Evangelio del V Domingo de Cuaresma
En aquel tiempo, 20 entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; 21 éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, queremos ver a Jesús». 22 Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
23 Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. 24 En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. 25 El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. 26 El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. 27 Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: 28 Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del Cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo».
29 La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. 30 Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. 31 Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. 32 Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
33 Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir (Jn 12, 20-33).
I – ¿Dónde está la verdadera gloria?
Las deformaciones introducidas en la mentalidad moderna a partir de la influencia del cine de Hollywood —marcado por el invariable happy end, ese imaginario final feliz que sólo sucede en la pantalla— han acentuado en las últimas décadas, hasta el paroxismo, la tendencia a detestar cualquier clase de sufrimiento, como si sufrir o tener que sacrificarse fuera el colmo de la desgracia. Paralelamente, se ha estimulado el hirviente deseo de gozar la vida, aumentando los bienes de un modo inescrupuloso para acceder a los más excéntricos y costosos placeres. ¿No viven así, sumergidas en aparentes delicias, las celebridades de este mundo? La tecnología más avanzada, sobre todo en el campo de la cibernética puntera, las comodidades más emolientes, las modas más extravagantes, en suma, todo un universo de diversiones frenéticas está al alcance de este tipo de personas. He aquí la ilusión de nuestros contemporáneos: ser uno de ellos para, supuestamente, alcanzar un nivel inimaginable de felicidad. Se trata de protagonizar una especie de cuento de hadas, si bien que despojado de los encantos del lujo aristocrático, y ataviado con ostentosas ropas provenientes de los arrabales de la fealdad, cuidadosamente rasgadas y sucias. Sin embargo, ¿en esto consiste la verdadera gloria?La enseñanza del divino Maestro
Nuestros antepasados pensaban de manera distinta. Cada cual valía según las virtudes que poseía: honor, valentía, cortesía, honestidad, perseverancia, por mencionar sólo algunas. Y tales atributos se volvían aún más meritorios cuando los sobrenaturalizaba la gracia, cuidadosamente preservada ésta del riesgo que conduciría a perderla por el pecado. Así, los personajes dignos de elogio se distinguían por el hecho de dar su vida por una causa superior, habiendo sido capaces de afrontar el peligro y de haber llevado a cabo audaces renuncias.Pensemos en la honra tributada a los militares que derramaban con arrojo su sangre por el bien de la patria, en la consideración dispensada a los jefes de familia que llevaban una existencia austera para garantizarles mejores condiciones a sus descendientes, o incluso en la admiración suscitada por el ejemplo de los caballeros de antaño, siempre dispuestos a defender con su vida a los más débiles y necesitados y, sobre todo, los más sublimes intereses de la Santa Iglesia. Pues bien, el Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma arroja luz acerca de esta cuestión. Para Jesús, modelo supremo de la humanidad, la verdadera gloria consiste en la cruz, en la aceptación viril y seria del holocausto llevado al extremo. El Señor corroboró esta enseñanza con el crudelísimo ejemplo dado en su Pasión y, por eso, ahora enfrenta y destruye los mitos y fantasías con los que el demonio pretende aprisionar entre sus sórdidas garras a los espíritus creados para una gloria más alta. No, el hombre no ha nacido para relajarse en los pantanosos lodazales de este mundo, sino para conquistar las sacrosantas cimas del heroísmo. Y para ello hay que estar dispuesto a abandonar los estrechos límites del egoísmo y aprovisionarse de las armas de la luz, a fin de librar un magnífico combate. Como enseñaba el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, «la vida de la Iglesia y la vida espiritual de cada fiel es una lucha incesante. Dios a veces le da a su Esposa días de grandeza espléndida, visible, palpable. Le da a las almas momentos de consolación interior o exterior admirables. Pero la verdadera gloria de la Iglesia y del fiel resulta del sufrimiento y de la lucha. Una lucha árida, sin belleza sensible, ni poesía definible. Una lucha en la que a veces se avanza en la noche del anonimato, en el lodo del desinterés o de la incomprensión, bajo las tormentas y el bombardeo desatado por las fuerzas conjugadas del demonio, del mundo y de la carne. Pero una lucha que llena de admiración a los ángeles del Cielo y atrae las bendiciones de Dios».1 Por eso coronaba sus palabras con el epígrafe: «La verdadera gloria sólo nace del dolor». He ahí la clave para interpretar el Evangelio de hoy.Para Jesús, modelo supremo de la humanidad, la verdadera gloria consiste en la cruz, en la aceptación viril y seria del holocausto llevado al extremo
II – ¡La gloria es la cruz!
El contexto del pasaje de San Juan recogido en esta liturgia no podía ser más decisivo y, al mismo tiempo, más crítico en la vida del Señor. En el capítulo undécimo de este Evangelio, le había devuelto la vida a Lázaro, rompiendo en mil pedazos la campana de silencio con la que el sanedrín pretendía cubrir su acción. En consecuencia, los líderes judíos dispusieron sacrificarlo por el bien de la nación: «Y aquel día decidieron darle muerte» (Jn 11, 53).Sin embargo, Jesús «excita su ardor como un guerrero» (Is 42, 13) y, después de una rápida retirada estratégica, regresa a Betania, donde María lo unge por segunda vez con purísimo perfume de nardo. El domingo siguiente entra triunfalmente en Jerusalén, siendo aclamado por la multitud que cubría el camino con ramos de palmeras. ¡La provocación no podía ser más osada! El divino Caballero iba al encuentro de su dolorosa Pasión, a tal punto que los fariseos se decían a sí mismos: «Veis que no adelantáis nada. He aquí que todo el mundo le sigue» (Jn 12, 19).Jesús entra en Jerusalén aclamado por la multitud. ¡La provocación al sanedrín no podría ser mayor! El divino Caballero iba al encuentro de su Pasión
El premio de la adoración
En aquel tiempo, 20 entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos.
Humildad y amor
21 Éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, queremos ver a Jesús». 22 Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
La hora de la gloria
23 Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre».
Jesús es la divina semilla
24 «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto».
Santo Tomás3 comenta que Jesús se presenta a los suyos como la semilla destinada a dar fruto: si Él no muriera, no se lograrían los efectos de la Redención. Entre ellos, el Angélico enumera tres: la remisión de los pecados —«Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conduciros a Dios» (1 Pe 3, 18); la conversión de los gentiles —«Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32); y la apertura de las puertas del Cielo, el acceso a la gloria por parte de la humanidad regenerada por la fuerza de su sangre —«Teniendo libertad para entrar en el santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que Él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne, acerquémonos con corazón sincero» (Heb 10, 19-20).Él se presenta a sus seguidores como la semilla destinada a dar fruto: si no muriera, no se lograrían los efectos de la Redención y su gloria no se manifestaría a las naciones
¿Perder la vida para conservarla?
25 «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna».
Él mismo pondría en práctica esta enseñanza, afrontando su muerte ignominiosa para conquistar el triunfo de la Resurrección, como recuerda San Pablo: «Corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (Heb 12, 1-2). Pero ¿qué vida se pierde y cuál es la que se gana? Se pierde la vida temporal, se gana la vida eterna. Se abandonan los deleites pasajeros ligados a la buena fama, al confort, a la seguridad y a los placeres ilícitos opuestos a la virtud angélica para abrazar una vida austera, marcada por la lucha y la persecución, que implica, en cierto modo, morir para el mundo aun permaneciendo en él. A los que abrazan este género de muerte, les está reservada la verdadera vida: el Cielo; mientras que los apegados a los deleites de una existencia voluptuosa perderán su alma para siempre en las terribles y siniestras profundidades del infierno.He aquí un principio que aterroriza a los hombres carnales y mediocres: es necesario morir al mundo y a sus placeres, para conservar la vida eterna y ganar el Cielo
No hay mayor honra
26 «El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».
La sublime y trágica hora de Jesús
27 «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora».
La cruz y la gloria
28 «Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del Cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo».
No todos distinguen la voz del Padre
29 La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. 30 Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros».
La cruz juzga, derrota, atrae, triunfa
31 «Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. 32 Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». 33 Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.
La cruz también manifiesta la derrota del demonio, príncipe de este mundo. En ella el Hijo de Dios se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte. Con su perfecta sumisión teñida de sangre, el Señor reparó el pecado de nuestros primeros padres y destruyó el imperio del impostor por excelencia, que es Satanás. A partir de entonces, quien abrazase la cruz con fe y determinación, jamás podría ser vencido; al contrario, aplastaría y pisotearía al enemigo infernal. Finalmente, el evangelista menciona la fascinante belleza de la divina Víctima clavada en la cruz, capaz de atraer a todos hacia sí. El poder de atracción del amor es incalculable, y no hubo, no hay ni habrá un amor tan extremado, tan generoso, tan heroico como el del Cordero inmolado. Entonces, ¿cómo lo rechazan tantos hombres? He aquí el misterio de la iniquidad: ¿quién puede entender el pecado? (cf. Sal 18, 13).Siendo la manifestación más refulgente del amor, la cruz se convertiría en el parámetro de la radicalidad exigida a los hombres en el cumplimiento de los dos mandamientos que resumen toda la ley
Amar es algo serio y requiere renuncia y dadivosidad. No todos quieren pagar este tributo y prefieren permanecer cómodamente instalados entre los exiguos muros del egoísmo. ¡Ay de aquellos que rechazan el amor del Crucificado, que se nos muestra claramente! ¡Ay de los que no quieren imitarlo en el amor a Dios y a sus hermanos! Más les valdría no haber nacido, como le fue dicho a Judas, el traidor (cf. Mt 26, 24). ¡Bienaventurados, sin embargo, los que aman la cruz, porque triunfarán con Jesús por siempre!Amar es algo serio y requiere renuncia y dadivosidad, pero no todos quieren pagar este tributo y prefieren permanecer cómodamente instalados en los exiguos muros del egoísmo
III – La gloria de sufrir con espíritu sobrenatural
En gran medida, nuestra existencia en este mundo consiste en padecer. La cruz constituyó, sin duda, un desafío de proporciones gigantescas para el propio Jesús, pero Él lo afrontó con la valentía del más audaz de los guerreros, confiando en el amor del Padre. Imitemos a nuestro Salvador.Él es nuestro modelo, nuestro guía, el camino trazado por Dios para que alcancemos el Cielo, es también nuestra fuerza invencible, nuestro compañero inseparable. Nadie carga con su cruz solo, porque Jesús se convierte en nuestro divino Cireneo. Confiemos, pues, en su auxilio y en el de su Madre Santísima, Corredentora del género humano, que con Él nos ha salvado de nuestros pecados. ◊Imitemos a nuestro Salvador, que afrontó padecimientos de proporciones gigantescas con la valentía del más audaz de los guerreros, confiando en el amor del Padre
La verdadera gloria sólo nace del dolor
Plinio Corrêa de Oliveira
A lo lejos, una multitud asiste —con su habitual entusiasmo, como es normal— a un desfile de los granaderos de la reina en uniforme de gala. Desde hace mucho tiempo, las tácticas militares hicieron inútiles uniformes como éste: pantalones negros, dolmanes rojos con cinturón y adornos blancos, guantes blancos, un gran gorro de piel. Pero se conserva con fines morales: mantener la tradición del ejército y hacer que el pueblo sienta el esplendor de la vida militar. La gloria, de hecho, ha de expresarse a través de símbolos. Dios se sirve de ellos para manifestarles a los hombres su propia grandeza. Y en esto, como en todo, debemos imitar a Dios. Ahora bien, el uniforme de los granaderos, su marcha impecablemente acompasada y alineada, la ufanía con que el abanderado porta el pendón nacional y el guía indica la dirección de la marcha, el redoble de los tambores y el toque de las cornetas, todo en una palabra expresa la belleza moral inherente a la vida militar: elevación de sentimientos, abnegación hasta la sangre, fuerza para emprender, arriesgar y vencer, disciplina, gravedad, heroísmo en definitiva.
Extraído de: Catolicismo. Campos dos Goytacazes. Año VII. N.º 78 (jun, 1957); p. 7.
Notas
1 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. «Ambientes, Costumes, Civilizações: A verdadeira glória só nasce da dor». In: Catolicismo. Campos dos Goytacazes. Año VII. N.º 78 (jun, 1957); p. 7.
2 Cf. SAN AGUSTÍN. Contra Maximinum arianorum episcopum. L. II, c. 13, n.º 2: PL 42, 770.
3 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Lectura super Ioannem, c. XII, lect. 4.
4 Ídem, ibídem.