Como un maestro que «va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13, 52), el divino Paráclito hace siempre resplandecer en la Santa Iglesia, a lo largo de los siglos, aspectos inéditos de su doctrina y espiritualidad.

Así, de uno de los cultos más antiguos de la cristiandad, como el de los dolores sufridos por Nuestra Señora durante el sacrificio de la cruz, se desarrolló una nueva devoción, nacida y propagada en suelo brasileño a principios del siglo xx

Una singular advocación de la Santísima Virgen

Escondido en las montañas de la ciudad de Petrópolis, en el estado de Río de Janeiro, custodiado discretamente por carmelitas descalzas, se encuentra un tesoro casi desconocido: la imagen de Nuestra Señora de la Saudade.

Saudade es una palabra de la lengua portuguesa bastante peculiar y expresiva, y por eso mismo resulta difícil de definir o de traducir. Expresa una mezcla de recuerdo, nostalgia, dolor y añoranza, a la que se suman rasgos propios de la psicología luso-brasileña, muy dada al afecto, con una sana nota de melancolía.

Según un diccionario de «términos intraducibles», publicado por la Universidad de Princeton, «saudade» designa «la memoria de un pasado querido que ya no existe y el deseo de esa felicidad que falta».1 De manera poética lo formula el clásico autor portugués Francisco Manuel de Melo: «Saudade es un mal que se disfruta y un bien que se padece».

De esta forma, la advocación de Nuestra Señora de la Saudade se reviste de matices muy singulares, al honrar de modo especial «el dolor […] del Inmaculado Corazón de María, durante las treinta y seis horas, es decir, los tres días incompletos, del reposo de Jesús en el sepulcro».2 Ahora, tal inclinación de alma asaz comprendida por el pueblo brasileño, manifestada por esta devoción, ha sido fuente de abundantes bendiciones y gracias durante varios años.

Devoción inspirada por el Cielo

Se dice que el 30 de marzo de 1918, Sábado Santo, sor Ignez del Sagrado Corazón de Jesús3 inició la devoción, hasta entonces desconocida, en el Carmelo de San José, por inspiración de lo alto.

Antes de su divulgación pública, el obispo de Niterói, Mons. Agostinho Benassi —bajo cuya jurisdicción se hallaba por entonces la ciudad de Petrópolis— sometió el contenido de la nueva devoción a la evaluación de un eminente teólogo, el P. João Gualberto do Amaral, que lo declaró ortodoxo, justificando, entre otras razones, que en la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino4 se hace referencia al período de treinta y seis horas en el que Jesús estuvo sepultado.

Con la aprobación eclesiástica, las carmelitas se pusieron a difundir la devoción a Nuestra Señora de la Saudade, enviando a varias diócesis de Brasil folletos con una oración llamada Corona de saudades de la Reina de los mártires y la petición de que los agraciados remitieran al convento relatos de las gracias recibidas.

Sor Ignez del Sagrado Corazón de Jesús

La corona de «saudades»

Similar a un rosario, pero con sólo tres misterios para ser contemplados, la corona de «saudades» se compone de tres padrenuestros y treinta y seis acordaos,5 y concluye con tres avemarías y una oración propia.6 En cada misterio se rezan un padrenuestro y doce acordaos, y se medita sobre un aspecto de las «saudades» de Nuestra Señora.

La primera docena evoca el dolor que inundó su alma cuando la piedra del sepulcro veló a sus ojos el cuerpo adorable de Jesús. «La hora del entierro de un ser muy querido es la hora del dolor supremo para los que lloran», afirma una meditación compuesta en 1943 para acompañar la corona. «Aunque sin vida, el cuerpo presente parece engañar a los sentidos, dejándoles el triste consuelo de una visión, horrible, sí, para el amor, pero que al fin y al cabo recibe el alivio de las últimas caricias de ternura, si bien que desolada ante el silencio de la muerte. No obstante, cuando suena la hora cruel del postrer adiós… cuando llega el momento de perder de vista el amado cuerpo, ¡ay! […] En este angustioso trance, despunta entonces en el pecho la acerba espina de la “saudade”».7

La segunda docena considera los sufrimientos de la Virgen en la casa de San Juan, donde se dedicó, a pesar de su incomparable sufrimiento, a sostener, fortalecer y avivar la fe de los que la rodeaban. La meditación argumenta que, cuando el dolor y las «saudades» son lacerantes, se anhela instintivamente la soledad; sin embargo, Nuestra Señora no quería abandonar, en un momento tan supremo, a las Santas Mujeres, a los Apóstoles y a los discípulos, que en Ella confiaban. La Virgen dolorosa sacrificó, pues, esa inclinación natural en beneficio de la Iglesia naciente.

La tercera docena honra las «saudades» que María sintió cuando, al día siguiente de la crucifixión, volvió al Calvario y allí recordó los dolores que su divino Hijo había padecido sin una sola queja. «¿Quién podrá imaginar cómo fue el martirio de la Reina de los sacerdotes y de las víctimas de amor en aquella segunda ascensión al altar sublime del Calvario, purpurado con la preciosísima sangre?… […] Mientras Magdalena y las Santas Mujeres preparaban especias y bálsamos para ungir el cuerpo del Señor, la Madre de Dios concentraba en sus “saudades” la quintaesencia del más precioso perfume que el amor jamás haya derramado sobre las llagas de Jesús».8

Dolor intenso, tras la sonrisa

Para difundir aún más esta devoción, en 1929 un alma piadosa, que mucho le debía a la querida patrona de las carmelitas de Petrópolis, encargó en París una imagen de Nuestra Señora de la Saudade. Esculpida en mármol de Carrara y con un metro y sesenta y seis centímetros de altura, aún hoy puede ser venerada en la capilla del Carmelo.

Con los pies apoyados en el globo terráqueo, la imagen sostiene en la mano derecha un cordón de cuentas parecido a un rosario, que representa la corona de «saudades». Su mano izquierda descansa sobre el pecho, atravesado por una espada de oro.

Una corona, también dorada y engastada con grandes piedras, ciñe su frente, que permanece ligeramente inclinada. Tras su leve sonrisa, esa posición de su cabeza le recuerda al fiel que a Ella se acerca la intensidad de los dolores sufridos en la Pasión.

¿Por qué es tan poco conocida?

Durante el período en que Petrópolis perteneció a la diócesis de Niterói, los obispos locales concedieron el imprimatur a once ediciones de folletos que contenían la oración de la corona de «saudades», divulgados gradualmente por todo Brasil, acompañados de pequeños rosarios apropiados, además de estampas de Nuestra Señora de la Saudade y medallas acuñadas con su imagen.

El convento recibía a menudo noticias de gracias alcanzadas por medio de esa devoción, que se extendía y florecía por los confines de la nación. No obstante, en 1948, el celo apostólico de las carmelitas se vio sometido a duras pruebas.

Poco antes, el 13 de abril de 1946, Pío XII separó la ciudad de Petrópolis de la diócesis de Niterói, convirtiéndola en sede de una nueva circunscripción eclesiástica. Su primer obispo, Mons. Manuel Pedro da Cunha Cintra, que tomó posesión el 25 de abril de 1948, prohibió al Carmelo de San José difundir la devoción a Nuestra Señora de la Saudade, restringiendo el culto al convento…

Ese mismo año, las carmelitas atravesaron otra noche oscura: el P. João Gualberto do Amaral, que había apoyado la devoción desde sus orígenes, falleció en enero y, meses después, sor Ignez del Sagrado Corazón de Jesús siguió el mismo destino.

Debido a los obstáculos para la difusión del culto, poco se sabe acerca de esa advocación y de su corona, salvo el contenido de algunos folletos recogidos por un devoto y reunidos en el libro en el que se basa este artículo.

Nuestra Señora de la Saudade y Brasil

Si la Santísima Virgen quiso ser conocida en Brasil como Nuestra Señora de la Saudade, proponiendo a los fieles los dolores de su Inmaculado Corazón durante los momentos de desolación e incertidumbre que precedieron a la gloriosa resurrección de Jesús, es porque desea transmitirnos alguna enseñanza, que con piedad filial podemos conjeturar.

San Mateo recoge en su evangelio esta afirmación del Señor: «Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra» (12, 40). Y en un pasaje del relato de San Juan, el divino Maestro asevera, refiriéndose a su cuerpo sagrado: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (2, 19). Tales palabras sugieren que convenía que el Salvador pasara tres días y tres noches en la oscuridad del sepulcro, lo que sumaría un total de setenta y dos horas.

Sin embargo, estuvo enterrado exactamente la mitad de ese tiempo: dos noches incompletas y un día, es decir, treinta y seis horas. Puede presumirse, entonces, que la fe —llena de «saudade»— de Nuestra Señora anticipó el momento de la Resurrección, pues, en esos instantes de soledad y aparente derrota, fue la única que sostuvo la certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte, constituyéndose en el baluarte de la Iglesia naciente.

¿No tendrá Brasil una estrecha relación con esa fe marial? ¿No le estará reservada la misión de velar por el Cuerpo Místico de Cristo en esta noche de tinieblas en que se encuentra el mundo, implorando la anticipación de la victoria de Dios?

Si Brasil fue llamado un día Tierra de la Santa Cruz, si Nuestra Señora pidió allí la contemplación de los dolores de sus «saudades», presagios del triunfo de su adorable Hijo, podemos suponer que Ella también espera de esa nación, como requisito para su intervención, una confianza cristalina en la victoria de la Santa Iglesia y una disposición ilimitada a sufrir y luchar por la renovación de la faz de la tierra. ²

Parque Nacional Serra dos Órgãos, Petrópolis (Brasil)

Notas:


1 Saudade. In: Cassin, Barbara (Ed.). Dictionary of Untranslatables. A Philosophical Lexicon. Princeton-Oxford: Princeton University, 2014, p. 929.

2 Monteiro, Mozart. Nossa Senhora da Saudade. 2.ª ed. Rio de Janeiro: O Cruzeiro, 1968, p. 139.

3 Sor Ignez del Sagrado Corazón de Jesús, que inició y propagó la devoción a Nuestra Señora de la Saudade, se llamaba Ester Vieira da Cunha. Nació en Río de Janeiro el 20 de octubre de 1881. Participó en la fundación del Carmelo de San José, inaugurado en 1913 en la ciudad de Petrópolis (Brasil), donde vivió hasta dejar este mundo el 18 de octubre de 1948, exhalando, según testigos, el buen olor de las virtudes cristianas. Su cuerpo fue enterrado dentro de la clausura, a los pies de la imagen de la Virgen Inmaculada (cf. Monteiro, op. cit., p. 140).

4 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. III, q. 51, a. 4.

5 «Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido abandonado de vos. Animado con esta confianza, a vos también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No desechéis mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Así sea».

6 La oración propia es la siguiente: «Acordaos, oh Reina de los mártires, de las saudades cruciantes que atormentaron vuestro Inmaculado Corazón durante las treinta y seis horas de sepultura de vuestro divino Hijo. Por los dolores acerbísimos de vuestra soledad, ¡oh!, encended en nuestras almas el deseo de ver a Dios en el Cielo y alcanzadnos, un día, la eterna bienaventuranza. Pero mientras peregrinamos en este destierro, obtenednos las gracias que nos son necesarias para amar y servir a Jesús con fidelidad, hasta la muerte; y, si fuere de vuestra voluntad adorable, impetradnos (o impetradme) la merced que os imploramos (o imploro) con plena confianza. Así sea».

7 Monteiro, op. cit., p. 141.

8 Idem, pp. 143-144.