Al despuntar el año 1793, Francia parecía una nación condenada a desaparecer. Todo lo que había sido estable durante trece siglos de monarquía cristiana se desmoronaba o era destruido: el rey había sido decapitado; la familia real se hallaba encarcelada; la nobleza había emigrado; el clero se dividía entre perseguidos y cismáticos; la burguesía estaba convulsionada por los miasmas revolucionarios; París se había convertido en el epicentro de la revuelta.

La solución vendría del único poder capaz de despertar fuerzas providenciales en los más humildes e insospechados rincones de la sociedad, en los momentos en que las élites decaen. …