La primera promesa en grupo
En ese mismo año de 1968 un grupo de miembros de la TFP2 se dirigía a la ciudad de Recife, con el fin de realizar una de las habituales campañas públicas de esa institución entre la población brasileña. Monseñor João Scognamiglio Clá Días, EP, por entonces laico, encabezaba las actividades. Había llegado a la capital pernambucana unos días antes con el objetivo de preparar el alojamiento para los jóvenes que participarían en la campaña. Le había sorprendido la persistencia de la lluvia, que caía sin descanso desde el primer momento de su estancia. Ahora bien, con el mal tiempo se hacía imposible actuar en las calles… Por eso, una vez llegados sus compañeros, y mientras continuaba la lluvia, aprovechó la circunstancia para mantener conversaciones formativas con esos jóvenes que ayudaran a amenizar la espera. Entre tanto, el tiempo pasaba y la lluvia seguía… Había que tomar alguna medida más incisiva. Tras dos días enteros en aquella angustiosa situación, se esbozó en el espíritu de Mons. João una afortunada idea: —¿Le hacemos una promesa a Dña. Lucilia para que deje de llover? ¿Están de acuerdo? —preguntó a su joven audiencia. —¡Claro! ¡Genial! —respondieron todos, entre aplausos de entusiasmo. Entonces le hicieron una promesa conjunta a la madre del Dr. Plinio, fallecida unos meses antes: si la lluvia paraba, irían, de regreso a la ciudad de São Paulo, a rezar un rosario en su tumba en el cementerio de la Consolación, en agradecimiento por la gracia obtenida. Era la primera vez que se hacía una promesa colectiva a Dña. Lucilia, pidiéndole formalmente su intercesión en una situación embarazosa. Por increíble que parezca, bastó formular la promesa ¡y el aguacero paró instantáneamente! Impresionados por la celeridad de la respuesta, todos tuvieron una certeza interior: se trataba de un favor celestial. Otras promesas se sucedieron a lo largo de los días que duraron las actividades, y siempre eran atendidas casi de inmediato, tal vez para subrayar de manera enfática y grabar en el alma de los beneficiarios la fuerza que, a partir de ese momento, tendrían las oraciones hechas a Dña. Lucilia. De vuelta a São Paulo, el cumplimiento de la promesa fue el punto de partida para que su tumba se convirtiera en objeto de continuas visitas por parte de aquellos jóvenes, que comenzaban a experimentar la eficacia de su maternal y poderosa intercesión.Devoción espontánea, fruto de la admiración
En realidad, hasta 1967 poquísimos miembros del movimiento fundado por el Dr. Plinio frecuentaban su residencia, donde también vivía Dña. Lucilia. Para sus demás seguidores, su madre no era más que una persona casi desconocida, con la que en ocasiones se cruzaban o, cuando su salud se lo permitía, veían asistiendo discretamente a alguna conferencia pública de su hijo.
Doña Lucilia en marzo de 1968
Presentaba una sorprendente solución para todo
¿Qué tipo de favores imploraron sus primeros devotos? Desde auxilio en las necesidades más habituales del día a día, como pequeñas complicaciones prácticas, hasta casos más intrincados; todo era entregado constantemente al cuidado de Dña. Lucilia, que siempre presentaba una sorprendente solución. Uno de esos hechos corrientes le ocurrió al propio Mons. João. Estaba rezando en completa soledad ante la tumba, cuando empezaron a caer dispersas y grandes gotas de lluvia —conocidas en São Paulo como «cuatrocentones», en alusión a cierta moneda antigua de gran tamaño—, preludio inevitable de una tormenta tropical. Afligido, porque era el único día en el que podía tener un momento de oración junto a los restos de su intercesora, este hijo fiel rezó: «Pero precisamente hoy, que es mi día para venir aquí, ¿se va a poner a llover? ¡No es posible! ¡Doña Lucilia, arregle esto!». La respuesta fue muy peculiar, pues se podía divisar una violenta tormenta desatándose en los alrededores, sin alcanzar, no obstante, el perímetro del cementerio, lo que permitió a Mons. João continuar su oración muy satisfecho. En otra ocasión, la maternidad de Dña. Lucilia se topó con la inocente ingenuidad de un joven que al salir del colegio se dio cuenta de que se había olvidado traer dinero para pagar el autobús que debía llevarlo de vuelta a casa. Caminando preocupado por la calle, rezaba filialmente a Dña. Lucilia, mientras miraba hacia abajo: «Ah, madre mía, si me pudiera encontrar por lo menos cuatro cruceritos…». Le bastó formular la petición para que, unos pasos después, viera en el suelo la cantidad solicitada. Episodios como éstos demuestran una meticulosidad materna en la respuesta, una disposición de resolver incluso minucias. Sin embargo, el ámbito en el cual la acción de Dña. Lucilia se volvió más significativa fue en situaciones en las que los jóvenes se encomendaban a su intercesión para superar las dificultades de la vida espiritual, en un mundo cada vez más reacio a la santidad. Perseverancia, castidad y oración se convirtieron, para muchos, en conceptos realizables gracias a un arrimo llamado Lucilia. Entonces comenzaron a multiplicarse las manifestaciones de respeto y gratitud hacia ella, como la costumbre de adornar con flores su tumba, en el cementerio de la Consolación, y las frecuentes visitas a este lugar para rezar y pedir su ayuda. Sin duda, la gracia de Dios estaba impulsando con singular eficacia la devoción a Dña. Lucilia.
A la derecha y a la izquierda, decoraciones hechas en la tumba de Dña. Lucilia - Cementerio de la Consolación, São Paulo. En el centro, el Dr. Plinio visita, junto con algunos discípulos suyos, el lugar referido; a su lado está João S. Clá Dias
Madre espiritual de miles de hijos
Aún en vida de Dña. Lucilia, el Dr. Plinio se preguntaba acerca de un problema de difícil solución: había sido una excelente hija, una óptima hermana, una esposa muy paciente y dedicada, pero, sobre todo, había desempeñado el papel de madre de un modo inigualable. Cualquiera que hubiera convivido con ella tendría la impresión de que su alma materna estaba a la espera de decenas de hijos. Éstos, no obstante, nunca llegaron… ni podrían haber llegado en tal cantidad. ¿Cómo permitía la Providencia que un corazón tan grande viera irreductiblemente reprimido el torrente de su afecto y de su cariño maternales? La creciente afluencia de gente ante la tumba de Dña. Lucilia, las repercusiones de las gracias alcanzadas, la gratitud que tantos testimoniaban por los innumerables beneficios recibidos, todo ello parecía ser la respuesta adecuada a aquella cuestión «insoluble». Después de todo, no sólo sería madre de decenas, sino de miles de hijos espirituales, ya que su misión había comenzado, más que nunca, post mortem. Como enseña Santo Tomás de Aquino,5 el bien tiende a expandirse. Dado el inmenso caudal de gracias obtenidas por intercesión de Dña. Lucilia, era imposible que esa devoción no se propagara por todas partes, desbordando los límites de un círculo restringido.
Mons. João muestra el libro «Doña Lucilia» recién publicado, en abril de 2013
Notas
1 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Doña Lucilia. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, p. 48.
2 Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, institución cívico-cultural, de inspiración católica, fundada por el Dr. Plinio y de la cual Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, fue un destacado miembro.
3 Fama de santidad, en latín fama sanctitatis, es «la opinión extendida entre los fieles sobre la integridad de vida y de la práctica de las virtudes cristianas, ejercidas de forma continua y más allá del modo común de actuar de los demás buenos cristianos» (cf. AMATO, SDB, Ángelo. «“Sensus fidei” e beatificazioni. Il caso Giovanni Paolo II». In: L’Osservatore Romano. Città del Vaticano. Año CLI. N.º 78 [4-5 abr, 2011]; p. 7).
4 Cf. CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Carta al director del periódico «O Estado de São Paulo», 15/8/1979.
5 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 5, a. 4, ad 2.