De lo profano a lo sagrado, los instrumentos musicales contribuyeron a crear en las acciones litúrgicas un ambiente adecuado a su momento festivo o recogido, preparando a las almas para el amoroso encuentro con Dios.
Los instrumentos musicales en la Iglesia primitiva
Los instrumentos musicales estaban muy presentes en el culto judío, y así lo demuestra el Antiguo Testamento en pasajes como este: «Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones» (Sal 32, 2-3). La Sagrada Escritura también les atribuye también un efecto curativo y exorcista —fueron los acordes de la cítara de David los que libraron a Saúl del espíritu malo (cf. 1 Sam 16, 16-23) –, mientras que su ausencia era considerada señal inequívoca de desgracias prontas para abatirse sobre el pueblo elegido: «Pondré fin al rumor de tus canciones y no se escuchará más el sonido de tus cítaras» (Ez 26, 13). «No obstante, esta tradición hebrea relacionada con los instrumentos músicos no pasó a la Iglesia primitiva; por lo menos los escritores apostólicos y los inmediatamente posteriores no aluden a ello en absoluto».1 Aunque los cristianos no ignoraban tal costumbre, su asimilación en el culto divino fue repudiada. Ciertos autores afirman que se dejó de usarlos como medida de prudencia, para no llamar la atención sobre los lugares de culto en tiempos de persecución. Pero al parecer el principal motivo para rechazarlos fue su uso en los cultos idolátricos y fiestas paganas: «Probablemente fueron desterrados del templo por su carácter profano, sensual y clamoroso»2, declara Mons. Mario Righetti en su célebre Historia de la liturgia. Clemente de Alejandría defendía que, para glorificar a Dios, les bastaba a los cristianos un instrumento, la Palabra, portadora de paz.3 Se veía «en la homofonía del canto sagrado una imagen y un paralelismo de la armonía del universo y de las esferas celestiales»4, mientras que la heterofonía entre el canto y los instrumentos era considerada como algo contrario a la unidad de la comunidad cristiana. Se estableció así en los comienzos de la cristiandad una separación irreconciliable entre el canto sacro y las melodías instrumentales. Quizá esa dicotomía tuviera su origen en un soplo divino, que frenaba los impulsos desequilibrados de la música profana para hacer nacer y llegar a su esplendor el canto gregoriano, cuyos neumas componen melodías serenas y llenas de paz. Solamente le fue digno al órgano acompañar las oraciones de la Iglesia a partir del siglo VII,5 ya que «tan particularmente se acomoda a los cánticos y ritos sagrados, comunica un notable esplendor y una particular magnificencia a las ceremonias de la Iglesia, conmueve las almas de los fieles con la grandiosidad y dulzura de sus sonidos, llena las almas de una alegría casi celestial y las eleva con vehemencia hacia Dios y los bienes sobrenaturales»6.Dos caminos paralelos
El sólido imperio establecido por el gregoriano en la música sacra se vio amenazado, a partir del siglo XI, por la ola de trovadores que emergió en Europa, generando profundos cambios en la mentalidad humana.7 No mucho tiempo después, «las imágenes de los santos se desvanecían ante los combates y el culto marial dio paso al “amor cortés”. Poco a poco el latín fue abandonado en provecho de la lengua vernácula, accesible a todos. La poesía y la música conquistaron una nueva popularidad que le faltaba inevitablemente al canto eclesiástico latino».8 Nacidos en la misma cuna que las canciones profanas, los instrumentos musicales se desarrollaron y perfeccionaron, envueltos en brazos mundanos. Empezaron a brillar en las fiestas, alegrando con sus melodías la vanidad sentimental presente en torneos y diversiones populares. Con mayor razón aún, lejos se veía de que sonaran en los templos…La polifonía sacra y los oratorios
Mientras, la historia del canto sacro seguía su curso. De la monodia gregoriana se pasó al contrapunto y a la diversidad de líneas melódicas. En el siglo XVI, bellezas inefables eran alcanzadas por compositores como Tomás Luis de Victoria y Giovanni Pierluigi da Palestrina, cuyo espíritu profundo y recogido salvó la polifonía sacra de las exageraciones a que estaba expuesta.
En busca de un sabio equilibrio
Como ya acompañaban no sólo la voz de los hombres, sino también, en los oratorios, la palabra de Dios, los instrumentos musicales paulatinamente fueron pasando del teatro al templo, y ganando por fin ciudadanía en la Jerusalén celestial. A mediados del siglo XVIII, el Papa Benedicto XIV corroboró que ellos sustentaran el canto litúrgico.13 Pero no todo en el arte musical sacro marchaba en equilibrio, pues durante el siglo XIX la música de orquesta dio ocasión a abusos dentro de los templos, haciendo de la iglesia una continuación del teatro, comprometiendo el carácter sobrio y tranquilo de la oración litúrgica y poniendo en riesgo la integridad del canto eclesiástico.14 Ahora bien, el abuso no quita el uso. Para remediar este mal, la justa prudencia de San Pío X instó a que la elección de los instrumentos, especialmente los de viento, fuera limitada, juiciosa y proporcionada al ambiente y la composición escrita en estilo grave, conveniente y en todo parecida a la del órgano,15 pues hay modos más propios al culto sagrado y otros menos. Por otra parte, «como el canto debe dominar siempre, el órgano y los demás instrumentos deben sostenerlo sencillamente y no oprimirlo».16 Pío XII reforzó la necesidad de ese equilibrio enseñando que «además del órgano, hay otros instrumentos que pueden ayudar eficazmente a conseguir el elevado fin de la música sagrada, con tal que nada tengan de profano, estridente o estrepitoso que desdiga de la función sagrada o de la seriedad del lugar».17La música sacra post conciliar
El siglo XX fue testigo de profundos cambios en el campo de la cultura, y la música sacra infelizmente no estuvo inmune a ellas. En su documento dedicado a la liturgia, el Concilio Vaticano II reitera la admisión de otros instrumentos musicales, además del órgano, en el culto divino18 e incentiva también el canto popular religioso, «de modo que en los ejercicios piadosos y sagrados y en las mismas acciones litúrgicas resuenen las voces de los fieles».19 Pero salvaguarda la integridad del gregoriano como «canto propio de la liturgia romana».20
en la casa Monte Carmelo, Caieiras (Brasil)
Rico, profundo y armónico acto de alabanza
Finalmente, dejemos de lado las consideraciones sobre los instrumentos musicales en la historia de los hombres y pasemos a analizarlos desde el punto de vista del Creador. «La música instrumental contribuye, de una manera excepcionalmente eficaz, a crear el ambiente adecuado, a su momento festivo o recogido»,24 comenta un autor contemporáneo. Proporciona al alma el estado propio para elevarse a Dios, pues una gran orquesta que resuena en oración en el interior del templo bien puede simbolizar el alma de la Iglesia que rinde al Creador un rico, profundo y armónico acto de alabanza. En un conjunto musical existen instrumentos de cuerda y de viento. En estos, además hay una diferencia muy marcada entre los de madera y los de metal. Y si la armonía del conjunto es siempre mejor que las partes, cómo es hermoso, no obstante, oír cada instrumento por separado, sintiendo la singularidad de los timbres y resonancias expresando diferentes estados de alma. Si un inspirado compositor se pusiera a poner en música la gesta de Elías, el profeta, ciertamente utilizaría la suave nobleza de la madera para cantar el susurro de la suave brisa que precedió su encuentro con Dios (cf. 1 Re 19, 12-13). Si, por el contrario, deseara poner en música el fuego del Señor que devoró la leña, las piedras, el polvo, el agua y la víctima en el altar del monte Carmelo (cf. 1 Re 18, 38), sin duda emplearía los instrumentos de metal, que suenan como manifestación de la implacable justicia divina. Por otra parte, sólo las cuerdas serían capaces de expresar la profundidad del afecto recíproco entre Elías y Eliseo cuando el carro de fuego arrebató al maestro del discípulo (cf. 2 Re 2, 11-12). Sin embargo, cuando Dios habla, solamente el órgano es digno de acompañarlo. Reuniendo en sí la sencillez y la variedad, este grandioso instrumento forma un equilibrado, sublime y perfecto conjunto de los más variados timbres y sonidos.