Providencia general y especial
La Providencia divina es aquella suprema perfección de la sabiduría por la cual Dios conduce los acontecimientos. En vista de cómo son las cosas, Él las dispone de acuerdo con su plan respecto de cada criatura. La gran mayoría de los hombres es conducida por Dios según la providencia general. Es decir, al individuo común, Él le proporciona una vida normal, concediéndole recursos ordinarios e intelecto suficiente para utilizarlos a fin de proveer sus necesidades. Sin embargo, a otras personas el Altísimo les tiene reservada una vocación especial, conduciéndolas de un modo peculiar. Ya que es un llamamiento especial, también les da un cuidado propio, que no es el ordinario. La persona puesta bajo una providencia especial tiene habitualmente una noción, cuando menos confusa, de los designios divinos que le conciernen. En las Escrituras tenemos el caso del profeta Samuel, a quien Dios llamó tres veces. No obstante, pensaba que sería Elí, el pontífice del Templo… En una cuarta ocasión, al oír: «Samuel, Samuel», el profeta contestó: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3, 10). Así también delante de esos impulsos primeros que nos llaman, podríamos responder: «Señor, ¿dónde estáis? ¡No os veo!».Un llamamiento para algo sublime
En este mismo sentido, el problema que yo tenía en mi juventud era, prácticamente, vocacional y se expresaba de la siguiente manera. Desde pequeño sentía un llamado a algo grande… Lo sentía muy acusadamente, pero no sabía definirlo. Tenía claro que debía llevar una vida diferente a la de los otros. Era muy consciente de que yo «rebosaba de mi cuerpo» y que en mi camino había realizaciones enormes, luminosas, magníficas, que implicaban sacrificios para los cuales necesitaba prepararme, pero también victorias que me llenarían de alegría. Acompañado a eso, experimentaba una especie de horror de que dichos pensamientos no se confirmaran en mí y que tendría que acomodarme completamente al padrón de vida de cualquier hombre de mis condiciones, en mi tiempo. Sentía una especie de asfixia con ese pensamiento.«Encontré mi camino»
Fue un «destaponar», algo magnífico, el día bendecido en el que pasé por la plaza del Patriarca1 y encontré el aviso de la realización del Congreso de la Juventud Católica. ¡Fue un clamor! Un montón de cosas que creía inviables, de repente, se me presentaban a borbotones. Imagínense a un joven que llega a los 19 o 20 años, mas ya muy maduro y sufrido para su edad, buscando un objetivo que no se realiza. Y que por esa razón tiene la impresión de que todo el futuro deseado está comprimido, está apretado con las manos. De pronto, pasa por un sitio, ve algo y ¡aquella ventana se abre! Bien pueden hacerse una idea de la alegría de alma que eso da. A partir de ahí, sucesivas alegrías con el Movimiento Mariano, la fundación de la Liga Electoral Católica, mi elección como diputado de la Asamblea Nacional Constituyente… Todo yendo en un vuelo continuo y diciéndome a mí mismo, con deleites para mi alma: «He encontrado el camino. En adelante toca batallar afanosamente, no cabe duda, pero ésa es la vía».Las dificultades son la señal de que la vocación es amada por Dios
El Dr. Plinio en una conferencia en 1989«¿Debo ser una víctima expiatoria?»
Además de eso, existía otro problema. Había leído el libro Historia de un alma, de Santa Teresa del Niño Jesús, cuya narrativa me impresionó profundamente. Ella parte de la idea de que no se puede hacer para la Iglesia Católica nada más útil que ser una víctima expiatoria del amor misericordioso de Dios. Es decir, los hombres pecan y es necesario que otros les ayuden a expiar sus pecados; de tal forma que con nuestro sufrimiento Dios perdone a otros y conquiste otras almas, dándoles gracias muy grandes, porque hemos sufrido nosotros.
Santa Teresa del Niño Jesús en 1896Sorpresas difíciles en la línea de vocación
Me preguntaba: «Esta dolencia que provoca las neuralgias, ¿no será, de repente, un cáncer u otra enfermedad cualquiera que le quita a uno la vida pronto, para que otro gane la batalla que tanto anhelas vencer? Ahora bien, quiero ver yo cómo es tu amor a Dios. Estabas muy contento siendo alguien. ¿Tendrás el mismo coraje de ser nadie? ¿Aceptas eso? ¿Hasta qué punto eres un hombre serio? Si fueras serio, lo aceptarías. Si no, tan sólo quieres representar un papel. Entonces no vales nada, no amas a Dios y mereces ser olvidado por Él sobre la faz de la tierra». A menudo, en la vocación aparecen sorpresas difíciles de aguantar. La Providencia nos lleva por un camino, pero nos da la impresión de que nos hemos equivocado de recorrido y de que las vías de Dios tal vez sean otras. Sin embargo, esa es la señal de que Él quiere llevarnos por ahí. Por otra parte, la idea de ofrecerme así me disgustaba. Hice el ofrecimiento, pero me parecía que algo no estaba bien hecho… Me hallaba en esa situación cuando veo que, en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, situada cerca del hotel donde me hospedaba en Río de Janeiro, se estaba realizando una feria de libros. Encontré algunos que me interesaron y los compré. Me llamó la atención especialmente uno cuyo título era El libro de la confianza.«Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia»
No pueden imaginar el efecto que me causó en el espíritu cuando lo abrí —no recuerdo si en el momento o al llegar al hotel— y leí las primeras frases: «Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resonáis en el silencio de los corazones, vos murmuráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz». Un apaciguador efecto magnífico se hizo sentir en mi alma. Después el autor continúa exponiendo, más o menos en estos términos, la siguiente doctrina: Dios puede hacer que una persona camine por las vías más duras e imprevistas, pero, si atendemos a la voz de Cristo en nosotros — voz misteriosa de la gracia—, ella murmurará en nuestras almas palabras de dulzura y de paz. Lo que nos revienta y desmenuza, en la gran mayoría de los casos, no es el camino que debemos seguir. Habrá un movimiento interno en nuestras almas que nos dará confianza de que será de otra manera y nos conducirá adonde nuestros primeros anhelos nos llevaban. Ese libro produjo en mí un efecto maravilloso porque, en último análisis, daba exactamente la idea de que, al estar bajo una providencia especial y rogando a Dios, nuestro Señor, invocando la intercesión de aquella que lo puede todo ante Él: Nuestra Señora, yo sería atendido.Puente bendito que ayudó a cruzar muchos abismos
Y me decía a mí mismo: «Finalmente, yendo y viniendo, de una forma u otra, aquello que deseo se realizará. No estoy llamado al camino de Santa Teresa. Me siento más bien llamado para la vía de Godofredo de Bouillon. Vamos adelante, por encima de palos y piedras, por montes, valles y colinas… Vaya por el camino que vaya y dé con los desvíos aparentes que dé, debo confiar, confiar, confiar… “Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resonáis en el silencio de los corazones, vos murmuráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz”. Dulzura y paz me trae esto. Voy a rezar, pedir, rezar, pedir…». De ahí me venía una pregunta: «Pero ¿no estarás equivocado? ¿No será que si te quedas callado y eres heroico, no pidiendo nada a Nuestra Señora, realizarás más que pidiendo? Pidiendo, Ella da. No obstante, a veces Ella concede lo que no querría dar. No pidas nada y deja que todo ocurra».
Vista del puente Bastei - AlemaniaExtraído de: Conferencia. São Paulo, 13/5/1989.
Notas
1 Situada en el centro antiguo de São Paulo.