Jesucristo, la curación del verdadero mal
Debido a la transgresión de nuestros primeros padres, el género humano fue afectado por la peor de las enfermedades: el pecado. Como canta un hermoso himno gregoriano dedicado a la Madre de Dios, estaba el universo «entero en amargura, entero en dolor, entero en peligro», pues «el enemigo lo dominaba todo»; sin embargo, por la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, «se le dio al mundo moribundo un remedio no humano, sino divino». El P. Jourdain afirma también que la Virgen María trajo a la tierra a aquel que puede curar completamente el peor de los males: «Dio a luz al autor de la salvación. El remedio todopoderoso, el único capaz de devolver la salud y la vida a la humanidad, vino de María».1 Pues bien, si María nos ha dado este remedio supremo, ¿por qué no hemos de esperar de Ella todos los demás «remedios» que necesitamos? Como Madre extremosa, no podía concedernos grandes dádivas sobrenaturales sin estar atenta también a nuestras pequeñas carencias materiales. Esas mismas carencias, por cierto, están estrechamente relacionadas con el origen y desarrollo de la devoción a Nuestra Señora del Buen Remedio.Solución a un cruel callejón sin salida
La Europa del siglo xii fue testigo de la interminable y encarnizada lucha entre católicos y mahometanos que, iniciada en la península ibérica en el siglo viii, se prolongó por un tiempo indefinido. Durante siglos de enfrentamientos, muchos cristianos de España, del sur de Francia y de Sicilia fueron hechos prisioneros y desterrados al norte de África y a Oriente Medio. Estos hijos de la Iglesia, condenados a la más terrible esclavitud, estaban alejados de cualquier esperanza de rescate. No obstante, la Providencia divina no tardaría en enviarles, a través de un alma elegida, la solución a su cruel callejón sin salida.
Medio, los cristianos estaban condenados a la esclavitud más terrible
Religiosos trinitarios negocian el rescate de los cristianos - Iglesia de
Santa Walburga, Oudenaarde (Bélgica)
Una orden religiosa en auxilio de los cautivos
De ascendencia franco-española, Juan de Mata probablemente naciera en el año 1160. Aunque sus datos biográficos se hayan perdido en la noche de los tiempos y, por tanto, sean inciertos, se cree que de joven presenció los malos tratos infligidos por los musulmanes a los cristianos en el puerto de la ciudad francesa de Marsella y, desde entonces, un fuerte deseo de trabajar en favor de esos desafortunados se apoderó de su espíritu, llevándolo a consagrarse a Dios. Tras estudiar Teología en París, fue ordenado sacerdote en torno a los 33 años. Cuenta una antigua tradición que, durante la elevación de la hostia consagrada, en su primera misa, el santo tuvo una impresionante visión: se le apareció el Salvador, vestido con una túnica blanca sobre la que se dibujaba una hermosa cruz azul y roja, sosteniendo con sus manos a dos prisioneros cristianos. Manifestó su deseo de que fueran rescatados y, para ello, le pidió al recién ordenado sacerdote que fundara una orden religiosa en favor de la redención de los cautivos.2 Después de esta gracia, Juan de Mata decidió dedicar su vida para el cumplimiento de esa petición divina. Con la ayuda de un monje francés, San Félix de Valois, fundó la Orden de la Santísima Trinidad, aprobada por el papa Inocencio III el 17 de diciembre de 1198. Sin embargo, ya al comienzo de su labor misionera tuvo que enfrentarse a un gran desafío material: ¿de dónde sacaría los medios económicos para el rescate de los cautivos? Los infieles sólo aceptaban liberar a los presos a cambio de cuantiosas sumas de dinero, pero éste, como dice el proverbio, «no crece en los árboles»…En la aflicción, el recurso necesario
Se dice que en el año 1202, en Valencia, el santo fundador se sentía profundamente angustiado por la escasez de recursos e imploraba al Cielo una intervención. Fue entonces cuando se le apareció la propia Virgen María y le entregó una bolsa llena de monedas, con las que pudo rescatar a muchos prisioneros. El hecho se repitió ocho años más tarde en la ciudad de Túnez. Ahora bien, el fundador no fue el único que recibió la visita de María. En la madrugada del 8 de septiembre de 1212, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, mientras los rayos del alba penetraban lenta y majestuosamente a través de los vitrales de la capilla del convento y los religiosos cantaban el oficio divino, la Santísima Virgen se le apareció a San Félix de Valois revestida con el hábito trinitario y rodeada de cohortes angélicas. Le entregó el escapulario de la orden, expresando su deseo de que fuera impuesto a los cautivos rescatados.3
Nuestra Señora entrega una bolsa de monedas a San Juan de Mata, y el escapulario trinitario a San Félix de Valois
Como otrora favoreciera al fundador de los trinitarios…
Habiendo recibido del papa Juan Pablo II la aprobación pontificia, en febrero de 2001, los Heraldos del Evangelio anhelaban ardientemente que la difusión de su apostolado fuera lo más amplia y fructífera posible. Para ello, Mons. João Scognamiglio Clá Dias, fundador de la asociación, deseaba construir templos según el carisma que Dios le había inspirado. Consideraba este paso indispensable para la consolidación de la obra, la formación de sus miembros y el desarrollo de actividades junto a los fieles, ya que las edificaciones materiales son capaces de transmitir doctrinas abstractas en figuras accesibles y atrayentes. Durante un viaje de apostolado a Canadá, en 2003, algunos miembros de los heraldos, incluido el propio fundador, fueron invitados por la emisora EWTN5 a visitar su sede, situada en Birmingham (Alabama, Estados Unidos). En esta ocasión, Mons. João pudo conocer a la principal promotora de este apostolado mundial, la célebre Madre Angélica,6 así como el gran y suntuoso santuario erigido por ella. Desde entonces se estableció entre ambos una profunda amistad.
Monseñor João saluda a la Madre Angélica en el locutorio del monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles, Hanceville (Estados Unidos)
Invoquémosla con filial confianza
Crisis espirituales, problemas familiares, enfermedades, dificultades económicas… ¿Quién está exento de los males de esta vida? Como la más atenta de las madres y verdadera Médica celestial, María Santísima nos acompaña siempre con su mirada tierna y compasiva, y está dispuesta a socorrernos en todo momento. Si jamás se ha oído decir que alguien acudió a Ella y quedó desamparado, ¡no seremos nosotros los primeros! He aquí la lección que nos da Nuestra Señora del Buen Remedio. Así, cuando la Providencia nos visite con el sufrimiento, recordemos que basta con invocarla con filial confianza y obtendremos todo lo que necesitamos. Y si Ella no puede librarnos del dolor, estará a nuestro lado consolándonos y dispensándonos gracias abundantes para cargar nuestra cruz con fidelidad. ◊Novena a Nuestra Señora del Buen Remedio
Oh, Reina del Cielo y de la tierra, Virgen Santísima, te veneramos. Eres la Hija predilecta del Padre, la Madre escogida del Verbo Encarnado, la Esposa Inmaculada del Espíritu Santo, el Vaso Sagrado de la Santísima Trinidad. Oh, Madre del divino Redentor, que, bajo el título de Nuestra Señora del Buen Remedio, vienes en auxilio de todos los que acuden a ti para implorar tu maternal protección. Dependemos de ti, oh, Madre muy amada, somos tus hijos y nos encontramos necesitados y, aunque indignos como somos, invocamos tu maternal socorro. Dios te salve, María… Oh, Nuestra Señora del Buen Remedio, fuente inagotable de gracia, concédenos aprovechar el tesoro de tus gracias, en este momento de necesidad. Te lo rogamos, toca el corazón de los pecadores, para que encuentren la reconciliación y el perdón; consuela a los afligidos, ayuda a los pobres y a los desesperados; socorre a los enfermos y a los que sufren, que sean curados en su cuerpo y en su alma, fortalecidos en su sufrimiento, para que soporten las penas de la enfermedad con paciencia y con una valentía profundamente cristiana. Dios te salve, María… Amada Señora del Buen Remedio, fuente inagotable de todo bien, tu Corazón compasivo conoce el remedio para toda aflicción y desgracia que afrontamos en la vida. Ayúdanos, con tus oraciones e intercesión, a que encontremos remedio a nuestros problemas y necesidades, en particular, por… (Indicar aquí las intenciones)
Notas
1 JOURDAIN, Zéphyr-Clément. Somme des grandeurs de Marie. 2.ª ed. Paris: Hippolyte Walzer, 1900, t. III, p. 568.
2 Cf. RICARD, Robert. «San Juan de Mata». In: ECHEVERRÍA, Lamberto de; LLORCA, SJ, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2006, t. XII, p. 452.
3 Cf. LLABRÉS Y MARTORELL, Pere-Joan. «San Félix de Valois». In: ECHEVERRÍA, Lamberto de; LLORCA, SJ, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2006, t. XI, p. 94.
4 Cf. CALIXTE DE LA PROVIDENCE, OSsT. Vie de Saint Jean de Matha. Paris: F. Wattelier, 1867, p. 100; RICARD, op. cit., p. 453.
5 Eternal Word Television Network (EWTN), la mayor emisora de medios religiosos del mundo.
6 Madre María Angélica de la Anunciación, nacida Rita Antoinette Rizzo (1923-2016), religiosa estadounidense de la Orden de las Clarisas Pobres de la Adoración Perpetua. Se encuentra en los orígenes de la fundación del convento de Nuestra Señora de los Ángeles, de Irondale, y del santuario del Santísimo Sacramento, de Hanceville. También fue la fundadora de EWTN.
7 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Homilía. São Paulo, 14/11/2006.