El arte de la guerra espiritual
En el opúsculo titulado El arte de la guerra, el destacado estratega y literato chino Sun Tzu nos legó esta frase: «Conoce al enemigo, conócete a ti mismo, y tu victoria nunca se verá amenazada».1 Trasladando esta enseñanza al ámbito espiritual, una instrucción clara acerca de las seducciones del demonio y de las flaquezas habituales de la naturaleza humana será una excelente estrategia para mantenernos en estado de gracia. Clausewitz también dice que la guerra es «un acto de fuerza para obligar a nuestro adversario a hacer nuestra voluntad».2 En la batalla de la vida interior, nuestro peor enemigo es la ley de la carne que, en nosotros, lucha contra la ley del espíritu (cf. Rom 14, 23); y todo nuestro éxito consiste en que la voluntad del espíritu luche contra la de la carne y la obligue a hacer su voluntad.
«Regimiento Lusitania 1744», de José Ferre ClauzelComandando con sabiduría a un ejército…
Imaginemos, pues, que se nos encarga dirigir una guerra, preferiblemente en una época anterior a la nuestra, cuando los campos de batalla aún se adornaban con los esplendores de la heráldica, espadas relucientes y banderas desplegadas; sobre todo cuando todavía existía el honor. Estamos en los albores de una contienda decisiva y ya divisamos las tropas enemigas. Supongamos que, sabiamente, nos hemos preparado con suficiente antelación para el momento del enfrentamiento. Procuramos conocer bien al adversario, estudiando sus tácticas, sus puntos débiles y fuertes, hasta que somos capaces de prever todos sus movimientos. Conociéndonos también a nosotros mismos, nuestras limitaciones y flaquezas, nos esforzamos por equipar a nuestro ejército con las mejores armas y municiones, sin olvidarnos nunca de valernos de la diplomacia para poner en acción a amigos y aliados. Con ojos y oídos atentos, recorremos el campo de batalla, sondeando cualquier movimiento enemigo; y una vez que despunta la luz del sol, avanzamos llenos de ánimo, coraje y amor por el ideal que defendemos. ¿Qué posibilidades hay entonces de que seamos derrotados? Las hay, es cierto; pero ¡cuán menores y menos probables que si no nos hubiéramos preparado! ¿Cómo aplicamos ese principio preventivo a nuestra vida espiritual?… y a nuestra alma hacia la victoria
Mucho se ha ensalzado la importancia del examen de conciencia diario, que en el ámbito militar equivale a hacer un balance de la batalla: contar los muertos y heridos, evaluar el terreno conquistado o perdido, analizar los errores cometidos, tomar las medidas logísticas pertinentes ante el material desaparecido o dañado. Sin duda, algo muy necesario. Pero ¿cuántas batallas habríamos ganado y cuántas pérdidas habríamos evitado si, desde el inicio del día, hubiéramos asumido una actitud de vigilancia? El P. Lorenzo Scupoli explica muy bien cómo tiene que ser esa disposición: «[Debes] recogerte dentro de ti mismo, a fin de examinar con cuidado cuáles son ordinariamente tus deseos y tus aficiones, y reconocer cuál es la pasión que reina en tu corazón; y a ésta particularmente has de declarar la guerra como a tu mayor enemigo».4 Hecho esto, «la primera cosa que debes hacer cuando despiertas es abrir los ojos del alma, y considerarte como en un campo de batalla en presencia de tu enemigo y en la necesidad forzosa, o de combatir, o de perecer para siempre. Imagínate que tienes delante de tus ojos a tu enemigo; esto es, al vicio o pasión desordenada que deseas domar y vencer, y que este monstruo furioso viene a arrojarse sobre ti para oprimirte y vencerte. Represéntate al mismo tiempo que tienes a tu diestra a tu invencible capitán Jesucristo, acompañado de María y de José, y de muchos escuadrones de ángeles y bienaventurados, y particularmente del glorioso arcángel San Miguel».5 Con estas disposiciones, tendremos muchas más probabilidades de vencer las tentaciones y progresar en la virtud. Al fin y al cabo, «más vale prevenir que lamentar», nos advierte el conocido refrán. Y ése es el significado profundo de las palabras del samurái: «Ganar primero, combatir después».Cuántas batallas espirituales no ganaríamos si, al comienzo del día, asumiéramos una actitud vigilante sobre nosotros mismos
Algunos consejos más de la guerra
Una vez iniciado el enfrentamiento, conviene no olvidarnos del principio de San Ignacio del agere contra, que consiste en atacar nuestros defectos tratando de amar la virtud opuesta y esforzándonos por practicarla con la ayuda de la gracia. Así pues, si es la soberbia la que grita con más furia en nuestro interior, admiremos en el prójimo los dones de Dios y esforcémonos por no excusarnos cuando suframos humillaciones. Habremos usado un arma mortífera contra ese vicio.
Escena militar del Antiguo Régimen - Museo de Historia Militar, VienaNada podemos sin la ayuda del Cielo
Ante este desafiante panorama, es natural que —concebidos como somos en pecado original— nos sintamos impotentes y temerosos…Pero ¡que nadie se desanime! Todo cristiano tiene a su disposición una fuente inagotable de coraje, un manantial cristalino que restaura todas las energías, un tesoro del que siempre puede sacar, sin mérito alguno, las gracias, el socorro y los milagros que necesite: la oración. Sin el auxilio divino, nunca lograremos ningún éxito en la conquista del Cielo. Si el Señor no nos sostuviera en todo momento con gracias sobreabundantes, caeríamos mil veces en los abismos más profundos del pecado y seríamos capaces de cometer los crímenes más execrables. Y resbalaríamos tanto más fácilmente cuanto más confianza tuviéramos en nuestra imaginaria virtud. No obstante, si somos siempre conscientes de esta realidad y estamos libres de toda presunción, construiremos sobre la roca de la humildad un baluarte inexpugnable.Todo cristiano dispone de una fuente inagotable de coraje, un manantial que restaura todas las energías: la oración
Capilla de la Madre del Buen Consejo - Casa madre de los Heraldos del Evangelio, São Paulo¡Ánimo, fuerza y resolución!
«La vida del católico es una lucha perpetua. Si no hay lucha es señal de que la derrota ha comenzado. […] Quien quiera vivir sin preocupaciones en la virtud ya la ha abandonado y está fuera de ella, pues en la sustancia de la virtud está ese deseo de lucha y de cruz»,8 afirmó una vez nuestro maestro espiritual, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira. Así que no seamos desertores: lancémonos a la lid con fuerza y resolución, que de la incesante guerra contra nuestras malas tendencias y hábitos viciosos nacerá finalmente la victoria. ◊Notas
1 Tzu, Sun. El arte de la guerra. 2.ª ed. Madrid: Fundamentos, 1981, p. 84.
2 Clausewitz, Carl von. On war. Princeton: Princeton University Press, 1989, p. 75.
3 Tsunetomo, Yamamoto. Hagakure. Le livre du samouraï. Noisy-sur-École: Budo Éditions, 2014, p. 193.
4 Scupoli, cr, Lorenzo. Combate espiritual. Barcelona: Librería Religiosa, 1850, t. i, pp. 94-95.
5 Idem, pp. 89-90.
6 Idem, p. 95.
7 Idem, pp. 91-92.
8 Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, mayo de 1959.