Evangelio de la Fiesta de los santos Felipe y Santiago, apóstoles
En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás: 6 «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. 7 Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
8 Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». 9 Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace las obras. 11 Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. 12 En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. 13 Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. 14 Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14, 6-14).
I – Magníficos pilares de la Iglesia
La fiesta de los santos Felipe y Santiago el Menor nos recuerda la gloria de los Apóstoles de Cristo, por Él elegidos, formados y, finalmente, santificados el día de Pentecostés. En ella conmemoramos a dos pilares de la Iglesia, de particular fulgor. San Felipe es citado cuatro veces en el Evangelio de San Juan. Gracias al Discípulo Amado sabemos que el apóstol procedía de Betsaida, la ciudad de los hermanos Simón y Andrés. Fue invitado por Jesús a seguirlo (cf. Jn 1, 43) y, lleno de entusiasmo, le comunicó a Natanael que había encontrado al Mesías anunciado en las Escrituras (cf. Jn 1, 45-46). En el episodio de la multiplicación de los panes, el divino Maestro le pregunta dónde podrían encontrar pan para saciar a la multitud (cf. Jn 6, 57). Más adelante, algunos prosélitos griegos se acercan a él pidiéndole ver a Jesús (cf. Jn 12, 20-22) y, por fin, tenemos el diálogo fielmente plasmado en el Evangelio de esta fiesta.Tras la Resurrección del Señor, Felipe fue a predicar a la ciudad de Hierápolis, en la región de Anatolia, donde en tiempos recientes se encontraron evidencias arqueológicas de su tumba. Allí fue martirizado, conquistando así con su sangre, probablemente derramada en la cruz, la corona inmarcesible de la victoria. Santiago el Menor, hijo de Alfeo, considerado por venerable tradición pariente de Nuestro Señor y semejante físicamente a Él, fue obispo de Jerusalén, ciudad donde también alcanzó la gloria del martirio, siguiendo las huellas de la divina Víctima. Estos Apóstoles del Cordero son cimientos y puertas de la Jerusalén celestial, como los presenta el Apocalipsis (cf. Ap 21, 14), y brillan en el firmamento de la Iglesia como astros de grandeza impar. Fueron íntegros en sus obras y, movidos por el fuego del Espíritu Santo, proclamaron con valentía y audacia el Nombre que está sobre todo nombre, hasta el extremo de entregar sus vidas por Cristo. Que sirvan ellos de ejemplo a los cristianos de nuestro tiempo, tantas veces adormecidos o anestesiados en su fe.Cuando hablamos de unión en el ámbito humano pensamos en un vínculo que liga a dos personas en una comunión de ideales o sentimientos
II – La unión más íntima
Cuando hablamos de unión en el ámbito humano pensamos en un vínculo, generalmente de naturaleza moral o afectiva, que liga a dos personas en una comunión de ideales o sentimientos. Sin embargo, por muy fuerte que sea, tal unión está sujeta a desgastes y amenazada por el riesgo de una posible disolución. El nexo más sólido entre las almas es el de la amistad, que consiste en hacer el bien al prójimo de forma desinteresada, siendo correspondido por él del mismo modo. La amistad así concebida se basa en la virtud adquirida y goza de cierta estabilidad, mientras dicha virtud perdura; si ésta llega a faltar, la concordia se deshace. Así pues, para el hombre la unión es algo un tanto extrínseco a su propio ser y con una nota de precariedad, aunque pueda establecer incluso una relación más o menos duradera con los demás. Esto también se aplica al matrimonio, cuya esencia consiste en que dos constituyan como una unidad, aunque siempre permanezcan dos seres distintos, que hasta podrán tener destinos eternos muy contrastantes.
Pues bien, con un lenguaje elevado y accesible el Evangelio de la fiesta de los santos Felipe y Santiago viene a ilustrarnos acerca de esta verdad, que constituye el centro de nuestra fe: la existencia de un Dios uno y trino, tres Personas que son uno solo. Ésta es la vida íntima de la divinidad, la comunión de felicidad, gozo y santidad infinitos de la que participaremos si, a ruegos de nuestra buenísima Madre, María Santísima, alcanzamos la salvación. San Juan nos muestra también las consecuencias beneficiosas que para la humanidad resultaron de la Encarnación del Hijo, de la que él mismo es el gran cantor. De hecho, el prólogo de su Evangelio afirma la existencia del Verbo en el seno del Padre y su entrada en el tiempo, para habitar entre nosotros, haciéndose hombre en el seno purísimo de Santa María siempre Virgen. He aquí otro misterio supremo de nuestra fe que, entre muchas dádivas, nos trae la de que Jesucristo hombre sea icono perfecto del Padre e intercesor infalible ante Él. Estas verdades de fe, aunque nos impresionen por su elevación, deben despertar en nosotros el gozo de la esperanza. La vida íntima de la divinidad, revelada por Nuestro Señor, no es un concepto etéreo inalcanzable para nosotros. Al contrario, somos invitados por Él a participar de su alegría insuperable por toda la eternidad, como proclama el Apocalipsis: «Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero» (19, 9).Elevándonos al plano de la Santísima Trinidad, la palabra unión adquiere para nosotros un nuevo significado: son tres Personas diferentes que comparten un mismo Ser
Dios y hombre verdadero
En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás: 6 «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
La imagen del Dios invisible
7 «Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
El punto auge de esta teofanía se dio en la Transfiguración, pero sólo tres apóstoles presenciaron tal episodio. Es cierto, por tanto, que en algunos momentos de convivencia con Jesús sus seguidores más cercanos vieron con los ojos del corazón determinados destellos de su naturaleza divina, intensos y evidentes, lo que los llevó a alcanzar el vértice de la virtud de la fe. Debió haberles quedado claro que Él era «imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura» (Col 1, 15), de suerte que todos los Apóstoles, incluidos Felipe y Santiago, pudieran afirmar con San Juan en el prólogo de su Evangelio: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (1, 14).Quien veía al Hijo con mirada interior pura era elevado por una acción sobrenatural a las alturas de la Trinidad, y así conocía también al Padre y al Espíritu Santo
La divina reprensión
8 Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
9 Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?».
El misterio de la verdadera unión
10 «¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace las obras».
La evidencia de los milagros
11 «Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras».
En efecto, ningún profeta en la tradición multisecular de Israel había realizado las hazañas de Nuestro Señor, ya sea en número o en calidad. Las cataratas más caudalosas dan una pálida idea de los prodigios inéditos que salieron de sus manos dadivosas. Ninguna enfermedad, ni siquiera la muerte, resistía a la fuerza de su benevolencia invencible. «Si [sus obras] se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir» (Jn 21, 25), bien lo sintetizó el Discípulo Amado.Los discípulos realizarán obras más grandes que el Maestro porque Él va al Padre y, sentado a la diestra de la Majestad divina en el Cielo, demostrará por las manos de los suyos un poder aún superior
Obras aún mayores
12 «En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre».
El arma de la oración
13 «Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. 14 Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».
III – Estamos llamados a participar en esa unión
En este tiempo pascual exultamos por habernos sido revelado el secreto del gran Rey, es decir, la vida íntima de la Santísima Trinidad. El hecho de que las Personas divinas —espirituales, diáfanas y santas— permanezcan unas en otras, compartiendo en plenitud el mismo ser de Dios, nos habla de la unión perfecta, insuperable y gloriosa con la que sueña nuestro corazón, incluso sin tenerlo explícito.Sí, porque el hombre está llamado a esa unión y creado para participar en ella. ¿Por ventura las ilusiones románticas no son una forma espuria de dar rienda suelta a ese sentimiento superior, que lo impulsa a buscar a alguien con quien unirse por completo? Y si las idealizaciones pueriles y superficiales del sentimentalismo no constituyen más que un craso error, ¿estaría en el alma humana por mera casualidad el anhelo interior de unión absoluta con quien sería capaz de hacerlo feliz? No. Así como existe un deseo natural de Dios, del que se han ocupado ilustres teólogos, también se encuentra en el corazón del hombre una inclinación fortísima y dominante a la completa unión con la Santísima Trinidad, unión que constituye la felicidad sin mancha que tanto anhela. Esta unión fue alcanzada de manera eximia e insuperable por María Santísima, Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Paráclito. Elevemos a Ella nuestra mirada confiada y pidamos, por intercesión de los santos Felipe y Santiago, la gracia de rezar, trabajar y luchar en esta vida con el alma llena de fe, a fin de alcanzar en el Cielo la más perfecta unión posible con aquel que nos creó para sí y quiere ser uno con nosotros, superando nuestras mejores expectativas. ◊Pidamos, por intercesión de los santos Felipe y Santiago, la gracia de rezar, trabajar y luchar en esta vida con el alma llena de fe, a fin de alcanzar en el Cielo la unión con aquel que nos creó para sí
Notas
1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. De veritate, q. 13, a. 1-5.