Entre las innumerables expresiones elocuentes que el genio francés ha hallado a lo largo de los siglos para expresar ciertas actitudes del espíritu humano, encontramos la siguiente: «Si j’étais le Bon Dieu…» —si yo fuera el Buen Dios. Se trata de la vieja tentación que tiene el alma humana de juzgar sus propias concepciones superiores a las del Señor todopoderoso, tendencia que nos llevaría, si por algún absurdo esto nos fuera dado, a «escribir» una historia diferente de la que Dios ha querido.

Este pensamiento bien puede venirnos a la mente al analizar los comienzos de la Iglesia, tal y como se reflejan en la liturgia de este domingo.

En el Evangelio encontramos a aquel puñado de hombres, que debían predicar la buena noticia a toda criatura (cf. Mc 16, 15), abatidos por el desánimo y por el miedo entre las cuatro paredes del cenáculo, desprovistos de comunión de criterios —como lo demuestra la actitud de Santo Tomás al dudar del testimonio de sus compañeros (cf. Jn 20, 25)—, frágiles en la fe… ¡Cómo habríamos pensado una Iglesia naciente más «perfecta»!

Sin embargo, el Señor nos da una lección de omnipotencia. Así como entró en ese lugar a pesar de estar «con las puertas cerradas por miedo a los judíos» (Jn 20, 19), no existiría ningún obstáculo insuperable para Él a la hora de guiar en sus primeros pasos a la institución que había fundado. Así lo demuestra la primera lectura, en la que vemos esa misma semillita, aparentemente tan defectuosa, después de Pentecostés.

La cobardía de los discípulos se convirtió en «alegría y sencillez de corazón» (Hch 2, 46), de modo que pasaron a ser apreciados por los mismos judíos que antes los atemorizaban. La desarmonía dio paso a la «comunión fraterna», por la cual «todos los que habían abrazado la fe vivían unidos» (cf. Hch 2, 42.44). Y aquellas puertas cerradas por temores humanos y estrecho espíritu de partido, se abrieron con tal fe, audacia y deseo de conquista que «día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando» (Hch 2, 47).

Sí… ¡Cuán diferentes son nuestros criterios de los criterios de Dios! Qué distinta habría sido «nuestra» fundación de la Iglesia de la que Nuestro Señor Jesucristo deseaba. Ahora bien, Él quería mostrarnos que es normal que toda obra divina esté marcada por la dificultad y el sufrimiento en sus comienzos y, sobre todo, en su desarrollo, tal como, en la segunda lectura, enseña San Pedro a los primeros cristianos: es necesario «padecer un poco en pruebas diversas» (1 Pe 1, 6). De esta manera, el contraste entre la contingencia humana y la omnipotencia divina da a Dios la gloria que le corresponde.

Hermosa lección para nosotros, que tan a menudo elegimos, para guiarnos en nuestras vidas, criterios excesivamente personales y alejados de los designios divinos. Analicemos, pues, con ojos sobrenaturales las circunstancias que debemos atravesar, especialmente cuando nos contrarían, considerando que Dios siempre envía pruebas para santificarnos, como lo hizo con su Iglesia naciente y a lo largo de todos los siglos.