El inefable Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente todas las cosas, habiendo previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano, que había de provenir de la transgresión de Adán, y habiendo decretado, con plan misterioso escondido desde la eternidad, llevar a cabo la primitiva obra de su misericordia, con plan todavía más secreto, por medio de la Encarnación del Verbo, para que no pereciese el hombre impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente en el segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de Ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola Ella se complació con señaladísima benevolencia. […]
La criatura más unida a Dios
La gloriosísima Virgen, en quien hizo cosas grandes el Poderoso, brilló con tal abundancia de todos los dones celestiales, con tal plenitud de gracia y con tal inocencia, que resultó como un inefable milagro de Dios, más aún, como el milagro cumbre de todos los milagros y digna Madre de Dios, y allegándose a Dios mismo, según se lo permitía la condición de criatura, lo más cerca posible, fue superior a toda alabanza humana y angélica.
Y, por consiguiente, para defender la original inocencia y santidad de la Madre de Dios, los Padres de la Iglesia no sólo la compararon muy frecuentemente con Eva todavía virgen, todavía inocente, todavía incorrupta y todavía no engañada por las mortíferas asechanzas de la insidiosísima serpiente, sino que también la antepusieron a Ella con maravillosa variedad de palabras y pensamientos.
Pues Eva, miserablemente complaciente con la serpiente, cayó de la original inocencia y se convirtió en su esclava; mas la Santísima Virgen aumentando de continuo el don original, sin prestar jamás atención a la serpiente, arruinó hasta los cimientos su poderosa fuerza con la virtud recibida de lo alto.
Por lo cual jamás dejaron de llamar a la Madre de Dios: lirio entre espinas; tierra absolutamente intacta, virginal, sin mancha, inmaculada, siempre bendita, y libre de toda mancha de pecado, de la cual se formó el nuevo Adán; paraíso intachable, vistosísimo, amenísimo de inocencia, de inmortalidad y de delicias, por Dios mismo plantado y defendido de toda intriga de la venenosa serpiente; árbol inmarchitable, que jamás carcomió el gusano del pecado; fuente siempre limpia y sellada por la virtud del Espíritu Santo; divinísimo templo o tesoro de inmortalidad, o la única y sola hija no de la muerte, sino de la vida; germen no de la ira, sino de la gracia, que, por singular providencia de Dios, floreció siempre vigoroso de una raíz corrompida y dañada, fuera de las leyes comúnmente establecidas.
Mas, como si estas cosas, aunque muy gloriosas, no fuesen suficientes, declararon, con propias y precisas expresiones, que, al tratar de pecados, no se había de hacer la más mínima mención de la santa Virgen María, a la cual se concedió más gracia para triunfar totalmente del pecado; profesaron además que la gloriosísima Virgen fue reparadora de los padres, vivificadora de los descendientes, elegida desde la eternidad, preparada para sí por el Altísimo, vaticinada por Dios cuando dijo a la serpiente: «Pondré enemistades entre ti y la mujer» (cf. Gén 3, 15). […]
Ornato y baluarte de la Santa Iglesia
La Inmaculada Concepción - Iglesia de San Lorenzo, Valencia (España)Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma Santísima Virgen —que toda hermosa e inmaculada trituró la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente y trajo la salud al mundo; que es gloria de los profetas y de los apóstoles, honra de los mártires, alegría y corona de todos los santos; que es refugio segurísimo de todos los que peligran y fidelísima auxiliadora y poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su unigénito Hijo; que es resplandeciente y extraordinario ornato de la Santa Iglesia; y firmísimo baluarte que destruyó siempre todas las herejías y libró siempre de las mayores calamidades de todo tipo a los pueblos fieles y naciones, y a Nos mismo nos sacó de tantos amenazadores peligros— hará con su valiosísimo patrocinio que nuestra Santa Madre, la Iglesia Católica, removidas todas las dificultades y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa y «domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra» (cf. Sal 71, 8), y disfrute de toda paz, tranquilidad y libertad para que consigan los reos el perdón, el remedio los enfermos, la fuerza los pusilánimes, el consuelo los afligidos, la ayuda oportuna los que peligran; y despejada la oscuridad de la mente, vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor.
Bajo su amparo, nada hemos de temer
Escuchen estas Nuestras palabras todos Nuestros queridísimos hijos de la Iglesia Católica y continúen, con fervor cada vez más encendido de piedad, religión y amor, venerando, invocando, orando a la Santísima Madre de Dios, la Virgen María, concebida sin mancha de pecado original; y acudan con toda confianza a esta dulcísima Madre de misericordia y gracia en todos los peligros, angustias, necesidades y en todas las situaciones oscuras y tremendas de la vida.
Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si Ella nos guía, patrocina, favorece, protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal, y ocupada en los negocios de nuestra salvación, se preocupa de todo el linaje humano, constituida por el Señor Reina del Cielo y de la tierra y colocada por encima de todos los coros de los ángeles y coros de los santos, situada a la derecha de su unigénito Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, alcanza con sus valiosísimos ruegos maternales y encuentra lo que busca, y no puede quedar decepcionada. ◊
Fragmentos de: PÍO IX. Ineffabilis Deus, 8/12/1854.
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