En el colegio, choque entre dos mundos
Un silbato resonó en el patio y, como si ese sonido agudo y prolongado la hubiera detonado, le siguió una explosión. Los muchachos sobreexcitados, transpirando de agitación, corrían por todas partes, gritando en completo desorden. Al margen de la confusión, un jovencito lo observaba todo. Aquel era su primer día de clases. Plinio Corrêa de Oliveira, que por entonces tenía 10 años, había crecido en un hogar con profundas raíces tradicionales, en donde la educación y la compostura se traducían en distinción en el trato y la fe revestía los primeros pasos de su existencia con una luz dorada y sobrenatural. «Acostumbrado a esta educación, entré en el colegio como si un bólido me hubiera lanzado bruscamente —desde dentro de este ambiente tan acogedor, tranquilo y antiguo— treinta años adelante y de lleno en el mare magnum embrutecido de la Revolución»,1 comentaría más tarde. No se trataba de una mera extrañeza infantil, fruto de la inmadurez que se topa con lo desconocido; era un choque del bien con el mal, del orden con el desorden, del pequeño Plinio que, viviendo en el «paraíso terrenal» de la inocencia, escuchaba los primeros rugidos de la Revolución. En estos primeros encuentros, no obstante, se le presentaba inoculada con vientos de novedad, en apariencia tan emocionantes como inofensivos, y sólo un fino discernimiento sería capaz de reconocer su maldad.
Desde niño, Plinio discernió, entre sus compañeros, los primeros rugidos de la Revolución en las tendenciasPlinio en el Colegio San Luis, en 1921
Transformaciones radicales son impuestas a la sociedad
Con el fin de la Primera Guerra Mundial, esos cambios se volvieron más nítidos todavía. Al salir exhausta de aquella tragedia, la humanidad tenía ansias de bienestar, espontaneidad y disfrute, y se arrojó con voracidad en las vías de la novedad. Para ello, el cine jugó un papel decisivo al proporcionar algo más allá de la distracción o el ocio, como observó el Dr. Plinio: «Notaba que el cine tenía un efecto tendencial sobre todas las personas, modelándoles su temperamento, sus costumbres, su modo de ser y de pensar, en última instancia, transformándoles su existencia. Era el gran vehículo del progreso y de la Revolución».2 Las películas cómicas inauguraban una manera de reír, de hacer bromas y de divertirse, así como los dramas policíacos creaban un estado de espíritu embriagado de pasión, tensiones y fiebre de velocidad, que parecía querer llevar al auge la capacidad humana de sentir.3 Sin embargo, no se incentivaba cualquier placer: los del espíritu estaban desterrados de la moda. En esta nueva consideración de la vida y de las actividades humanas, Dios ya no tenía espacio: se buscaba una especie de «cielo» terrenal y materialista, garantizado para quien tuviera salud, dinero y suerte. Y así el concepto de mal pasó a identificarse con sufrimiento o dolor, cuya eliminación sería siempre un bien. Poco a poco, las innovaciones irían superando los límites del puro sentimiento e invadiendo el campo de las ideas y de los hechos. El Dr. Plinio para entonces ya sería una persona adulta y estaría listo para librar su heroica lucha en defensa de la Iglesia y la civilización cristiana. Pero la fase inicial de su enfrentamiento con la Revolución siempre será un fértil campo de inspiración para comprender cómo ella trabaja para realizar su proyecto.El desorden en el espíritu humano
Al describir el proceso revolucionario en las mentalidades, tan sutilmente llevado a cabo por medios a veces insospechados y con mensajes contrarios a la moralidad y a la religión, nos topamos con su campo de acción más profundo —y quizá el más importante—, tal como lo describe el Dr. Plinio: «Podemos también distinguir en la Revolución tres profundidades, que cronológicamente hasta cierto punto se interpenetran. La primera, es decir, la más profunda, consiste en una crisis en las tendencias».4 Antes del pecado de Adán, las tendencias humanas —originadas de los sentidos del alma y del cuerpo— estaban en completo orden: «Por la justicia original, la razón controlaba perfectamente las fuerzas inferiores del alma; y la razón misma, sujeta a Dios, se perfeccionaba».5 Mientras nuestros primeros padres fueran dóciles a Dios, su lado espiritual predominaría sobre el animal: naturalmente se centrarían más en las cosas del espíritu que en las de la carne. Esta disposición regía todos los aspectos de la vida en el Edén, incluso las corrientes, como explicó el Dr. Plinio a su joven audiencia: «Mirando cualquier cosa del paraíso, o simplemente sintiéndola, el hombre sabía dirigir su alma sobre todo hacia Dios, Creador de todo. En el calor y la brisa fresca, sabía ver la Providencia divina. No se detenía en el deleite —como en un balneario de hoy, extendiendo los brazos y tratando de disfrutar del viento— sino que pensaba: “¡Cómo el calor del día me recuerda el poder de Dios! Cómo la brisa fresca me recuerda la sabiduría con la que Él limita su propio poder, para que su presencia no resulte excesiva para con el hombre que ama”. Y recibía cada cosa como un don y un afecto de Dios».6
La Revolución busca exacerbar la debilidad humana proveniente del pecado originalEva y la serpiente - Catedral de Reims (Francia)
En las tendencias, el dinamismo del proceso
Santo Tomás9 explica que así como en el bien la razón tiene una importancia principal, en el mal, por el contrario, la parte inferior del alma se encuentra en primer lugar. Siendo así, el objetivo de la Revolución en esta primera etapa es poner todas las tendencias en desorden. «¿Esto qué significa? Instituir en el espíritu humano una intemperancia completa, para lo más y para lo menos. De manera que, por ejemplo, en las ocasiones en las que haya un propósito para que uno sienta la cosa “x”, sienta “y”; cuando haya ocasión de sentir “y”, sienta “z” o no sienta nada. Y, como corolario de la intemperancia, instituir un desorden total en el mundo del sentir».10 En general, tal desorden sustituirá al Cielo por el placer como meta en la vida. De acuerdo con la psicología, el carácter o la educación, las manifestaciones del desenfreno se revestirán de características propias. Habrá, por ejemplo, quienes desean sensaciones intensas y ruidosas; mentalidades más mediocres o más finas se contentarán con minúsculos placeres y preferirán sorber la vida con cucharillas de té. Para todos, en último análisis, ¿en qué consiste una vida placentera? Primeramente, en despreocupación y diversión que deleite el cuerpo, de forma directa e inmediata. En segundo lugar, hacer lo que a uno le dé la gana, ¡la voluntad misma es la ley! Las tendencias desenfrenadas conducen paulatinamente a la abolición de todos los frenos impuestos por la moral y las buenas costumbres; y el hombre, proclamándose libre, se vuelve esclavo de sus pasiones.Medios para alcanzar las tendencias del ser humano
Exacerbadas las malas propensiones de la generalidad de los individuos, la Revolución tendrá condiciones para dar los próximos pasos previstos: «Estas tendencias desordenadas, que por su propia naturaleza luchan con realizarse, no conformándose ya a todo un orden de cosas que les es contrario, comienzan modificando las mentalidades, los modos de ser, las expresiones artísticas y las costumbres, sin tocar siquiera de manera directa —habitualmente, al menos— las ideas».11 Habiendo sido trabajado el campo por este proceso, más adelante las doctrinas encontrarán el suelo firme para consolidarse como ideas explícitas. Sólo entonces la Revolución estará lista para alcanzar «el terreno de los hechos, donde empieza a obrar, por medios cruentos o incruentos, la transformación de las instituciones, de las leyes y de las costumbres, tanto en el ámbito religioso como en la sociedad temporal».12 Por lo tanto, el éxito de los grandes acontecimientos revolucionarios siempre será consecuencia de una preparación, primero tendencial y luego sofística. El Dr. Plinio ejemplifica esta realidad con la pólvora que recorre un reguero antes de la deflagración de los fuegos artificiales. Para que se produjera la explosión, necesariamente hubo ese «camino» antecedente. Entre numerosos casos históricos que ilustran este principio, es esclarecedora la declaración de cierto personaje público español que, en plena marcha descristianizante de esa nación ibérica, afirmó que era necesario acabar con el tabú de la virginidad para lograr abolir el derecho a la propiedad. Cabe señalar también que este proceso no se lleva a cabo de un modo manifiesto, sino más bien astuto y discreto, pues cuanto menos se haga notar, mayor posibilidad tendrá de no encontrar resistencia. En efecto, la Revolución sólo avanza «a costa de ocultar su aspecto total, su espíritu verdadero, sus fines últimos».13 Un ejemplo arquetípico lo tenemos en el Renacimiento y en el Humanismo que, como hemos visto, prepararon el camino para el estallido de la seudorreforma protestante. Esculturas perfectas desde el punto de vista artístico, que representaban la fuerza y la excelencia humanas, admiradas indiscriminadamente, sembraron en la humanidad la idea —aún difusa— de que la época en la que el hombre dependía de Dios, tal como la retrataban las pinturas medievales, estaba superada. Si alguien dijera eso, sin duda sería recriminado en toda la cristiandad; las artes lo proclamaron, todos lo aceptaron. Dominados ya por la fascinación de un arte neopagano y, a menudo, francamente indecente, los espíritus se adhirieron fácilmente a la degradación moral en los hechos. Se podrían citar ejemplos en todos los ámbitos de la cultura a lo largo de los siglos, hasta la extenuación. Tenga en cuenta, lector, que cada gran explosión ideológica o social siempre fue precedida por una revolución cultural, y esto no es mera coincidencia… Se establece así un círculo vicioso que —salvo una intervención misericordiosa de la Providencia— nada lo puede detener: la Revolución tendencial arroja al hombre en la intemperancia; sus malas inclinaciones, atendidas y estimuladas a la vez, exigen más; un nuevo invento le es ofrecido. En resumen, «los errores engendran errores y las revoluciones allanan el camino unas a las otras».14Aspecto tendencial de la lucha en nuestros días
Hasta inicios del siglo pasado, la Revolución utilizaba el «arma» tendencial como remota preparación para la quiebra de un principio. Hoy en día, sin embargo, prácticamente ha dejado de actuar en el campo ideológico, o al menos le dedica mucho menos énfasis, centrando sus esfuerzos en las distintas facetas de la llamada «revolución cultural». ¿Su experiencia secular le habrá enseñado que basta con mover las pasiones para triunfar o es que la desintegración del alma humana ya se halla tan avanzada que su inicua labor se ha visto muy facilitada?
También la Contra-Revolución debe valerse de todos los recursos legítimos en el plano tendencial para combatir a la RevoluciónIglesia de Nuestra Señora del Rosario de Fátima, Cotia (Brasil)
Notas
1 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Notas Autobiográficas. São Paulo: Retornarei, 2010, t. II, pp. 40-41.
2 Ídem, p. 89.
3 Cf. Ídem, pp. 94-103.
4 RCR, P. I, c. 5, 1.
5 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I-II, q. 85, a. 3.
6 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 9/11/1984.
7 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q. 82, a. 3.
8 Cf. Ídem, q. 74, a. 3, ad 2.
9 Cf. Ídem, q. 82, a. 3, ad 3.
10 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Charla. São Paulo: 8/8/1993.
11 RCR, P. I, c. 5, 1.
12 Ídem, 3.
13 Ídem, P. II, c. 5, 3, A.
14 Ídem, P. I, c. 6, 3.
15 Ídem, P. III, c. 3, 3.
16 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 9/11/1984.