Así sucedió con los discípulos de Emaús, que pasaron por un proceso de conversión dirigido sabia y delicadamente por Nuestro Señor Jesucristo a lo largo del camino que recorrieron junto a Él. Nosotros también somos acompañados por Jesús en determinados momentos de nuestra vida. Y Él está dispuesto a ir con nosotros hasta la Emaús de nuestros caprichos, para hacernos volver a la Jerusalén de la fidelidad.
El Evangelio no oculta que aquellos dos discípulos partían tristes hacia Emaús, seguramente su tierra natal. Tras unos años invitados a elevarse muy por encima de los modestos horizontes de un israelita común, eso significaba un retorno a la mediocridad. Hablaban y discutían por el camino, tratando de armonizar los terribles acontecimientos de la Pasión con la idea mundana que tenían del Mesías. Y no lo conseguían, porque su mentalidad estaba equivocada, su rumbo era erróneo.
Incluso físicamente, estaban haciendo el camino contrario al del Mesías, que concibió su vida pública como un largo viaje hacia la Ciudad Santa, donde consumaría su misión redentora: «Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al Cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén» (Lc 9, 51). Sin embargo, en medio de la senda del desánimo, el Señor en persona salió a su encuentro.
Primero en la intención, último en la acción. La intención más profunda del divino Maestro era la conversión de aquellos discípulos, preparada a lo largo del trayecto mediante la convivencia y consumada en la recepción de la sagrada eucaristía: «Ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan» (Lc 24, 35).
Pero ¿se estaría refiriendo San Lucas realmente a la sagrada eucaristía? Se trata de una cuestión muy debatida entre los exégetas a lo largo de la historia, y aún hoy en día.1 No obstante, respecto a la expresión «partir el pan», hay que señalar que las palabras del texto griego original son idénticas a las utilizadas por el mismo evangelista para referirse a la celebración eucarística en varios pasajes de los Hechos de los Apóstoles.2 Por esta razón, y a pesar de la opinión contraria de distinguidos comentaristas,3 es legítimo suponer, con base en la exégesis actual, que Jesús celebró la eucaristía con los dos discípulos. Y fue precisamente esa sagrada comunión la que obró en ellos una transformación radical: de escépticos, se convirtieron en fieles; de medrosos pasaron a ser valientes.4
¿Y yo? ¿Estoy en un proceso de conversión a Dios o de alejamiento de Él? ¿Sé reconocer a Jesús caminando a mi lado y explicándome la Sagrada Escritura? ¿O también estoy «ciego»? ¿Qué recorrido estoy haciendo en mi vida? ¿Me dirijo a Jerusalén o a Emaús? Pidamos a la Santísima Virgen que no permita que nos extraviemos en el camino de nuestra salvación.