Todo lo que sea un verdadero bien positivo, es de suyo deseable y, como tal, podemos pedirlo a Dios.

Y si nos es lícito pedir, desear y poner todos los medios para adquirir la salud, la ciencia y la agudeza de ingenio, también lo debe ser, […] pedir, desear y procurar, en cuanto esté de nosotros, un bien tan superior como es el de esta salud, ciencia y penetración que el divino Espíritu comunica (cf. 1 Cor 14, 1).

No hay en esto la menor presunción, deseándolo rectamente; como no la hay en el deseo de comulgar por dar gusto a Dios y alimentar y fortalecer nuestra pobre alma.

La presunción estaría en desear esos dones por vanagloria; mas no cuando se desean precisamente para apoyo de nuestra flaqueza, para fundarnos en la humildad y en todas las demás virtudes.

También poder crecer en gracia y conocimiento de Dios, y en todo según Jesucristo, hasta llegar a la madurez de varones perfectos y verdaderamente «espirituales».

Y ya sabemos que nadie lo podrá ser sin estar animado, dirigido y gobernado del divino Espíritu, y por tanto enriquecido de sus preciosísimos dones. […]

Aunque nadie de por sí debe meterse donde aun no le llamaron, ni menos echarse a volar sin alas, todos, sin embargo, pueden y deben llamar para conseguir que les abran, y pedir «alas como de paloma» —que son los preciosos dones de sabiduría e inteligencia— «para volar y descansar».

Estando ciertos de que serán colmados tan santos deseos y de que «todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá» (Mt 7, 8). […]

Por lo mismo, que tanto vale y que no podemos lograrlo con nuestros esfuerzos, debemos pedirlo con gran insistencia, diciendo con la samaritana: «¡Señor, dadme a beber de esta agua!». […]

Si no se pide con ardor es sólo porque no se conoce ni se sabe apreciar. «¡Si conocieras el don de Dios!…, a buen seguro que se lo pedirías, y Él te daría el agua viva…, que salta a la vida eterna» (Jn 4, 10-14). […]

A todos los corazones está incesantemente llamando el Esposo divino, que viene deseoso de celebrar el banquete de las místicas bodas (cf. Ap 3, 20). Si no le abrimos, o nos hacemos sordos a sus llamamientos, culpa nuestra es. 

 

González Arintero, OP, Juan. La evolución mística. Madrid: BAC, 1959, pp. 685-690.