En un artículo anterior,1 pudimos considerar la heroicidad de las virtudes de Santa Juana de Arco.

Se recordaron sus hazañas de armas, su genio militar inspirado por el Cielo, su audacia guiada por las «voces» y su inquebrantable valentía, vista, por cierto, como presunción y temeridad por los cobardes.

Desconcertó tanto a los más versados en el arte de la guerra como a los mayores sabios en la ciencia teológica. Durante un breve tiempo, su trágico final pareció confirmar que su vida había sido en vano, antes de que los hechos atestiguaran el glorioso éxito de su misión. Profeta, consejera, general, armonizadora, apologista, guerrera —siempre sublime, ya sea en la victoria o en la derrota—, se convirtió en un prodigioso modelo para todos los hombres de acción.

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En aparente antagonismo se encuentra Santa Teresa del Niño Jesús, la dulce y serena doctora de la pequeña vía, víctima de la enfermedad en la soledad del Carmelo. Salvo que ambas fueron arrebatadas en una edad muy temprana, todo en ellas se diría contrario: la austeridad del claustro frente al fasto de la vida cortesana; el silencio de la capilla frente al fragor del campo de batalla; el recogimiento de la contemplación de Dios frente a la pericia en la toma de decisiones; la larga agonía de la dolencia frente al repentino fulgor del martirio… No parece que hubiera nada más opuesto que la santa de Lisieux y la santa de Orleans. Sobre todo, nada más alejado que Santa Teresa del ideal de hombre de acción. Pero… ¿es realmente así?

De hecho, no se ha de olvidar que la religiosa fue proclamada por Pío XI patrona universal de las misiones. ¿Error o arbitrariedad infundada? En efecto, ¿cómo puede justificarse ese patrocinio si Santa Teresa nunca salió en misión?

En primer lugar, se sabe que la santa carmelita dirigió espiritualmente a dos misioneros y, por sus cartas, se percibe que comprendía las misiones mejor que ambos, y con más profundidad que muchos otros. En segundo lugar, su amor a Dios y su ardor por las almas la hacían palpitar de deseos apostólicos, que transformaba en intenciones, oraciones e inmolaciones, las cuales se veían recompensadas con abundantes frutos de conversión.

Así pues, aunque físicamente recluida por la clausura religiosa, la vehemencia de su alma no conoció fronteras ni límites. Como consecuencia, hoy en día no existe lugar remoto en el que no haya una iglesia, un convento, un hospital o una escuela dedicada a ella.

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Santa Teresa del Niño Jesús vestida de
Juana de Arco, en 1895

Sin embargo, ¿qué relación se pretende establecer entre Santa Teresa y Santa Juana de Arco?

Así como Santa Teresa puede considerarse, a su modo, un alma de acción, Santa Juana de Arco debe entenderse, también, como un alma de contemplación. Efectivamente, sus voces demostraron que no había mentido nunca: eran, por tanto, sobrenaturales, y el contacto místico con lo sobrenatural es un fruto característico de la contemplación, sin la cual no existe mística auténtica.

La propia flexibilidad de Santa Juana de Arco ante las mociones procedentes de las voces es una prueba, no sólo del vigor de su fe, sino también de su agudo sentido sobrenatural, adiestrado en la relación espiritual constante con Dios, convivencia ésta que conforma la esencia de la contemplación. Además, las respuestas llenas de sabiduría que la Pucelle espetó a sus jueces provenían de un espíritu característicamente meditativo.

Podemos encontrar un síntoma elocuente de la entrañable relación de afinidad existente entre ambas santas, no sólo en el papel interpretado por Santa Teresa en una pieza teatral realizada en el Carmelo, sino sobre todo en la referencia a Santa Juana de Arco como «mi hermana querida»,2 consignada en sus escritos.

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Cada una a su manera, las dos santas demostraron que la verdadera acción nace de la contemplación. De hecho, considerado desde una perspectiva más elevada, actuar consiste en llevar a cabo algo que Dios nos ha encomendado. El hombre, por lo tanto, debe escudriñar este designio divino, y sólo es capaz de hacerlo mediante la convivencia interior con el Creador, en régimen de contemplación. Con razón Dom Chautard3 atribuía todo el fruto apostólico al fervor de la vida interior…

No obstante, mucho antes del abad de Sept-Fons, nuestro divino Modelo nos dio el ejemplo supremo. Al disponerse a comenzar su vida pública, Nuestro Señor Jesucristo pasó cuarenta días en retiro en el desierto; durante los tres años que predicó en Israel, previamente a cada gran acción se recogía en la soledad de las montañas para orar al Padre; por último, en vísperas de iniciar su pasión salvadora, se dirigió al huerto de los olivos para meditar y rezar. Nadie jamás ha actuado como el Redentor, ni con mayores frutos; nadie, tampoco, jamás ha contemplado como Él.

El hombre moderno cree que todo se basa en la acción y para la acción, con mucha agitación incluso. ¿Se acordará de que el éxito de la acción depende —como el calor depende del fuego— de haber profundizado sus raíces en la contemplación, en la relación de alma con Dios? 

Santa Teresa del Niño Jesús en el patio del Carmelo de Lisieux, en 1896

Notas:


1 «¿Virtudes antagónicas o complementarias?», publicado en la edición de marzo de esta revista.

2 Santa Teresa de Lisieux. Manuscrit B, 3r.

3 Cf. Chautard, OCR, Jean-Baptiste. El alma de todo apostolado. 2.ª ed. Madrid: Palabra, 2014.