Cuenta la tradición cristiana que en Rossano, región de Calabria (Italia), un venerable monje del siglo viii, ferviente devoto de la Virgen María, pidió y obtuvo del emperador la autorización para convertir la cueva donde residía en una iglesia dedicada a la Madre de Dios.

Una vez realizados todos los preparativos para la construcción, el gobernador Filípico encargó que competentes artistas de Bizancio pintaran una efigie de Nuestra Señora en el fondo de la cueva. No obstante, ocurrió algo inesperado: los obreros notaron que la pintura hecha durante el día desaparecía, inexplicablemente, al anochecer.

Molesto, el gobernador designó un …