Hay ciertas almas que lo encuentran todo difícil y se abaten cuando se les presenta un estorbo… Sin embargo, en el desierto de esta vida sólo hay un refugio seguro: ¡la sombra del árbol frondoso de la cruz!
El pan sin azúcar y el azúcar sin pan
Museo de Bellas Artes de Sevilla (España)
Una sonrisa en el dolor
Aceptar el dolor sin queja es virtud, y virtud sólida. Aceptarlo con una sonrisa es heroísmo. ¿Conocéis la clásica sonrisa de Santa Teresa de Lisieux? Es una sonrisa entre rosas, pero rosas de espinas duras y penetrantes. Cuando el sufrimiento llega, hay que recibirlo bien, como quien recibe a un huésped querido. Pues eso es lo que hacía ese ángel del Carmelo. Una novicia quiso tener una prueba de virtud heroica de la santa. «Dos meses antes de su muerte», decía la monja, «fui a hacerle una visita a sor Teresa y, como había oído elogiar muchos su paciencia, me vino el deseo de observarla en un momento de crisis. Y veo que enseguida su rostro adquiere una expresión de alegría y de sus labios repunta una sonrisa celestial. Al preguntarle la razón de ese cambio, me responde: “Porque siento grandes dolores; me esfuerzo siempre en amar el sufrimiento y acogerlo de buena gana”». Cuesta sonreír cuando se presenta ante nuestra flaqueza el hermano dolor. Cuesta, pero no es imposible. Hemos de recibirlo. Es una necesidad hacerlo. El Señor lo ha mandado. Es mensajero del Cielo. Es la voluntad de Dios. Si, como Santa Teresa, no lo podemos recibir con una dulce y suave sonrisa, seamos delicados. Es bueno, viene del Cielo, viene a curarnos. ¡Que entre sosegado el hermano dolor y no repare en nuestra grosería si, por casualidad, lo recibimos sin un gesto amable y una buena sonrisa!¡Pasa por debajo!
Real monasterio de Santo Domingo de Guzmán, Caleruega (España)
La bella corona de los héroes y mártires de la voluntad de Dios
Querríamos la gloria del martirio. ¡Qué envidia nos causan los héroes cristianos en la arena del anfiteatro, en las cárceles, en los caballetes, en la cruz! Y podemos tener la gloria del martirio, y de un martirio no menos glorioso que el de quienes derramaron su sangre por la causa de Cristo. Dice San Agustín que el martirio no consiste en la pena, sino en la causa o fin por el que se muere. Y el Doctor Angélico enseña que se puede ser verdadero mártir muriendo en el ejercicio de un acto virtuoso. Aceptar lo que el Cielo nos envía de sufrimiento y de cruces, así como —y principalmente— la muerte, para agradar a Dios y conformarnos con su santísima voluntad, es, por tanto, martirio y tiene el mérito del martirio. Y quien hace ese acto, dice con autoridad San Alfonso, aunque no muera en manos de un verdugo, tiene el mérito del martirio. Las voces autorizadas de tres doctores de la Iglesia afirman que podemos tener la gloria del martirio sin derramar nuestra sangre, con la simple aceptación heroica de la voluntad de Dios. ¿No tenemos, por ventura, en nuestra vida tantas ocasiones de ejercer heroicamente la virtud de la paciencia? ¿Y un deber que cumplir cada día, monótono, duro, casi imposible? ¿Y lo que sufrimos de los que nos molestan? ¿Y una enfermedad mortificante, prolongada, quizá incurable? ¿No queréis, pues, la gloria de los mártires? ¿Por qué no aprovecháis el martirio que el Señor os envía? ¡Qué bella corona les reserva el Rey de los mártires a los héroes y mártires de la santísima voluntad de Dios!
fotografiada en julio de 1896 por su hermana Celina
Inútil…
«¡Soy un inútil!», gime alguien en su lecho de dolor, reducido a una inacción dolorosa. Quiere trabajar, quiere luchar como antes y se ve atado, de manos y pies, en un lecho, preso a la monotonía de una habitación de enfermo. ¡Cuán inútil soy! Qué pensamiento desgarrador, por ejemplo, para un corazón de apóstol, sediento de lucha por la salvación de las almas, al contemplar las mieses ya maduras y… sin obreros. ¡Ah! No digamos «soy un inútil» cuando la voluntad de Dios es que suframos. Inútil era, tal vez, todo nuestro trabajo; sin vida interior, sin pureza de intención Dios no necesita de nosotros. Somos meros instrumentos en sus manos divinas. Y el instrumento puede ser robusto o enfermo, grande o pequeño. La salvación de las almas es obra divina. En el lecho de dolor, el apóstol puede salvar más almas por la paciencia que por las predicaciones más brillantes. «Lo que glorifica a Dios», dice San Alfonso, «no son nuestras obras, sino nuestra resignación y conformidad a su santa voluntad». El apostolado del sufrimiento, por ser el más oculto y penoso, es también el más eficaz. Escribía Santa Teresa del Niño Jesús a un misionero: «Hermano, el Señor quiere afirmar su Reino en las almas mucho más por el sufrimiento y la persecución que por brillantes predicaciones». No eres inútil en la cruz de la enfermedad. ¡Oh, no, buen apóstol! ¡Estás afirmando el Reino de Dios en las almas! […]¡Dios no lo quiso!
Dios quiere de nosotros una sola y única cosa: el cumplimiento de su voluntad santísima. Lo demás es accesorio y hasta inútil y peligroso para nuestra salvación. El deber cumplido nos asegura también el cumplimiento de la voluntad de Dios. Quien hizo lo que debía, hizo lo que pudo, hizo lo que Dios quiso, y se puede quedar tranquilo y abandonarse enteramente en las manos de la Divina Providencia. ¿Un buen suceso? ¿Una victoria? ¿El éxito? ¡Poco importan! ¿Si Dios los quiso? ¡«Te Deum laudamus»! ¿Reveses, fracasos, humillaciones? ¿Dios los permitió? ¡Alabado sea Dios! ¿Tenemos la certeza de haber cumplido el deber y la conciencia está tranquila? Todo va bien. ¡Dios no lo quiso! La pureza de intención es lo que vale en nuestras obras. Vigilemos nuestra pureza de intención y nunca nos quedaremos sorprendidos con los fracasos de nuestras buenas obras. Apeguémonos únicamente a la voluntad de Dios y permanezcamos indiferentes al éxito o al infortunio, a la victoria o a los reveses. Dice el P. Lehodey: «Sabemos que Dios quiere de nosotros esa buena obra, pero desconocemos sus ulteriores intenciones. A menudo, para ejercitarnos en la virtud de la santa indiferencia, nos inspira designios muy elevados en los que, sin embargo, no quiere que haya éxito».
Santa Cruz en el Oficio de la Pasión del Señor,
Basílica de Nuestra Señora del Rosario, 29/3/2013