La devoción al Rosario tiene enorme fuerza y sustancia. No está hecha sólo de emociones, sino que es seria y llena de pensamiento. A través de ella, la vida espiritual del católico se constituye como un sólido y esplendoroso edificio de certezas.
Oración que nos une íntimamente a Dios
¿Qué viene a ser el Rosario? En síntesis, se trata de una composición de meditaciones sobre la vida de Nuestro Señor Jesucristo y de su Madre Santísima, sumada a oraciones vocales. Tal conjunción —de la oración vocal con la mental— es verdaderamente espléndida, pues mientras se pronuncia con los labios una súplica, el espíritu se concentra en un punto. Así, el hombre hace en el orden sobrenatural todo lo que puede: a través de sus intenciones se une a lo que sus labios pronuncian y por su mente se entrega a aquello que su espíritu medita.
en la Casa Lumen Prophetæ, Mairiporã (Brasil)
Devoción fuerte, seria, llena de pensamiento
En el Rosario encontramos pequeños, pero preciosos tesoros teológicos que lo convierten en una obra maestra de la espiritualidad y de la doctrina católica. Esta devoción tiene enorme fuerza y sustancia. No está hecha únicamente de emociones; al contrario, es seria, llena de pensamiento, con razones firmes. A través de ella la vida espiritual del varón católico se constituye un sólido y esplendoroso edificio de conclusiones y certezas. Además de eso, la meditación de los misterios de la vida de Nuestro Señor y de su Madre le proporciona al fiel la oportunidad de recibir gracias propias a aquel hecho que está contemplando. Al analizar las innumerables gracias que María Santísima viene distribuyendo por medio del rezo del Santo Rosario, vemos en él algo que lo hace superior a los demás actos de piedad mariana. Ahora bien, ¿cuál es la razón de esto? Antes que nada, merece la pena señalar que Nuestra Señora, al ser excelsa Reina, tiene el derecho de establecer sus preferencias. Y quiso elevar esa devoción por encima de las demás, distribuyendo gracias especialísimas a través del rezo del Santo Rosario.Resolución de rezar siempre el Rosario
¡Nunca nos apartemos de él!
El Rosario es la oración de los fuertes, la oración de los luchadores, pues posee tal eficacia que hace retroceder al mal y avanzar al bien. Ata al fiel a Nuestra Señora y ahuyenta al demonio, el cual le tiene odio y terror. A los que se sientan tentados, les doy esta recomendación: ¡Agarren el rosario! Pero agárrenlo físicamente, no lo suelten nunca. Incluso al acostarse, procuren tener el rosario a mano, de manera tal que lo sientan consigo. Y si tuvieran recelo de que se pudiera caer al suelo —debemos tratarlo con toda reverencia—, cuélguenselo del cuello o colóquenlo en el bolsillo.«Quisiera resucitar con el rosario en mis manos»
Cuando nuestras manos ya no pudieran abrirse ni cerrarse y tuvieran que ser movidas por otros que nos asisten, tengamos, como última actitud de oración, el rosario entrelazado en nuestros dedos, de modo que, cuando llegue la resurrección de los muertos y nuestro cuerpo retome la vida, entre nuestros dedos vivificados esté el santo rosario. Quisiera que, en el momento en que todos los justos sean convocados a la resurrección, mi primer ósculo fuera en el rosario que se encontrara en mis manos. He aquí un consejo para después de la resurrección. Nunca escuché que se dieran consejos o se llegara a algún acuerdo para ese momento, pero les propongo uno. Cuando todos resucitemos, entre los resplandores del Juicio final, recordémoslo: «Estaba acordado». Y entonces ¡besemos el Rosario! ◊Extraído, con adaptaciones, de: Dr. Plinio. São Paulo. Año XIII. N.º 146 (mayo, 2010); pp. 26-29.
Belleza material y simbólica del Rosario
En mi opinión, la belleza del Rosario no se restringe solamente a las excelencias de orden espiritual que él les proporciona a las almas. Su maravillosa eficacia impetratoria, así como el complacimiento que le da a Dios y a Nuestra Señora, se exterioriza también en la forma material del rosario, rodeada de imponderables que nos hacen sentir la pulcritud de esa devoción, con algo de bello e indescriptible que me parece superiormente adecuado e insustituible. Me acuerdo de cuando aún era alumno del Colegio San Luis, a principios de la década de 1920, y percibí que empezaba a difundirse un tipo nuevo de rosario, «más discreto», como pretendían los que lo idearon. Se trataba de un objeto parecido a ciertas máquinas calculadoras de entonces, con dos hileras de cuentas superpuestas: unas más grandes, en las cuales se rezaban las avemarías y los padrenuestros y otras más pequeñas, que marcaban los misterios meditados.
Era un objeto pequeño, para que ocupara el mínimo de espacio en el bolsillo y se hiciera ver lo menos posible a los otros. Lo tenía todo a su favor: práctico, barato, portátil y «escondible» —lo que representaba una gran ventaja para los católicos con respeto humano. No tuvo éxito…
Nada podía sustituir al viejo rosario, el maravilloso rosario de siempre, en sus más variadas modalidades.
Rosarios pequeños, rosarios graciosos, elegantes, delicados, para niños. Rosarios modestos, rosarios de obreros, pesados y rústicos como a menudo lo es el trabajo manual, pero rosarios fuertes, gastados por manos viriles que pasan las cuentas. Rosarios serios, rosarios varoniles, de guerreros. Rosarios de princesas, de reinas, labrados como auténticas joyas, así como los rosarios preciosos que penden de las manos de las imágenes de la Virgen.
¡Cuántas formas de rosarios! Algunas hablan de gracia, de encanto, manifiestan algo de la suavidad y de la bondad regias de María. Otras nos hacen verla como protectora de los niños; otras, como auxiliadora del hombre pobre y trabajador como lo fue su principesco esposo, San José, descendiente de David y carpintero. Otras, incluso, nos hablan de la piedad del varón guerrero, del luchador por los ideales católicos, como lo fue Santo Domingo de Guzmán, que enfrentó y venció con el Rosario la herejía albigense.
Por cierto, ese atributo del Rosario como verdadera arma del católico toda la vida me atrajo de manera muy particular, razón por la cual siempre me pareció que el rosario al lado de una espada formaba un conjunto de extrema belleza.
Estando una vez en Buenos Aires, me invitaron a la casa de un señor que poseía una de las más lindas colecciones particulares de armas que yo haya visto. Dispuestas primorosamente en vitrinas y estantes, eran de todos los tipos, pero había, sobre todo, diversas formas de espadas y dagas.
Al contemplarlas, se me ocurrió este pensamiento: «Si tuviera confianza con este hombre, le recomendaría que constituyera una colección de rosarios tan rica como la de espadas. Y que cada día, sobre una bonita mesa dispuesta en el centro de la habitación y cubierta con un forro prestigioso, renovar la espada y el rosario en honor de una imagen de Nuestra Señora que presidiera la colección entera».
Creo que su museo particular tomaría otra vida y otra riqueza de tal modo el rosario y la espada se conjugan bien.
Y no será demasiado insistir en esta verdad: el Rosario constituye, para el católico, una magnífica arma de guerra. Arma para esta guerra más importante y superior que es la lucha espiritual presente en la vida de todo hombre; guerra que libramos diariamente contra las tentaciones y las asechanzas del demonio, que procura perder nuestras almas; guerra, por tanto, en la cual luchamos para resistir a las embestidas del enemigo de nuestra salvación, para expulsarlo, para vencerlo y para dejar nuestros corazones dispuestos a recibir las gracias de Dios. ◊