Llovía a cántaros en Recife, allá por 1968. En la capital pernambucana se encontraban algunos seguidores del Dr. Plinio, que se habían desplazado hasta allí para realizar una campaña, término utilizado por los miembros del movimiento fundado por él para denominar las manifestaciones públicas de la entidad, siempre en defensa de los valores de la Iglesia y de la civilización cristiana. Sin embargo, el grupo de intrépidos jóvenes se vio reducido a la inactividad, ya que con la lluvia no podían salir a la calle. Una situación desalentadora…
Pero no era eso lo que los entristecía, sino la preocupación por las innumerables almas que se verían privadas de su acción apostólica. Sobre todo, el responsable de aquel grupo, llamado João Scognamiglio Clá Dias, no podía resignarse a la idea de que el cielo estuviera poniendo resistencia a tan noble empresa.
Hombre de fe insigne, persuadido, por tanto, de que las grandes soluciones no se encuentran más que en lo alto, decidió buscar allí el auxilio. Se acordó de la madre del Dr. Plinio, fallecida unos meses antes, con quien había convivido largamente durante el último período de su vida, convenciéndose de su bondad y de sus virtudes ejemplares. Por una inspiración, propuso a los demás hacerle una sencilla promesa para que dejara de llover: si el cielo se despejaba, rezarían un rosario ante la tumba de la intercesora en el cementerio de la Consolación, de São Paulo. Era la primera vez que se formulaba una petición colectiva a Dña. Lucilia, siempre en el ámbito de la devoción privada.
En unos instantes, la lluvia cesó y fue posible llevar a cabo la misión. A lo lejos, las nubes se retiraban, como si las ahuyentara una fuerza luminosa, transformándose poco a poco en pequeñas manchas en el horizonte. Si la nubecilla de Elías (cf. 1 Re 18, 44), que subía del mar, presagiaba una tormenta, aquellas, dirigiéndose hacia el mundo entero, bien podría decirse que anunciaban la proximidad de un diluvio: no de agua, sino de favores celestiales.
Torrentes de gracias
Al volver de Recife, João Clá y sus compañeros se dirigieron inmediatamente al cementerio para cumplir su promesa. Pero no fueron los únicos en expresar su gratitud; después de ellos vendrían otros, muchos otros…
Es, por citar sólo algunos ejemplos,1 un ama de casa en apuros que, en 1998, llegó incluso a pasar hambre, pero fue consolada y alimentada por una misteriosa señora, y que veinte años después descubre la identidad de la persona que tanto la había beneficiado.
Es una jovencísima estudiante cuyos padres, con dificultades económicas, no pueden permitirse comprarle una maleta para transportar sus pertenencias, y que inexplicablemente encuentra una en la puerta de su casa.
Es una madre de familia cuyo hijo había desaparecido en un lugar sospechoso y que, tras una noche de angustia, lo recupera sano y salvo; u otra que reencuentra no a su hijo, sino su honor, pues éste había sido acusado injustamente de robo y al final es declarado inocente; otra más —véase cómo las madres gozan de una especial atención por parte de Dña. Lucilia— que pasó por un embarazo de riesgo y le aconsejaron que abortara para salvar su propia vida, pero no lo hizo, y ahora, viva, da gracias a su bienhechora junto con su hija.
Son también hijos que ya se creían huérfanos, pues sus progenitores se hallaban desahuciados, pero que los vieron salir de un estado grave, recuperarse de un accidente cerebrovascular, encontrar un donante para un órgano comprometido, evitar una arriesgada operación.
¡Y cuántos otros! Son endeudados que de repente consiguen la cantidad exacta para mantener su dignidad; son paralíticos que ahora pueden andar; son mujeres estériles que llevan a sus hijos en brazos; son incrédulos que encuentran el camino de la conversión; son personas sufridoras que siguen siendo premiadas con su cruz, pero aprenden a llevarla con resignación cristiana.
Vida en el cementerio
Muchas de esas personas favorecidas por la intercesión de Dña. Lucilia también siguen materialmente los pasos de aquellos jóvenes discípulos del Dr. Plinio, acudiendo a su tumba en el cementerio de la Consolación, de la capital paulista. ¿Y qué encuentran allí?
Cruzado el umbral de la necrópolis, divisan un monumento vivo, un sepulcro sencillo, pero que la gratitud ha transformado en un jardín floreciente, adornado con rosas, claveles o lirios, pero sobre todo rodeado de un aura maravillosa, que atrae y, al mismo tiempo, reconforta.
Nos atreveríamos a afirmar que, trascurridas casi seis décadas desde su fallecimiento, decenas de miles de personas han acudido ya a ese lugar —es, con diferencia, la sepultura más visitada del recinto—, formando una especie de familia que tiene algo de evangélico.
Sí, porque sus miembros se asemejan a los de la parábola del banquete del Reino de Dios: pobres, lisiados, ciegos y cojos (cf. Lc 14, 21), de cuerpo y de alma. Se trata de personas que, aunque a veces grandes en ciertos aspectos, buscan refugiarse a la sombra de esa señora porque en algún sentido se sienten pequeñitas.
En vida, Dña. Lucilia siempre ejerció una enorme atracción sobre los niños, que buscaban su patrocinio con avidez. Quizá esa cualidad fuera una preparación, o un presagio, de la tarea que le correspondería desempeñar en la eternidad sobre aquellos que, reconociéndose contingentes, se sienten atraídos a pedir su intercesión.
Esta fuerza irresistible, aunque siempre continúe siendo un misterio, tal vez pueda ser descrita al menos en algunos de sus aspectos.
Cinta que acerca a la misericordia de la Virgen
Si Nuestra Señora es la Madre de misericordia, no parece descabellado que designe «abogadas auxiliares» —no de las pequeñas causas, porque ninguna causa puede ser considerada pequeña si es capaz de alcanzar el Cielo, sino de la causa de los pequeños—, concediéndoles representar de manera especial, a modo de reflejo purísimo, algo de su propia misericordia y bondad, como una cinta que, simbólicamente, acerca al fiel a la imagen de María que reina en un alto nicho.
«¡Pero qué exageración!», podría pensar apresuradamente alguien que nunca haya experimentado el desvelo maternal de Dña. Lucilia.
A esta objeción, típica de cierta estrechez espiritual, es necesario responder que la contabilidad celestial se rige por principios diferentes a los nuestros: las cosas de lo alto, a la manera de la eucaristía, no disminuyen cuando se reparten; al contrario, se multiplican.
Moisés no perdió nada de su espíritu cuando éste fue distribuido entre los setenta ancianos de Israel (cf. Núm 11, 25); tampoco Jesucristo perdió su Sagrado Corazón cuando lo intercambió con el de Santa Catalina de Siena, entre otros, en una intervención quirúrgica tan delicada, físicamente, que incluso le dejó una cicatriz. Del mismo modo, la Santísima Virgen no se privará de su misericordia al dotar a quien quiera que sea de la capacidad de ser su «precursora».
«¡Esta señora española!»
Sin embargo, no es sólo la bondad ni sólo la prodigalidad lo que vuelve irresistible a Dña. Lucilia. Hay algo más.
Ante todo, la santidad puede manifestarse en hacer cosas ordinarias de manera extraordinaria.2 El concepto parece aplicarse muy satisfactoriamente a Dña. Lucilia, que en vida obró con heroísmo como hija, madre, esposa y ama de casa, como esperamos que un día sea reconocido oficialmente por la Santa Madre Iglesia. Claro está que, tras su fallecimiento, se diría que la situación se invirtió: empezó a hacer cosas extraordinarias de forma ordinaria.
Sea como fuere, la protagonista sigue siendo la misma. Por eso, resulta interesante buscar en su psicología durante su peregrinación por este mundo elementos que nos ayuden a entender su actuación en el otro.
Doña Lucilia era una dama de firmes convicciones. Sobre todo cuando se trataba de máximas católicas, las defendía de manera siempre calmada pero inflexible, hasta el punto de que incluso podía parecer una persona «terca». El Dr. João Paulo, su esposo, solía bromear en esas ocasiones, aludiendo a una de las ramas de su ascendencia: «¡Ay!… ¡Esta señora española!».
Hay una fotografía en la que de algún modo expresa ese estado de espíritu. Es una de sus últimas imágenes, parte de la serie para la cual Dña. Lucilia posó a petición de Mons. João, que la fotografió como si ya estuviera lista para la eternidad y adornada incluso con su halo plateado, tejido con sus cabellos por la naturaleza y el tiempo. Ahí la encontramos retratada casi en una pose de contienda y —un gesto rarísimo en sus retratos—, frunciendo el ceño. Sin duda, un requerimiento del fotógrafo, inspirado por la idea de inmortalizar para los siglos futuros también a una Dña. Lucilia inquisitiva.
Su mirada parece dirigirse simbólicamente más allá de las rosas, hacia algo que despierta su preocupación. Tiene una meta cuya consecución moviliza todo su ser, como se puede entrever por sus manos que, noblemente, se retesan. Pero ¿qué desea esta dama?…
A la búsqueda de sus hijos
Si una mujer, dice el Evangelio, tiene diez dracmas y pierde una, inmediatamente enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra. «Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”» (Lc 15, 9).
Doña Lucilia parece tener algunas dracmas perdidas, en cuya efigie se ve, no el rostro del César (cf. Mt 22, 20-21), sino el de cada hijo que la Santísima Virgen le ha confiado, ¡y no son pocos!
Así pues, ardua es su misión… Pero no importa: saldrá en busca de todas ellas. Y su método resulta muy sencillo.
En alguna encrucijada del camino, por donde ruedan sus dracmas perdidas, Dña. Lucilia estará siempre allí esperando: paciente, insistente, santamente «terca». Si recurren a ella, serán recogidas; si no, acabarán en algún agujero, que desempeñará eficazmente el papel de pedagogo, y quizá en ese momento sea la hora de que ella actúe.
No podemos resistirnos a recordar otro hecho, ocurrido con una señora de fuera de Brasil. Después de que su marido perdiera el empleo, su madre le recomendó, en los términos que consideró oportunos, que le rezara a cierta señora con fama de «hacer milagros». La hija no le dio importancia, y se limitó a preguntarle en tono jocoso: «¿Y da dinero? Ojalá se me aparezca un día y me consiga algo de dinero». Ante la insistencia de su progenitora, se mostraba cada vez más reacia a recurrir a Dña. Lucilia. El dracma había resistido la primera encrucijada.
Tiempo después, no obstante, su hijo enfermó. El niño había contraído mucormicosis, un hongo mortal que podía afectar al cerebro. Además, había sospecha de leucemia. Los médicos ya habían declarado su muerte cuando la madre tuvo un sueño. Vio a una señora de cabellos blancos que le hablaba con palabras de confianza.
Al día siguiente, la abuela del niño volvió a la carga, aconsejándole a su hija que le rezara a Dña. Lucilia. Esta vez, al menos, aceptó ver la fisonomía de la señora que «hace milagros». Ni qué decir tiene que se trataba del mismo rostro que había contemplado en el sueño.
Es cierto que aún le aguardaban muchos sufrimientos. Su hijo tuvo un paro cardiaco y se sometió a varias operaciones, pero al final, en abril —época especialmente querida por los devotos de Dña. Lucilia—, recibió el alta: una nueva joya empezaba a brillar en la corona de esta bondadosa intercesora.
He aquí el gran milagro de Dña. Lucilia: desde el fondo del abismo de su propio fracaso, esas almas hurañas se reconocen, finalmente, vencidas. Y, vencidas, claman. Y, clamando, vencen. Esta buena madre, «terca» en hacer el bien, vence incluso a sus hijos más obstinados.