Misión ardua, pero posible
La educación siempre ha sido y sigue siendo un gran desafío, que resulta hasta desalentador si tenemos en cuenta la inmensidad de las dificultades que ofrece el mundo actual y la legión de enemigos, velados o declarados, que perturban la relación padres-hijos. Difícil, sin embargo, no significa imposible. Y el secreto del éxito está, en primer lugar, en que los padres se convenzan de la desmesurada labor que asumen e imploren el auxilio especial de Dios, ante quien prometieron fidelidad incondicional cuando abrazaron las vías del matrimonio. En la oración, sobre todo, es donde encontrarán fuerza y sabiduría para guiar cada etapa de la formación de sus hijos. El segundo paso consiste en escuchar los consejos que la Santa Iglesia, como verdadera maestra de la verdad, ofrece a las familias cristianas de todos los tiempos.Afecto verdadero y equilibrado
Según la sana tradición cristiana, tantas veces sostenida por el magisterio, existen algunos principios generales que han de observarse en un proceso de instrucción católico y saludable.
«Una madre regaña a su hijo», de Albert Becker
Amor sin predilecciones
El afecto ha de observar también otra regla importante, principalmente en las familias numerosas: no puede mostrar predilecciones basadas en afinidades temperamentales o intelectuales, sino que debe dedicar el mayor cuidado posible a todos los hijos, tratando a cada uno de ellos como un don de Dios, el fruto más excelente del matrimonio.2 De la misma manera, los padres no pueden proyectar sus propios anhelos o ambiciones en sus hijos, porque su meta es el bien y la felicidad de ellos y nunca su beneficio personal. Hacer planes específicos para el futuro de los hijos, como proyectar carreras y estilos de vida, sin tener en cuenta las aptitudes y tendencias de los pequeños es el camino hacia la infelicidad.
Educar no es sólo decir «sí» o «no»
Hay quien piensa que educar consiste únicamente en dictar normas de disciplina. La verdadera educación va mucho más allá, porque tiene un doble alcance: afecta al cuerpo y al alma. Utilizando las reglas como medio y no como fin, desarrolla bienes corporales como la salud, la disposición y la energía, con el objetivo de crear condiciones favorables para el perfeccionamiento intelectual y espiritual del niño. En efecto, los padres tienen la obligación de fomentar en sus hijos, con las palabras y el ejemplo, las virtudes naturales y sobrenaturales, tarea que abarca desde la instrucción básica —normas de comportamiento, aseo y cortesía— hasta la más importante: la enseñanza religiosa.
Jornada paulatina
Así como un medicamento se volvería venenoso si se ingiriera en grandes cantidades en una sola ocasión, la formación de un hijo es un proceso gradual —se extiende desde la cuna hasta la plena madurez— y fracasaría si se adelantaran sus etapas. Cada retoño debe ser modelado según su edad y temperamento, en una sabia mezcla de afecto y severidad, reconocimiento y exigencia, estímulo y reprensión. Durante los encantadores tres primeros años de vida, se recomienda darle al niño pequeñas responsabilidades, como guardar sus juguetes, organizar sus pertenencias, llevar su ropa sucia a un lugar determinado y aprender a quitar el polvo de ciertas superficies. Esto le permitirá adquirir nociones de orden y limpieza. Después de eso, hasta los 7 años, se aconseja que ayude a cuidar de la mascota de la familia, haga su propia cama, riegue las plantas y lave algunos platos, para que se sienta parte activa de la familia. Si va creciendo sanamente en responsabilidades, llegará a los 12 años sabiendo colaborar en algunas tareas domésticas, como preparar comidas sencillas, limpiar la casa, lavar algo de ropa e incluso cuidar de sus hermanos pequeños, pero sin dejar de disfrutar de las alegrías de la vida infantil.
como la instrucción religiosa: las nociones básicas sobre Dios y los actos de
piedad en familia son elementos claves en la formación moral de los niños.
«Acción de gracias», de Karl Gebhardt - Colección privada
Esperanza de la Iglesia y del mundo
No existe universidad que forme buenos padres…, como tampoco hay un método capaz de prever todas las casuísticas que implican la educación de los hijos. Sin embargo, una cosa es cierta: lo que los progenitores le exijan al niño durante su proceso de formación constituirá su suerte para el resto de la vida, y todo lo que llegue a ser en el futuro constituirá un reflejo de la educación recibida en casa. Queridos padres y madres que habéis invertido el tiempo leyendo este artículo, no escatiméis esfuerzos en la educación de vuestros retoños: ellos sentirán, bajo el velo de la vida familiar, la bondad de Dios mismo, que prometió ser para los hombres un Padre siempre compasivo (cf. Sal 102, 13), y tendrán la alegría de cumplir el mandamiento de cuya práctica el propio Redentor quiso dar ejemplo: «Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra» (Éx 20, 12). Además, como jóvenes cristianos bien instruidos, serán la esperanza de la Santa Iglesia para la transformación de la sociedad y del mundo. ◊Notas
1 Boulenger, Auguste. Doutrina Católica. São Caetano do Sul: Santa Cruz, 2022, t. ii, p. 86.
2 Cf. CCE 2378.