«Nadie puede ser juez y parte», reza el adagio popular. O bien, tomando las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: «Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero» (Jn 5, 31). Quizá, querido lector, ya haya aplicado usted este principio, aunque de manera involuntaria, o que haya oído que lo aplicara otra persona —probablemente un no católico— a la doctrina de la infalibilidad pontificia.

De hecho, parece un circuito cerrado que el Papa afirme: «Como todo lo que digo es inerrante, declaro que no puedo errar». Es decir, la única garantía de que es infalible reside …