Evangelio 


En aquel tiempo, 9 Jesús dijo esta parábola a algunos que
confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban
a los demás:

10 “Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano.11 El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. 12 Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo’.

13 El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ‘¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’. 14 Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lc 18, 9-14).

I – La virtud que abre el camino a todas las gracias 

La parábola del fariseo y del publicano, que recoge el Evangelio de este trigésimo domingo del Tiempo Ordinario, nos presenta una excepcional lección de humildad, al delinear con nitidez la figura del orgulloso y la del pecador que implora la misericordia de Dios.

Cuando meditamos sobre ella, nuestra atención suele detenerse en la disposición de espíritu de cada uno de los personajes al entrar en el Templo para rezar. Sin embargo, lo que define a ambos es la manera como salieron de allí. El que se juzgaba cubierto por un manto de gloria, dones y buenas obras, regresa a su casa mucho peor que antes, mientras que el otro, después de presentarsea Dios envuelto en un manto de penitencia y vergüenza, vuelve completamente perdonado. Se cumple así la sentencia presentada en la primera lectura, sacada del libro del Eclesiástico: “La oración del humilde atraviesa las nubes” (35, 21).

Incluso si el publicano no fuera reo de ningún pecado, su unión con Dios habría aumentado al terminar su oración, porque la humildad atrae la benevolencia del Altísimo y constituye el canal por el cual las gracias descienden sobre
el alma. “Dios resiste a los soberbios, mas da su gracia a los humildes”, recuerda San Pedro en su primera epístola (5, 5).

El requisito primordial para la práctica de esa virtud consiste en reconocer que es imposible alcanzar cualquier mérito sobrenatural sin el auxilio de Nuestro Señor Jesucristo, conforme Él mismo enseñó: “Sin mí no podéis hacer nada”
(Jn 15, 5). La afirmación es tajante: no está dicho que podamos hacer “poco” o “algo”; las Escrituras dicen ¡nada!


Todo nos viene de Él, tanto los merecimientos como las fuerzas para practicar el bien. Nuestra vida espiritual debe estar fundada en la convicción de esa completa dependencia con relación a Dios. Confiar en nuestras propias cualidades,
reales o imaginarias, nos conduce a una actitud de autosuficiencia análoga a la del fariseo.

El orgullo obstruye el conducto por el cual las gracias podrían haber llegado hasta él. Su oración se reduce a dar testimonio de sí, enumerando supuestas virtudes atribuidas a sus esfuerzos personales, sin referencia alguna a la acción de Dios. Satisfecho consigo mismo, no pidió perdón ni suplicó ninguna ayuda, pues no veía ningún mal o laguna a ser sanados por la Providencia. En consecuencia, no recibió nada: acumuló, por el contrario, razones para un merecido castigo.

Caracterizado así uno y otro personaje, analicemos más de cerca el modo como cada uno de ellos se relaciona con el Creador.

II – Un elenco de vicios y una oración perfecta

El pasaje del Evangelio de San Lucas seleccionado por la liturgia de este domingo corresponde al tercer año de la vida pública de Nuestro Señor, cuando se encontraba en la región de Perea, camino de Jerusalén.

Algunos versículos antes el evangelista nos
había mostrado al divino Maestro respondiendo a una pregunta de los fariseos sobre la venida del Reino de Dios e instruyendo a sus discípulos con respecto a los acontecimientos en el fin del mundo.

Siguen a esos pasajes la parábola de la viuda pertinaz y del magistrado injusto, con
el cual Jesús ilustraba la importancia de ser insistentes en la oración y, en seguida, la que ahora comentamos.

Maqueta del Segundo Templo de Jerusalén – Museo de Israel, Jerusalén

 

Alerta para los que confían en sí y desprecian a los demás

La finalidad del Salvador al proponer la parábola es así expresada en el texto sagrado:

En aquel tiempo, 9 Jesús dijo esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:...

El discurso de Nuestro Señor tenía por objeto no sólo recriminar a los fariseos, sino también a todos los que poseían la misma mentalidad presuntuosa, al juzgarse fuertes para enfrentar cualquier tentación y practicar los Mandamientos.


Esa postura conduce de manera inevitable, como hemos visto, a la ruina de la vida espiritual, a desproveerla de su más sólido fundamento. Y perjudica también la buena armonía en las relaciones sociales, maculando la convivencia con la
prepotencia y el desprecio por los demás. 

Ambiente y disposiciones que preparan para la oración

10a “Dos hombres subieron al Templo a orar”.

El escenario en el cual Jesús sitúa la parábola es el Templo de Jerusalén. Estaba construido en uno de los puntos más altos de la ciudad, localización ideal para un lugar de oración, propia a transmitir la sensación de la proximidad
con Dios. Para rezar en el Templo era necesario subir hasta él.


Pero también hay un sentido simbólico en esas palabras del Evangelio. Dios siempre quiere comunicarse con nosotros; “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). No obstante, para oír su voz hemos de subir, es decir, dejar a un lado las preocupaciones terrenas y elevar la mente al Cielo.

10b “Uno era fariseo; el otro, publicano”.

Aunque ambos personajes habían ido a aquel ambiente sagrado “a orar”, bien distintas eran sus intenciones. Podemos imaginar que, a lo largo del camino, el publicano se sentía un fracasado, con la conciencia pesada por el recuerdo de sus faltas, pero con su corazón volando de esperanza en el auxilio divino.


El otro, a pesar de practicar la verdadera religión, no fue al Templo para reverenciar al Señor, sino para exhibirse y satisfacer su egoísmo. Ciertamente, mientras se dirigía hacia allí se estaría ocupando en contemplar sus supuestas
maravillas, tomando los actos de piedad que en breve realizaría como mero pretexto para atraer las atenciones sobre su persona y adorarse a sí mismo.

Virtudes que no poseía ni desea adquirir

11a “El fariseo, erguido, oraba así en su
interior: ‘¡Oh Dios!, te doy gracias’...”

Parecería innecesario resaltar que el fariseo está “erguido”, pues era habitual que los judíos rezaran así. Pero Nuestro Señor agrega ese detalle a la narración como signo exterior de soberbia de aquel hombre, que hablaba con Dios
creyéndose igual a Él. La vanidad lo hacía incapaz de asumir una posición de inferioridad, como arrodillarse, postrarse o siquiera bajar la cabeza.


Sus primeras palabras llevan a pensar que al menos agradecería a Dios los favores obtenidos, practicando el segundo de los cuatro actos de culto que componen la buena oración: adoración, acción de gracias, arrepentimiento y petición. Con todo, se limita a presentar una alabanza de sus propias grandezas, sin hacer mención alguna a la generosidad divina. Así actúan todos los orgullosos: no saben agradecer nada, porque siempre se creen merecedores de los beneficios recibidos.


A veces, es indispensable que uno justifique
sus actos, sea para su propio progreso espiritual, sea para provecho del prójimo, como hace San Pablo en la segunda Carta a los corintios. Al verse obligado a escribir sobre la grandeza de sus acciones apostólicas y sobre la santidad
de su comportamiento, el Apóstol reconoce que no consiguió nada por sus fuerzas, y lo atribuye todo a la gracia divina: “Nuestra capacidad nos viene de Dios” (2 Cor 3, 5).


No es esa la actitud del fariseo. Hipócritamente finge ser un hombre religioso, amante de la oración, pero habla respecto a sus obras buenas no con la intención de atraer la atención de los demás hacia Dios, sino de proyectare, ostentando virtudes que en realidad no posee ni desea adquirir. 

Oración del publicano y del fariseo, por Gustave Doré

Mentalidad opuesta al perdón de Dios

11b “...porque no soy como los demás
hombres: ladrones, injustos, adúlteros;
ni tampoco como ese publicano”.

De modo sumario, el fariseo divide a la hu manidad en dos categorías: una, sui géneris, constituida por él mismo, y la segunda formada por los “demás hombres”. Él es el único virtuoso; los otros, de acuerdo con su juicio temerario, son bandidos, mentirosos, impuros, culpables de toda clase de pecado.

En lugar de entristecerse con los defectos del
prójimo, se regocija al considerar cómo los demás son miserables, pues eso le hace sentirse engrandecido en sus pretendidas cualidades. Así está imitando al demonio, a quien el Apocalipsis lo describe como el “acusador de nuestros hermanos” (12, 10). ¡Cuán diferente se revela esa reacción de aquella primera palabra pronunciada por Nuestro Señor al ser clavado en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34)!


El fariseo, por egoísmo, no desea el perdón de Dios para los otros; por orgullo, no lo quiere ni para él. Se considera una criatura perfecta y, cuando alguien lo sorprende en un vicio, encuentra todo tipo de racionalizaciones para disculparse. Nunca admite que está equivocado. 

El justo, además de rezar por aquellos que andan mal, le pide a Dios la gracia de no caer en los mismos errores, pues sabe que sin el auxilio sobrenatural sería capaz de hacer cosas aún peores. Se juzga ruin, se recrimina hasta las faltas
que no ha cometido y recela poseer yerros ocultos, que su conciencia no se los haya indicado, tal vez debido a algún relajamiento de ésta.

La comparación, un signo característico del orgullo

Es propio también de las almas orgullosas el vicio de la comparación manifestado de forma paradigmática en la oración del fariseo: “te doy gracias porque no soy como los demás”.

Al entrar en contacto con los otros y toparnos con sus cualidades, el instinto de sociabilidad nos lleva a admirarlas. Pero a esa primera actitud le sigue inmediatamente esta interrogante: “¿Yo sería capaz de hacer lo mismo?”.


En la manera como se reaccione ante ese impulso se manifestará la virtud o el defecto. Si la persona se detiene en la pregunta y llega a una respuesta afirmativa, corre grave riesgo de pecar por orgullo; si es negativa, fácilmente concebirá un sentimiento de envidia. Por eso el santo nunca se compara con los otros; su punto de referencia es Dios. Cuando observa las cualidades de los demás sólo tiene por objetivo alabarlo y dar gracias al Altísimo por lo que poseen de bueno.

El fariseo, no obstante, se deja arrastrar por esa inclinación natural e inmediatamente después de emitir un juicio temerario contra todos los hombres, pasa a exaltarse. Nuestro Señor muestra así, através de una parábola diseñada con divina maestría, la correlación entre el orgullo y el vicio de la comparación.

En el alma del fariseo, los vicios se entrelazan

12 “Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

Las obras enumeradas por el fariseo probablemente eran rea‐
les, pero estaban desprovistas de lo principal: el amor a Dios.
Incluso si, por una gracia, las había realizado con recta intención, no debería detenerse a considerarlas como lo
hace en esa oración.

En la ilusión de verse como hombre perfecto, ignora que sólo era capaz de actuar así por disposición de la Providencia. Ayunó porque Dios estableció y bendijo esa práctica; si pudo
pagar el diezmo, era por haber recibido los bienes necesarios para ello.

El fariseo juzga, encima, que está prestando un favor a Dios, y con esas exterioridades pretende cobrar al Altísimo los méritos supuestamente obtenidos por ellas. Él, que acusa a los otros de ladrones, se vuelve reo de un crimen mucho
peor: apropiarse de lo que le pertenece a Dios. 

Por medio de esa corta oración, Nuestro Señor revela lo que hay en el fondo del alma del fariseo, mostrando cómo los vicios en ella se entrelazan y forman un conjunto cohesivo: el
orgullo lo lleva a faltar a la verdad, a despreciar e injuriar al prójimo y a adueñarse en beneficio propio de lo que deberían ser actos de alabanza a Dios.

Plegaria de arrepentimiento y modestia

13 “El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ‘¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’ ”.

La sociedad judía consideraba a los publicanos como ver‐
daderos leprosos de alma, personas repulsivas y merecedoras de desprecio. Eran judíos contratados por
el Gobierno romano para recaudar los impuestos de Israel, pero en el ejercicio de la profesión, a menudo, practicaban extorsiones, cobrando sumas excedentes para su provecho. Ese recolector de la parábola sabía que era blanco del odio del pueblo y sentía su capitis diminutio; por eso se coloca al fondo del Templo para rezar.

Para un publicano era difícil, si no imposible, mantenerse enteramente honesto y equilibrado en su oficio, sin dejarse llevar por la avaricia. Nada atrae tanto al corazón humano como el dinero, y sin duda que el pecador de la parábola se aprovechó de las circunstancias para satisfacer sus propios intereses financieros. Debía cargar numerosos problemas de conciencia no sólo por haber robado, sino también por faltas
en otras materias, como es forzoso que le suceda a quien anda mal en el uso del vil metal.

Al poner en los labios del publicano esa plegaria toda ella hecha de arrepentimiento y de modestia, Nuestro Señor crea un contraste que estigmatiza la postura del fariseo y nos enseña a tener una confianza sin límites en la bondad
del Padre, como destaca el salmo responsorial de este domingo: “El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó”.


Afligidos son todos los que reconocen que no valen nada sin el auxilio divino y se acercan al Creador compenetrados de su miseria.

 ¡De los humilde es el Reino de los Cielos!

14 “Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

Regresar a casa sin ser justificado significa cargar en sí con la maldición del estado de pecado. Quien decidió colocarse en el lugar de Dios empieza a experimentar ya en esta tierra las infelicidades del Infierno.


La parábola compuesta por Nuestro Señor nos enseña que no sirve de nada emplear buena parte de nuestra existencia yendo a la iglesia, rezando interminables oraciones, peregrinando a lugares santos u ofreciendo limosnas y sacrificios si estos actos no van acompañados de la virtud de la caridad y de la práctica de los Mandamientos. Es propio de espíritus farisaicos alabar a Dios con exterioridades y ofenderlo en el corazón, haciéndose merecedores de la condenación eterna.


Nada atrae más el auxilio del Altísimo que reconocerse lleno de faltas y defectos, como hizo el publicano en su oración. “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es
el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3). 

Detalle del vitral de Jesús con Marta y María Universidad de Nuestra Señora del Lago, San Antonio (EE. UU.)

III – ¿Y si Jesús predicara en nuestros días?

La parábola del fariseo y del publicano presenta de forma muy viva uno de los vicios que más perjudicaba el progreso espiritual de los judíos de la época: el orgullo farisaico y sus desastrosos efectos en la convivencia con el prójimo.

Al personificarlo en el fariseo, Nuestro Señor ponía en foco la maldad de los que, concibiendo la religión como un intercambio de favores entre Dios y los hombres, entendía la virtud como sinónimo de verse libres de las obligaciones concretas para con Él.


Pero si Jesús estuviera dirigiéndose a los hombres de nuestro tiempo, ¿el contenido de la parábola sería el mismo?

La oración admirativa de un fariseo virtuoso

En nuestros días está muy extendido un defecto bastante sutil, que mina a fondo las relaciones entre los hijos de la luz y disminuye inmensamente el valor de nuestra oración: la incapacidad de admirar las virtudes del otro y de agradecerle a Dios esos dones.


Si Jesús, predicando hoy en las plazas e iglesias, quisiera alertarnos contra ese yerro, tal vez decidiera cambiar el perfil de los personajes de la parábola, y lo haría tratando de poner
de relieve cómo el combate al amor propio ha de marcar nuestra convivencia.

Quizá el divino Maestro presentara al fariseo como un hombre virtuoso, que hiciera la siguiente oración:


“Te doy gracias, Señor, porque les diste a los otros más que a mí. Mirando al pobre pecador que está allí al fondo, veo tu misericordia y tus cuidados desplegándose sobre él y obrando en su alma una restauración tal, que terminará dándole mucho más de lo que poseía antes de apartarse de la práctica de los Mandamientos.


“Te contemplo concediéndole el arrepentimiento y un sincero deseo de enmienda. Veo tu amor mucho más aguzado ante su miseria que ante la virtud de tantos que, también por tu bondad, has preservado de las caídas. Después de haberse hundido en mil abismos, este pecador tiene ahora la alegría de experimentar la grandeza de tu perdón, y junto con ella, la gracia de comprenderte mejor.


“En él eres más glorificado todavía. ¡Alabado seas, Señor! Te agradezco el poder ver a este miserable colmado de dones superiores a los de otros que siempre han tratado de serte fiel. De este modo muestras que nadie es santo por esfuerzo propio: todo depende de tu infinita misericordia.

“Y ahora, Señor, te ruego: dame, si es posible, una centella de las gracias que tan maravillosamente le concedes a ese pecador. Así yo también participaré de tu alegría y, reconociéndome un gusanillo y miserable pecador, podré
alabar, como él, vuestra liberalidad...”.

“Concédeme una pizca de la santidad que le has dado”

El publicano, a su vez, continuaría reconociendo sus pecados con humildad, pero diría en su interior:


“Señor Dios, ten piedad de mí, que soy pecador. Como criatura tuya, te reconozco como Señor, pero no oso llamarte Padre. Indigno de considerarme hijo, siento, sin embargo, que no me rechazas... Tal vez incluso me toleras algunos instantes más en tu presencia.


“He aquí que veo, allí delante, a un hombre virtuoso, a quien le has dado abundantemente todo lo que yo he desperdiciado. Él sí que es santo: un verdadero hijo tuyo. Mírale a él, Señor, y no a mí, porque yo no lo merezco. ¡Cómo me alegra saber
que en este mundo donde, infelizmente, tantos siguen el mismo camino miserable recorrido por mí, hay al menos un varón que vive según tu voluntad, engrandeciéndote en todo! Observa, Señor, cómo es honesto, recto y justo. Fíjate el ejemplo que da y el bien que hace a los demás.


“Como él, supongo que existirán otros hombres así. Son esas personas las que aplacan tu justicia y evitan que nos extermines, como mereceríamos por nuestras culpas. Quien sabe, Señor, si aún no has cortado el hilo de mi vida en
atención a la virtud de quien se encuentra allí al frente, de espaldas a mí. Él no me conoce y quizá ni sepa que existo, pero su virtud bien puede ser el incienso de agradable perfume que te lleva a darme otra oportunidad de recurrir a
ti. Entonces, Señor, te suplico: santifícalo aún más, multiplica sus virtudes y sus dones, manifiesta tu poder dadivoso para con él, haciendo patente a los ojos de todos cómo te alegras en premiar la virtud.


“Por otro lado, Señor, me atrevo a pedirte: por los méritos de su virtud, no me trates según mis miserias, sino concédeme una pizca de la santidad que le has dado. Eres la fuente de todo bien. Permaneciendo junto a ti, podré admirar
siempre la luz puesta en las almas que, como la suya, te son verdaderamente fieles...”.

Quien admira, recibe el fruto de su admiración

El fariseo y el pecador bien podrían haber rezado así en una versión arreglada de la parábola. Y si Nuestro Señor quisiera finalizar la imaginaria versión del relato bíblico con una conclusión adaptada a las actuales circunstancias, quizás
cambiaría el último versículo por palabras como estas: “En verdad, en verdad, os digo: ambos habéis regresado a casa no solamente justificados, sino colmados cada uno con dones sobrenaturales destinados al otro. Porque quien admira recibe el fruto de su admiración, y quien pide gracias en beneficio de su hermano, recibe en sí el doble de lo que deseó para él”.

¡Cuánto lucraríamos si considerásemos a los
demás de acuerdo con la enseñanza de esta “parábola”! Si, en la sociedad del Reino de María, la admiración entre los hijos de la luz será la fuerza motriz de la convivencia, ¿por qué no adelantamos esa felicísima era, predicha por Nuestra Señora en Fátima, practicando desde ahora mismo
esa forma de combate al amor propio? 

Imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María Casa Lumen Maris, Ubatuba (Brasil)