Desde toda la eternidad el Hijo deseó erigir la cátedra infalible de su Iglesia en la persona de un hombre mortal. En la gloriosa escena de la confesión de Pedro, Él manifiesta a la Historia la perfección de sus obras y deja patente cuán equivocados son los planes humanos.
Evangelio de la Fiesta de la Cátedra de Pedro
En aquel tiempo, 13 al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». 14 Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». 15 Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». 16 Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
17 Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. 18 Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del Infierno no la derrotará. 19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos» (Mt 16, 13-19).
I – Lo que Adán perdió, Dios se lo restituyó a sus descendientes
El Evangelio elegido para la Fiesta de la Cátedra de Pedro es conocidísimo por todos los católicos y está en el fondo del corazón del autor de estas líneas porque, además de constituir el puntal de nuestra Iglesia, ahí se encuentra la base de la espiritualidad de la obra fundada por Cristo: la infalibilidad pontificia, establecida sobre la misma cátedra que hoy conmemoramos. Contemplado varias veces a lo largo del Año litúrgico, sus versículos ya han sido analizados en otras ocasiones en las páginas de esta revista.1 Sin embargo, la liturgia se asemeja en este aspecto a la Iglesia, la cual posee características fijas, que perduran en el transcurso del tiempo, pero nunca se vuelve estática; al contrario, se enriquece con el paso de los años, y el mundo sólo se acabará cuando la Esposa Mística de Cristo haya dado el fruto supremo de su postrera flor. De manera análoga, bastará que giremos un poco el «caleidoscopio» de los textos litúrgicos para que en él descubramos aspectos nuevos, aún no destacados en los comentarios hechos durante las últimas décadas, y útiles para nuestro progreso espiritual.Un tesoro perdido con el pecado de Adán
Tras sacar del barro de este mundo2 un muñeco —de los más bellos y sui generis objetos salidos de sus manos— y con un soplo darle vida al primer hombre, Dios lo introdujo en el paraíso terrenal y le concedió una especialísima dádiva: la participación en su naturaleza divina, acrecentada de perfecciones extraordinarias. Entre ellas se encontraban la ciencia infusa, que le confería a Adán el conocimiento de todas las cosas susceptibles de ser captadas por el intelecto humano y una comprensión plena de la verdad, así como el don de la integridad, por el cual sus potencias inferiores estaban sometidas a la razón superior, y la inmortalidad. Habiéndolo creado a su «imagen y semejanza» (Gén 1, 26), el Señor se complacía paseando con su obra maestra por el jardín del Edén (cf. Gén 3, 8), instruyéndola y ampliando la sabiduría que en ella había infundido. Toda esta ordenación se rompió ex abrupto con el pecado original cometido por nuestro padre común. Las nociones de bondad, belleza y verdad se debilitaron en su alma, la razón se turbó y una irremediable tendencia hacia el mal se convirtió en el legado que nos dejó. A fin de remediar la decadencia sin freno de nuestra raza, el mismo Dios decidió revelarles a los hombres aquello que habrían recibido de Adán y, para ello, eligió a un pueblo como depositario de la verdad. Al iluminar a los patriarcas, jueces y profetas, sus palabras conducían hacía una gran solución para el pecado de Adán y la reapertura de las puertas del Cielo por él cerradas. Esta solución era la segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se encarnó y, en cierto momento, dejó claro el carácter universal de su misión: reparar la falta cometida y salvar a toda la humanidad, permitiéndole volver al estado anterior al pecado y, por lo tanto, recuperar lo que, en la persona de Adán, había perdido en el paraíso. Ahora bien, Nuestro Señor Jesucristo no restituyó ese tesoro en la misma situación que el padre de los vivientes lo había dejado, sino que hizo que se multiplicara a lo largo de la Historia por medio de una institución que sería la continuadora de su presencia en la tierra: la Santa Iglesia Católica. Y, al fundarla, nos dio una altísima lección sobre la perfección de su obra, tal vez fuera del alcance de nuestra inteligencia, pero plena de sabiduría divina. He aquí las maravillas que, muy especialmente, podemos contemplar en el Evangelio de hoy.
II – La fundación de una institución inmortal
En aquel tiempo, 13 al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Mirando al hombre, pero no a Dios
14 Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Basílica de San Pedro, Roma
¿Quién «soy yo»?
15 Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Un ímpetu inspirado de lo alto
16 Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
La bienaventuranza de recibir una revelación
17 Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos».
San Pedro, San Clemente, San Eleuterio, San Cayo, San Silvestre y San Gregorio VII
La inmortalidad de la Iglesia edificada sobre un hombre mortal
18 «Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del Infierno no la derrotará».
El poder de abrir y cerrar los Cielos
19 «Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos».
III – La Iglesia, razón de nuestra confianza
Los comentarios a los versículos de este Evangelizo han sido a propósito sintéticos, pues en otras ocasiones hemos tenido la oportunidad de profundizar en su sentido exegético. En el presente artículo será de mayor provecho el considerar algunas enseñanzas que la gloriosa escena transcurrida en Cesarea de Filipo nos trae.Una institución insuperable
Nacida de la preciosísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo, la Sant Iglesia reúne características que hacen de ella una institución inigualable. Ya en ese preludio de su fundación, el Redentor le concedió todavía más de lo que le había dado a Adán en el paraíso: la infalibilidad en relación con la verdad, garantizando la asistencia del Espíritu Santo a quien ocupe la Cátedra de Pedro, al pronunciarse en materia de fe y moral. Por otra parte, al infundirle un dinamismo de expansión procedente de una savia divina, la hizo católica, es decir, universal, pues tiene por objeto ser conocida por todos y quiere la salvación de todos. También la dotó, por la comunión de los santos, de la santidad y de los méritos de aquellos que en el mundo entero están en gracia de Dios. Y le confirió la continuidad en la misma fe, por la cual se enriquece con explicitudes siempre nuevas, conservando una unidad de doctrina que nunca se rompe. Finalmente, la adornó con el don de la inmortalidad, como lo atestiguan el Coliseo y las ruinas del Circo Máximo, de Roma, donde murieron millones de mártires, o ciudades como Zaragoza, Lyon o Sebaste, en las cuales muchos cristianos proclamaron con su propia sangre su fe, sin mencionar los martirios que aún hoy día suceden. Persecuciones, un sinnúmero de apostasías, devastadoras herejías… Nada consigue destruir a la Iglesia, pues posee la fuerza del Omnipotente. He aquí el secreto de la perennidad de esta obra divina, a pesar de las deficiencias humanas; he aquí la belleza de su solidez, a pesar de todas las miserias.
¿Y cuál es nuestro papel en esa histórica escena?
Pues bien, tanta maravilla tiene como pilar una piedra frágil: ¡Pedro! Concebido con el pecado original, poseía, además, una serie de imperfecciones, agravadas por un temperamento impulsivo e inconstante… Sin embargo, el Salvador edifica su Iglesia sobre esa piedra. ¿Por qué? La respuesta se la confió a San Pablo: «La fuerza se realiza en la debilidad» (2 Cor 12, 9). Tal realidad pone en evidencia cuán diferentes son nuestros criterios de los de Él, lo cual nos hace recordar el oráculo dirigido a Isaías: «Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes» (55, 8-9). Si en aquella conversación en Cesarea de Filipo el divino Maestro se dirigiera a nosotros y nos preguntara cuál de los Apóstoles juzgaríamos más apto para recibir la cátedra infalible de la Iglesia que Él iba a fundar, probablemente ninguno de nosotros habría elegido la figura espontánea y un tanto imprudente de Simón Pedro… Recorriendo los Doce, tampoco nos parecería ideal un Tomás tan positivista, un Juan demasiado inexperto o un Santiago poco bondadoso y propenso a la violencia (cf. Lc 9, 54). ¿Quién garantiza que no escogeríamos a un hombre lleno de sentido común, equilibrado y de gran capacidad administrativa llamado Judas Iscariotes? ¡Qué erróneos resultan los juicios de los hombres! Las elecciones divinas no siempre coinciden con las nuestras. Si una obra es de Dios, no queramos llevarla adelante por medios humanos; le cabe a Él dirigir lo que le pertenece.Dios nos eligió para la mejor época
¡De esa Iglesia así constituida, tenemos la gracia de ser piedras vivas! Pertenecemos al Cuerpo Místico de Cristo, en cuanto células que participan de todos los beneficios de su cabeza: todo lo que es de Nuestro Señor se nos transmite a nosotros. Conducida por la Santísima Trinidad y vivificada por un «alma» que es el Espíritu Santo, nada de lo que ocurre en la Iglesia escapa al control de Dios. Debemos tener fe de que, incluso en medio de la confusión que nuestras vistas humanas acusan en nuestros días, todo tiene su significado y pasa según el beneplácito de la Providencia, rumbo a una plenitud que no podemos imaginar. En este conturbado siglo XXI asistiremos a una gloriosa prolongación de la Historia de la Iglesia, que será el Reino de María. No obstante, se constituirá con «piedras» mucho más miserables que Pedro, a las cuales siquiera podríamos dar el nombre de arena. Para ello, tal como le fue exigido a los Apóstoles de que creyeran que, de hecho, la institución que Nuestro Señor iría a fundar era divina e indestructible, de nosotros será pedida una fe inquebrantable en el triunfo del Corazón Inmaculado de María, en nuestro interior y en el mundo entero.