Doña Lucilia comprendía muy bien que la esencia de la convivencia reside en la afinidad de las almas y en la felicidad que hay en darse y quererse bien, cumpliendo al pie de la letra el principio enunciado por el Señor: es más feliz quien da que quien recibe.

Tal disposición en algún modo moldeaba su espíritu hasta el punto de que se notaba una voluntad de darse y de atraer hacia sí a esa convivencia de alma como no he conocido en nadie. Y a esto se sumaba una dignidad y tranquilidad, una serenidad y resignación, por las que, si nada salía bien, no se crispaba, no se indignaba, no recriminaba, no se vengaba, no se entristecía. Esta es precisamente la conducta de la Santa Iglesia con respecto a los pecadores.