Grandiosa, pero no indiferente, se sirve de la liturgia para manifestarse como madre solícita, reavivando en sus hijos el sentido más elevado de la existencia cristiana. Y la culminación de esta maternidad se ejerce en la celebración de la Pascua, al recordar el principal acontecimiento de los días de su místico Esposo en este mundo: la destrucción de la prisión sepulcral y el paso de la muerte a la vida. ¿Qué aplicación puede tener este episodio inaudito para la Iglesia de hoy y para nosotros individualmente?
La impiedad de los miembros del sanedrín, que creían que todo había terminado al sellar la tumba y custodiarla con soldados tras la consumación del deicidio, contribuyó a enaltecer el mayor milagro de la historia: la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Este hecho, la prueba más evidente de su divinidad, se convirtió también en el mayor signo de esperanza en la promesa de una vida imperecedera.
A lo largo de los siglos, la Iglesia católica —el Cuerpo Místico de Cristo inmortal— ha parecido muchas veces hallarse derrotada bajo el peso sepulcral de las más terribles pruebas. Se ha visto abandonada, ultrajada, perseguida, traicionada; y hoy vive momentos de aparente noche… Sin embargo, la misma fuerza sobrenatural que obró la resurrección de Cristo habita en la Iglesia, asegurándole la constante victoria sobre sus enemigos. Por eso, de una manera incomprensible a los ojos humanos, de la aparente «muerte» en la que yace a los ojos de sus detractores, ella siempre «ha resucitado» y siempre «resucitará».
Lo mismo ocurre en nuestras vidas, si la consideramos desde una perspectiva cristiana. Podemos endulzar nuestras amarguras con muchos lenitivos lícitos, pero ninguno será tan dulce como la actitud inspirada en la figura de la Madre —imagen de la Iglesia— al pie de la cruz: allí estaba Ella, de pie, rebosante de esperanza en la Resurrección.
A veces pasamos por pruebas, dificultades de todo tipo, abandonos, traiciones, tinieblas… No obstante, en nosotros también habita una fuerza restauradora, «resucitadora»: la gracia de Dios, que debe llenarnos de esperanza en relación con la eternidad, sobre todo en los momentos de dolor, que adquieren un nuevo significado, un noble sentido y una razón de sobrenatural alegría con la expectativa de una resurrección tanto más gloriosa cuanto mayores sean nuestros sufrimientos.
Así pues, «La resurrección de Cristo nos enseña que no hay historia tan marcada por el desengaño o el pecado que no pueda ser visitada por la esperanza. Ninguna caída es definitiva, ninguna noche es eterna, ninguna herida está destinada a permanecer abierta para siempre. Por alejados, perdidos o indignos que nos sintamos, no hay distancia que pueda apagar la fuerza infalible del amor de Dios».1
He aquí la gran lección de la Pascua, el gran consuelo para los hombres rectos que aman por encima de todo a Dios y a su Iglesia: Cristo murió y resucitó. La Iglesia inmortal —y también sus hijos, que participan de esa inmortalidad mientras no pierdan la esperanza— siempre resurge de sus calvarios y sus sepulcros, gloriosa como Cristo en la radiante aurora de su resurrección.