Inteligencia y voluntad unidas en la contemplación
El acto de contemplar es propio del intelecto, ya que comporta el objeto del entendimiento, es decir, la verdad. Sin embargo, Santo Tomás5 muestra que no se puede afirmar que este acto pertenezca tan sólo a la inteligencia, porque el impulso para ejercer tal operación le compete a la voluntad, la cual mueve a todas las demás potencias, incluso al mismo intelecto. Con sabiduría divina, el Salvador expresó esta realidad cuando dijo: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6, 21). De hecho, el hombre que encuentra el «tesoro escondido» (Mt 13, 44) del conocimiento de Dios es movido por el amor a abandonarlo todo para obtenerlo; el corazón constituye el gran motor de sus acciones para alcanzar el bien anhelado por el intelecto. De esta forma, como el deleite se obtiene cuando se alcanza el objeto amado, el término de la vida contemplativa consiste en el deleite de conocer el objeto deseado. Con cada nuevo peldaño de conocimiento, el amor se vuelve más intenso, ya que el conocimiento produce amor, y el amor, a su vez, anhela conocer siempre más y más.Pensar, meditar, contemplar
Conviene también considerar que el hombre llega a la intuición de la verdad progresivamente, mediante muchos actos. Así pues, aunque la vida contemplativa se consuma en un solo acto —el conocimiento y el amor de la verdad—, implica muchos actos que preparan esta acción suprema. Según las enseñanzas de Ricardo de San Víctor, Santo Tomás6 distingue los términos pensamiento, meditación y contemplación a lo largo de este proceso. El pensamiento es la observación de muchos elementos de los cuales se pretende deducir una simple verdad, vocablo que puede incluir tanto las percepciones de los sentidos que nos dan a conocer ciertos efectos, como los actos de la imaginación o los discursos de la razón acerca de los distintos signos que puedan llevar al conocimiento de la verdad anhelada. Por su parte, la meditación es el proceso de la razón que pasa a través de los principios para llegar a la consideración de una determinada verdad; y la contemplación, en sí, es la simple intuición de la verdad. Todavía según el Aquinate, el hombre llega a la contemplación de la verdad de dos modos: por un favor recibido o por un esfuerzo realizado. En cuanto al primero, cabe señalar que puede provenir de los hombres —ya sea una enseñanza oral o escrita, lo cual requiere la audición o la lectura— o puede tener un origen sobrenatural. Cuando el don viene de Dios, hace falta el concurso de la oración, por lo cual el salmista declara que desde la aurora eleva su plegaria al Señor (cf. Sal 87, 14). En el segundo modo —en el que el hombre aplica su propio esfuerzo para llegar a la contemplación—, la meditación es necesaria.La realidad invisible contemplada en los efectos divinos
Así, la vida contemplativa abarca dos elementos: el principal y el secundario. El primero es la contemplatio de la verdad divina, fin de todas las acciones humanas y pleno gozo eterno. No obstante, esta contemplación será perfecta sólo en la vida futura, cuando veamos a Dios cara a cara.
Adoración al Santísimo Sacramento - Casa de Formación Thabor, Caieiras (Brasil)Objetivo último: la bienaventuranza
Sin embargo, aunque la contemplatio perfecta sólo ocurra en la eternidad, la contemplación de Dios a través de sus criaturas confiere ya un comienzo de bienaventuranza que, iniciada en esta vida, alcanzará su plenitud en la otra. En este sentido, Santo Tomás afirma que es imposible que la bienaventuranza del hombre —un bien perfecto que, siendo el último fin, aquieta el deseo— esté en los bienes creados. En efecto, el objeto de la voluntad, la cual mueve al hombre a desear obtenerlo, es el bien universal; y el objeto del intelecto es la verdad universal. Por lo tanto, nada puede aquietar los anhelos del hombre sino el bien universal, que no se encuentra en ninguna cosa creada más que en Dios. Concluye entonces el Doctor Angélico que «la bienaventuranza última y perfecta sólo puede estar en la visión de la esencia divina».8 Además, la perfección de la inteligencia se mide por el conocimiento de la esencia de una cosa. No obstante, si el intelecto conoce la esencia de un efecto y, por ella, no es capaz de conocer la esencia de la causa, no se puede decir que el intelecto conozca la esencia de la causa realmente. Ahora bien, si el entendimiento humano, conocedor de la esencia de algún efecto creado, sólo consigue llegar a la existencia de Dios, su perfección aún no alcanza realmente la causa primera y en él permanece el deseo natural de investigarla. Por eso, aún no es bienaventurado en plenitud y sólo lo será cuando alcance la perfección en la visión y en el conocimiento de Dios.9 Santo Tomás también afirma, basándose en San Agustín, que nadie puede ver a Dios durante esta vida estando sujeto a los sentidos del cuerpo. Para ser elevado a la visión de la esencia divina, el hombre ha de morir de algún modo a este mundo, ya sea separándose totalmente del cuerpo, ya sea prescindiendo de los sentidos carnales. De hecho, se puede estar en la vida presente de dos maneras: de un modo actual, cuando se hace un uso real de los sentidos corporales, o de un modo potencial, cuando el alma, aun unida al cuerpo mortal como forma de éste, no se sirve de los sentidos corporales ni de la imaginación. En el primer caso, la contemplación jamás podrá alcanzar la visión de la esencia divina; en el segundo, sí, como sucede en el arrobamiento.10 No obstante, a pesar de ser bella y sublime, la teoría no sería asimilable si no se tradujera en ejemplos concretos, capaces de ilustrar a los hombres en el elevado camino que, a través de la contemplación, conduce al Creador.Alta, amplia y perfecta: la «contemplatio» joánica
Con la talla de un gran teólogo y la admiración de un santo, el Aquinate nos presenta al Discípulo Amado como modelo de contemplación. Ya en el prólogo de su obra Lectura super Ioannem, en la cual comenta de forma magistral el cuarto Evangelio, señala el excelso grado de contemplación que poseía el Apóstol virgen, subrayando que, «mientras los otros evangelistas se ocuparon principalmente de los misterios de la humanidad de Cristo, Juan muestra especial y particularmente en su Evangelio la divinidad de Cristo, […] sin descuidar por ello los misterios de su humanidad».11
Visión de San Juan Evangelista en la isla de Patmos - Museo Diocesano de Santarém (Portugal)El reverso del Cielo
Es habitual, en noches particularmente bonitas y agradables, salir a la terraza de casa para observar la vastedad del firmamento poblado de astros. En el espíritu humano sensible, esta contemplación causa verdadero deslumbramiento. […] Ahora bien, las constelaciones han sido dispuestas así por Dios y, como todas sus realizaciones, se revisten de una inmensa pulcritud. Debemos comprender que nos hablan del Creador y representan, hasta cierto punto, el «envés de la alfombra» para los que no conocen la visión de conjunto que el propio Altísimo posee del cielo estrellado y no lo consideran según un orden determinado que desde la tierra no nos es comprensible. El eterno Señor, para infundirnos el deseo de participar en su sabiduría, ha constituido el universo de esta manera, como si nos dijera: «Hijos míos de todas las épocas, el reverso de la alfombra de mi morada es este esplendor. Subid más allá y encontraréis la ordenación misteriosa e insondable que ahora no podéis vislumbrar». Entonces, nos ha sido reservada lo que se denomina beatitudo incomprensibilitatis, la bienaventuranza de los que no entienden, pero que tienen un alma respetable y jerárquica, y por ello se complacen en admirar y contemplar: «Es incomprensible para mí; no obstante, Dios lo comprende. ¡Oh, maravilla!». Sepamos, pues, que lo mejor de todo no será cuando veamos y entendamos el orden de las estrellas, sino cuando contemplemos a Dios cara a cara, y en Él percibamos lo insondable de la ordenación estelar. En ese momento comprenderemos, igualmente, cómo habrá valido la pena vivir para amarlo y adorarlo, para servirlo e imitarlo. Habremos buscado conocer este orden en el sentido superior de la palabra, es decir, en último análisis, el divino gobierno del Creador de todas las cosas visibles e invisibles, símbolos suyos, la Perfección de las perfecciones. ◊CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. «Bem-aventurança da admiração». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año IX. N.º 94 (ene, 2006); p. 4.
Notas
1 Cf. CONTEMPLACIÓN. In: BERARDINO, Angelo Di (Org.). Dicionário patrístico e de antiguidades cristãs. Petrópolis: Vozes, 2002, p. 337.
2 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 180, a. 4.
3 Cf. Ídem, a. 1.
4 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Compendium Theologiæ. L. I, c. 104.
5 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 180, a. 1.
6 Cf. Ídem, a. 3.
7 Cf. Ídem, a. 4.
8 Ídem, I-II, q. 3, a. 8.
9 Cf. Ídem, ibídem.
10 Cf. Ídem, II-II, q. 180, a. 5.
11 SANTO TOMAS DE AQUINO. Lectura super Ioannem. Prologus, n.º 10.
12 Ídem, n.º 2.
13 Ídem, n.º 1.
14 Ídem, n.º 8.