Todas las cosas ocurren dentro de la providencia general con que Dios rige el universo o, en ciertos casos, según una providencia especial.

Pero en lo que concierne a Nuestro Señor Jesucristo está regulado por una providencia especialísima, en función de la cual merece toda atención y análisis el hecho de ser Él un miembro de la casa real de David.

“Jesús Nazareno, Rey de los judíos”

Para demostrar el alcance de esta circunstancia, si fuera necesario, bastaría alegar el siguiente motivo: la Providencia quiso que en el letrero que coronaba la santa cruz estuviera escrito “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”.

Y eso molestó a los sumos sacerdotes hasta el punto de que le pidieron a Pilato que retirara dicha inscripción.

Pero él les respondió: “Lo escrito, escrito está” (Jn 19, 22). Era el sentido dominador de los romanos siendo aplicado enteramente al caso concreto: “Está escrito. Ya no se quita. Y si no les gusta, no les queda más remedio que tragar”.

Siempre interpreté esta respuesta de Pilato —tan bonachón, tan indolente, tan indecente con respecto a su deber de proclamar la inocencia de Nuestro Señor— como un signo de su fastidio.

Lo habían obligado, bajo amenaza de denunciarlo como enemigo del César, a redactar una sentencia injusta y, cuando fueron a pedirle que sacara ese letrero, les contestó irritado: “Nada de eso; lo hecho, hecho está. ¡Se acabó! Al menos ahora déjenme ser hombre”.

Sea como fuere, el INRI quedó eternizado para siempre en la cruz inmortal proclamando: Nuestro Señor Jesucristo es el Rey de los judíos

La Transfiguración en el Tabor

En Cristo debería refulgir una majestad temporal dotada de todas las formas de grandeza propias a los reyes de la tierra. No obstante, ¿cómo ver en el Salvador esas cualidades si Él no anduvo por la tierra como rey?

Incluso en el Domingo de Ramos, al ser objeto de tan magnífico homenaje del pueblo de Jerusalén, fue aclamado como Hijo de David. Sin embargo, no lo proclamaron rey de Israel, ni hubo intención alguna de sacar a Herodes de su cargo.

Nuestro Señor era visto como un hombre santo y eminente, que poseía, entre otras glorias, la de descender de David, sin que esto condujera a querer restaurar en Él la monarquía.

Entonces, ¿cómo ver en Jesús la majestad y los atributos de un rey? En algún momento deben de haber trasparecido, pues vino para manifestarse por entero a todos los hombres.

Esa grandeza regia relució, en efecto, en más de un episodio de su vida, pero brilló de un modo muy especial, intencional, en la Transfiguración en el monte Tabor.

Allí apareció en toda su majestad como rey y, sobre todo, como Dios. Y lo hizo de una manera tan esplendorosa que los apóstoles a los que había convocado para que estuvieran con Él en lo alto del monte no querían marcharse de allí: San Pedro propuso quedarse, hacer unas tiendas y ya no bajar nunca (cf. Mt 17, 4).

No se conoce en la Historia un solo caso de algún rey que fuera objeto de esa aclamación: “Vamos a permanecer aquí, junto a vos. No necesitamos nada más en el mundo. ¡Nos basta quedarnos mirándoos!”.

Lo que suele ocurrir es justamente lo contrario. Los súbditos consideran al rey muy admirable, pero les gustaría decirle: “Señor, dadme un cargo, dinero, honores... Deseo servíos, pero quiero que también vos me sirváis. Nada de quedarme aquí quieto solamente mirándoos.

"Quiero ser fiel, sed fiel vos también. Por cierto, incluso antes de prestaros servicio, ya tengo una lista de los beneficios que quiero de vos. Y cuando los reciba, se los enseñaré al pueblo, en las calles de la capital, para que yo también sea apreciado y admirado. Eso de vivir sólo para admiraros no basta...”.

Es lo que sucede con las monarquías terrenas; pero no con Nuestro Señor. Cuando quiso manifestar su majestad, la reacción fue: “¡Quedémonos aquí, no necesitamos nada más a parte de Vos!”.

Corazón de infinita majestad

Además de esa esplendorosa manifestación de la realeza en el Tabor, hubo también la del Domingo de Ramos, a la cual he aludido hace poco.

Aunque no haya sido saludado en ese episodio como rey, es evidente que el pueblo estaba aclamando en Él la majestad personal que la Letanía del Sagrado Corazón de Jesús expresa con esta invocación magnífica: Cor Iesu, maiestatis infinitæ, miserere nobis. 1

¿Qué significa aquí la palabra corazón? Ella nos lleva a rendirle culto a su corazón de carne como un símbolo de su alma, espíritu, mentalidad, deseos y propósitos, los cuales eran de una majestad infinita.

Todo lo que Nuestro Señor Jesucristo quería era de una grandeza ilimitada; lo que Él percibía poseía una sagacidad sin límite; en sus designios, la bondad era de una majestad infinita, como lo era también la justicia.

Sin embargo, dejó claro que la manifestación de esa justicia estaba reservada para el momento de su muerte y para el día en que Él vendrá, con la majestad de Dios y de Rey, a juzgar en el fin de los tiempos a los vivos y a los muertos.

Majestad en la Muerte...

Jesucristo murió bajo un desprecio generalizado, compensado por la adoración indeciblemente preciosa de la Virgen y, en un grado respetable, pero enormemente menor —porque todo cuanto existe, excepto Nuestro Señor, es incomparablemente menor que María Santísima— por la adoración de San Juan, de las Santas Mujeres y del buen ladrón.

En el momento en que el Hijo de Dios entregó su espíritu, se inició aquello que el gran Bossuet —obispo de Meaux y predicador sacro de los más eminentes— llama de “los funerales del Hijo de Dios”.

¿Qué rey tuvo o tendrá similares exequias? La tierra tiembla, se oscurece el sol, el velo del Templo se rasga. Las tumbas de los justos del Antiguo Testamento se abren y éstos salen por las calles (cf. Mt 27, 52), reprobándoles a todos los hombres malos, con una majestad suprema, los pecados que habían cometido. 

De modo especial el deicidio, pues era el pecado de la nación entera, consumado cuando el pueblo dijo ante Pilato: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mt 27, 25).

... en la Resurrección...

Con todo, la majestad de Jesucristo se muestra también cuando, resucitado, se le aparece a Nuestra Señora.

Pues, aunque esto no está dicho en la Sagrada Escritura, lo tengo por cierto que al resurgir de entre los muertos estuvo con Ella antes de revelarse a cualquier otra criatura.

La sepultura se rompió, un ángel corrió la piedra funeraria y Él salió (cf. Mt 28, 1‑3), ¡con todas las cicatrices de la Pasión refulgiendo como soles! Y todas sus manifestaciones después de la Resurrección se revistieron de esa nota de majestad.

Por ejemplo: Jesús entra, nadie sabe por dónde, en el lugar en el que se encontraban reunidos los discípulos (cf. Jn 20, 19). Las puertas y ventanas cerradas no sirvieron de nada, pues Él estaba con su cuerpo glorioso y las había atravesado.

¡Qué majestad entrar a través de un muro que nadie derrumbó! Muchos reyes en la Historia derrumbaron murallas... Franquearlas sin haberlas derrumbado, ¡sólo el Rey Jesucristo!

Él se aparece tan bondadoso, tan amoroso, pero infundiendo tanto miedo que sus palabras son: “Paz a vosotros. Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona” (Lc 24, 36.39). Como diciendo: “No temáis, soy yo, ¡la grandeza!”.

... y en la Ascensión

También en la Ascensión es indescriptible lo mucho que debe haber trasparecido su grandeza. Mientras hablaba, iba elevándose lentamente.

A medida que se aproximada del cielo por su propia fuerza, y no llevado por ángeles, iba quedando más reluciente, más majestuoso.

En cierto momento, desaparece. Podemos imaginarnos la alegría de María Santísima al ver glorificado al Hijo que Ella había visto tan humillado. Por otra parte, no obstante, qué no estaría pasando en Ella de tristeza a causa de la separación...

Pero había un consuelo más para Nuestra Señora.

Tengo la fuerte y enfática impresión de que Dios no le negó una gracia concedida a numerosos santos: amaban tanto al Santísimo Sacramento que, a partir de determinado momento de sus vidas, la Sagrada Eucaristía jamás dejó de estar presentes en ellos.

Comulgaban y las sagradas especies permanecían en su interior hasta la siguiente comunión.

Fue el caso, por ejemplo, de San Antonio María Claret, fundador de la Congragación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, que vivió en el siglo XIX. Fue un sagrario vivo de Jesús eucarístico.

Ahora bien, si en el período de gestación la Virgen fue un sagrario vivo del Verbo Encarnado, ¿será que al marchar al Cielo no le habrá mantenido ese privilegio? Al menos desde la primera Misa, creo que jamás Nuestro Señor dejó de estar presente en Ella.

Tras la Ascensión, ciertamente María pensaría: “Él está en el Cielo, y ¡también está aquí!”.

Los Apóstoles, por su parte, sin duda estarían considerando el celebrar ya al día siguiente y recibirlo, por tiempo mayor o menor, en sus corazones.

La presencia eucarística empezaba, así, consolando a la Iglesia de esa larga separación de muchos miles de años, que cesará cuando Él venga el día del Juicio final.

¿Podemos imaginar una grandeza regia comparable a esa? Pues bien, hay más.

Grandeza en las peores humillaciones

Que Nuestro Señor fuera adorado en su esplendor, está explicado. Pero no sólo es eso.

Sus enemigos, con la intención de mofarse de Él, lo sometieron a las humillaciones de la Pasión. Bebió por completo la copa de todos los dolores y vejaciones posibles, de punta a punta.

Los verdugos no suponían que, a lo largo de los siglos, cada ultraje sufrido por Él sería venerado y que, delante de imágenes que lo representaban sentado con la corona de espinas, revestido del manto de irrisión y con la caña de cretino en la mano, los mayores sabios se arrodillarían y llorarían de emoción.

Los reyes más poderosos tomarían por elogio exagerado el ser comparados, de lejos, a ese Rey sentado en el trono de los bobos.

Dignificaría de tal manera la cruz en la cual había sido clavado que, en lo alto de todas las coronas de las naciones católicas, sería signo de gloria.

Es decir, nadie fue, ni de lejos, tan grande como Nuestro Señor, tanto en las horas de gloria como en los momentos de peor humillación.

E incluso en estas ocasiones dio increíbles muestras de poder, como, por ejemplo, al buen ladrón. Lo canonizó en lo alto del Calvario, prometiéndole en cuanto Rey del Cielo y de la tierra: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43).

Fíjense que la promesa no es la siguiente: “Hoy estarás en el Paraíso”. Jesús sabía que si no dijera “estarás conmigo”, la promesa no estaría completa, pues un Paraíso sin el Señor no sería Paraíso. ¡Qué realeza!

La Crucifixión - Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes, Milltown (EE. UU.)

Si Él no fue grande, ¿quién lo ha sido?

En cierta ocasión, un historiador francés escéptico hizo este comentario: los historiadores suelen pasar por encima de la figura de Nuestro Señor Jesucristo.

Ahora bien, yo les pregunto: ¿cuál es el hombre que, a lo largo de todos los tiempos, ha conseguido que tantos se arrodillaran con tanta humildad ante su imagen, considerándose honrados por ello?

Si tal hombre no es digno de entrar en la Historia, ¿qué hace la Historia?

Los manuales usados en los colegios y universidades tratan de todo tipo de cosas, pero no de Jesucristo. Sin embargo, Nuestro Señor es el centro de la Historia. Si Él no fue grande, ¿quién lo ha sido?

Alguien podría objetar: “Dr. Plinio, es sencillo. Usted, llevado por su entusiasmo, está esquivando la siguiente dificultad: hay pruebas de la existencia de César, Carlomagno y Napoleón. Pero ¿quién prueba que Jesús existió?”.

Ahora bien, ¡es la existencia histórica más cierta que hay! Todas las razones por las cuales creemos que César existió nos llevan a creer que Jesucristo también existió.

Un cretino me preguntó en cierta ocasión: “¿Dónde están los originales de los Evangelios?”.

Podría haberle dado esta respuesta: “¡La causa católica estaría muy mal servida si fuera por usted! Porque si hubiera en algún lugar una pila de pergaminos que supuestamente contuvieran los originales de los cuatro Evangelios, ¿quién nos garantizaría que, de hecho, fueran los auténticos?”.

Podrían ser objeto de culto, o de investigación histórica como cualquier otro documento antiguo, pero no una prueba de nuestra fe. Para eso sería necesario probar que aquellas pruebas eran pruebas.

Por otra parte, yo pregunto: ¿dónde están los originales de las Catilinarias de Cicerón? No obstante, ¿quién pone en duda que Cicerón existió y que es el autor de esas catilinarias? Nadie, por una serie de argumentos históricos, superabundantes en el caso de Nuestro Señor.

El odio más grande de la Historia

Los mediocres no despiertan odio. Hay una forma de grandeza regia en ser odiado como Jesucristo lo fue, incluso después de muerto. Hasta en eso fue y es incomparablemente grande.

Nuestro Señor será odiado con el odio más grande de la Historia hasta el fin de los siglos y cuando el Anticristo venga será una especie de personificación de esa saña contra Nuestro Señor.

Sin embargo, la victoria final sobre el Anticristo será alcanzada de un modo inédito para cualquier rey: “El Señor Jesús lo destruirá con el soplo de su boca y lo aniquilará con su venida majestuosa” (cf. 2 Tes 2, 8).

Ni siquiera precisa darle un papirotazo; ¡basta un soplo! Reducido el enemigo a polvo, ¡acaba la Historia y empieza el juicio!

El Dr. Plinio dando una reunión para cooperadores de la TFP, en febrero de 1986
Extraído, con pequeñas adaptaciones, de la revista “Dr. Plinio”. São Paulo. Año XX. N.º 236 (Nov., 2017); pp. 12-17. 

1Del latín: “Corazón de Jesús, de majestad infinita, ten piedad de nosotros”.