservada para refrescos de jabuticaba y otras frutas, preparados en casa. Sin dejar de cantar, formábamos un círculo, girando alrededor del árbol, al pie del cual estaba el belén con las imágenes, figuras de pastores y, naturalmente, el burrito y el buey, que no podían faltar. A dos pasos del abeto estaba mamá, encantada con la inocencia infantil y sonriendo a los niños que llegaban. Parecía que tenía en su corazón un árbol de Navidad para cada uno... Había una recomendación formal: permanecer con las manos cogidas y no comer ni beber nada antes de rezar. Creo que era uno de los primeros que daba señales de cansancio en cierto momento, lo cual ella —conociendo a su hijo como la palma de la mano— entendía bien y mandaba que parara el corro. Pero nunca dejó a entender que lo hacía por mí, para no darme la idea de que estaba cumpliendo todos mis deseos...Rezando a los pies del belén
Empezaba propiamente la conmemoración de la Navidad. Mi madre se arrodillaba con todos los niños a los pies del belén, ponía en él al Niño Jesús y rezaba varias oraciones un poco largas, con mucha suavidad, piedad y seriedad. Tengo la impresión de que componía las oraciones en aquel momento, dedicándoselas al Niño, a la Virgen y a San José, y pidiendo estas o aquellas gracias, oraciones que eran repetidas por la chiquillería.
La cena de Navidad
La muchachada tenía un apetito voraz y yo era uno de los capitanes de la comilona. No dudo mucho de que yo fuera, generalmente, el primero en comer, pues ese era mi modo de ser y no estábamos en edad de dietas ni penitencias... En poco tiempo ya estábamos hablando, comiendo y, naturalmente, jugando, a la manera brasileña. ¡Ya pueden imaginarse lo que sería un grupo de veinte niños juntos, comiendo y bebiendo a voluntad! Al ser yo muy amigo de los colores, mi atención se fijaba rápidamente en unos caramelos dorados o de color naranja, en forma de pequeños anillos, números o animales, azucarados por fuera y que contenían variados licores. Mi madre permanecía de pie observándolo todo afectuosamente, pero manteniendo las cosas en orden, ayudada por la fräulein Matilde y la otra institutriz. De lejos llegaba el eco de las canciones de otros niños que también celebraban su Navidad. Casi no se oía bullicio en las calles, pues las familias realizaban la fiesta en el interior de sus casas. Todo esto nos daba una felicidad cándida, pura y virginal, que no era perturbada por intemperancia alguna. Ningún niño hacía travesuras o gastaba bromas y todos jugaban entre sí con la mayor calma dentro de aquella paz que parecía emanar de las imágenes del Niño Jesús y de la Virgen, que se difundía por la habitación. Esa alegría nos transmitía algo que no sé expresarlo bien, pero que era la idea de que nos había sido dado un Niño —«Puer natus est nobis»— y que un gran júbilo había descendido del Cielo. ¡Tenía la sensación de estar viviendo la Navidad! ¡Para mí era como si el Niño Jesús realmente hubiera nacido y estuviera junto entre nosotros! Nuestra fiesta duraba más o menos dos horas. En cierto momento, oíamos que las campanas de las iglesias empezaban a repicar y los adultos salían para asistir a la Misa del Gallo, a la cual los niños no iban en aquella época. Estábamos en un período de anticlericalismo muy fuerte por parte de ciertos sectores y existía el recelo de que hubiera disturbios durante la celebración. La Navidad aún nos reservaba las delicias del descanso. La ropa de cama había sido cambiada ese día ¡Qué almohada más agradable! ¡Qué blandito estaba el colchón! Yo me dormía arrullado por el recuerdo del Stille Nacht, con la satisfacción de la inocencia. ¿Había concluido la Navidad para los niños? ¡No! Empezaba lo mejor.Recibiendo los regalos de San Nicolás
San Nicolás era un obispo de Asia Menor que tenía mucha pena de los necesitados, especialmente de las familias que empobrecían a causa de malos negocios y otras razones. Este prelado tenía la costumbre de pasar por las casas de los pobres la noche de Navidad, echar los regalos por las ventanas y salir corriendo. Y se estableció por eso la tradición de afirmar que, esa noche, el santo obispo afable pasaba por todas las casas del mundo y les dejaba juguetes a los niños mientras dormían. Nosotros creíamos en esa visita y yo era un entusiasta de San Nicolás. Cuando mamá se despedía de nosotros nos recordaba que entraría en casa y nos dejaría juguetes. Naturalmente, yo estaba muy inquieto y quería sorprender a San Nicolás en el momento en que dejaba el regalo, pero como él era bastante hábil, y yo me quedaría profundamente dormido, ¡eso nunca sucedía!