Una aparente «mancha» en la Creación
Por más que esa verdad sea irrefutable, en la historia de la Creación parece que hubiera una mancha algo incómoda a nuestros ojos, aún más si consideramos sus consecuencias: el pecado original. En el principio Dios colocó al ser humano en el paraíso, donde todo era más bello, más armonioso, en una palabra, más perfecto. No obstante, nuestros primeros padres merecieron ser expulsados de allí por un acto de desobediencia y, hasta hoy, sus descendientes sufren los efectos de aquella transgresión. El Creador quiso establecer la humanidad en el Edén, pero ella se arrojó por su propia culpa al exilio. La falta del primitivo matrimonio representaría, pues, una desproporcional y continua «desafinación» en la gran cítara de la Historia. Dios, por su infinita justicia, quedó como «obligado» a mantener el destierro impuesto a Adán y Eva y éste pasó a ser un memorial indeleble de su primera «derrota»… Ahora bien, pensar esto podría constituir incluso una blasfemia. Dios jamás será el eterno derrotado. Tal título es el estigma exclusivo de Satanás. Entonces, ¿qué hizo el Altísimo para revertir ese cuadro?Dios se sirve de las mismas armas de la serpiente
Afirma San Juan Crisóstomo: «Cristo venció al demonio valiéndose de las mismas armas con que éste se había revestido; con ellas lo derrocó. Una virgen, un leño y la muerte fueron los signos de nuestra ruina. La virgen fue Eva, porque aún no había conocido varón; el leño fue el árbol; la muerte, la amenaza hecha a Adán. Pero he aquí como esos tres símbolos de nuestra derrota, la virgen, el leño y la muerte, se convirtieron ahora en signos de victoria. Porque en lugar de Eva, está María; en vez del árbol de la ciencia del bien y del mal, está el árbol de la cruz; y en vez de la muerte de Adán está la muerte de Cristo».2 De esas tres armas, destaca de cierta manera María Santísima. Dios quiso su concurso para obrar la Encarnación. Ahora bien, si no hay Encarnación, no hay Redención. De modo que —repitiendo la trilogía de San Juan Crisóstomo—, sin la Virgen no existiría ni el leño ni la muerte. Dirijámonos, entonces, a esa arma poderosísima, de la cual Dios se sirvió para vengar el pecado original.La nueva Eva
«Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven» (Gén 3, 20). Madre, es verdad, pero engendró vivos para la naturaleza y muertos para la gracia.3 Por lo tanto, la primera Eva no correspondió fielmente al significado de su nombre, al introducir la muerte en la tierra. La segunda, sin embargo, restauró ese designio, engendrando vivientes para la gracia.4 Así que, con toda propiedad Nuestra Señora puede ser llamada la nueva Eva. Desde los tiempos de la Patrística, la Iglesia vio en la figura de María un vínculo profundo con la de Eva. «Como la muerte entró por medio de una mujer, convenía que la vida retornara también por medio de una mujer. Una, seducida por el diablo mediante la serpiente, hizo probar al hombre el gusto de la muerte; la otra, instruida por Dios mediante el ángel, dio a luz al mundo al Autor de la salvación»,5 afirma San Beda. Dos espíritus angélicos se comunican con dos vírgenes: la primera causa la expulsión del hombre del paraíso terrenal; la segunda engendra a aquel que le abrirá a la humanidad las puertas del Paraíso celestial. ¡Cuánta correspondencia y cuánto antagonismo en esos dos coloquios, que determinaron, cada uno a su modo, los destinos de la humanidad! Consideremos algunos aspectos de ese paralelismo entre la Anunciación del arcángel Gabriel a la Virgen María y el diálogo de la serpiente con Eva en el jardín del Edén.«Alégrate, llena de gracia»
por Francisco Antonio Vallejo - Museo de Arte, Santiago de Querétaro (México)
Dos promesas
Después del saludo, el arcángel Gabriel le comunicó el objeto de su embajada: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 31-33). ¡Qué promesa! Otrora también la serpiente le había hecho una promesa a Eva: «Se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal» (Gén 3, 5). Dos dádivas son anunciadas, ambas atrayentísimas. Una, astuta y engañosa: ser como dioses. La otra, sublime, veraz y, en último análisis, muy superior: ¡engendrar al mismo Dios! A fin de cuentas, ¿qué significa la vaga propuesta de ser como Dios en comparación con la posibilidad de abarcar en su claustro a aquel que contiene en sí todo el universo? Ante esto, diversas son las reacciones. La primera Eva se deslumbró con el agradable aspecto del fruto del árbol (cf. Gén 3, 6) y deseó comerlo, aunque ello constituyera una transgresión al mandato divino. María, pensando en la obediencia a su voto de virginidad, preguntó: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1, 34). San Gabriel ciertamente se quedó estupefacto ante el altísimo grado de pureza —la virtud angélica— que María poseía.La sombra del Paráclito
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). Mientras Eva procuraba en las tinieblas del pecado la luz para conocer el bien y el mal, María, deseando ofuscar su persona, se dejó cubrir por la sombra del divino Paráclito, atrajo hacía Ella el Espíritu de Dios —llamado también Luz Beatísima— y sorbió sus siete dones. En la Anunciación «la sagacidad de la serpiente fue vencida por la simplicidad de la paloma».7 El aletear de ésta triunfó sobre el rastrear de aquella. Dios en forma humana nacería de Nuestra Señora sin concurso de varón, para restaurar la armonía del género humano.8Un brillo todo divino refulge en la Creación
Como consecuencia del primer pecado, Dios castigó a Adán maldiciendo la tierra: «Maldito el suelo por tu culpa: comerás de él con fatiga mientras vivas; brotará para ti cardos y espinos» (Gén 3, 17-18). En María, la «tierra bendita y sacerdotal», Jesús «fue el carbón que encendió a los cardos y espinos. Él habitó en el seno y lo purificó; Él santificó el lugar de los dolores del parto y de las maldiciones».9 «Fiat mihi secundum verbum tuum»: con esta respuesta al anuncio del arcángel la divinidad buscada por Eva en la desobediencia pasó a habitar en María por la sumisión. Si en el paraíso terrenal el hombre quiso ser Dios por orgullo, desde toda la eternidad Dios quiso hacerse hombre por ser la Humildad en esencia. «Ahora bien, fue la Virgen María, con su disponibilidad y obediencia, la que introdujo en el centro de la obra divina a la Criatura cumbre y modelo arquetípico de todo lo que existe, del que todo fluye».10 A partir del santo coloquio de Nuestra Señora con San Gabriel, «la Creación se iluminó con un brillo divino, por los méritos de María Santísima».11 El «fiat» de María determinó el definitivo aplastamiento de la antigua serpiente, así como de sus frustradas tentativas de victoria. Se cumplía así la profecía: «Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón» (Gén 3, 15). Adaptando la metáfora de Santo Tomás empleada al inicio de este artículo, si la Creación fuera una composición musical diríamos que el diálogo de Eva significó una disonancia, resuelta en el armonioso acorde de la Anunciación. Si omitimos este maravilloso hecho, la historia pasada, e incluso la futura, se parece a líneas torcidas, en las cuales Dios escribe; pero, cuando lo consideramos, vemos el armonioso y rectilíneo homenaje que se le rinde al Creador y Redentor a través de la Creación. ◊Sentido de jerarquía y exaltación de la virginidad
A partir del sublime acontecimiento de la Anunciación, podríamos deducir dos perfecciones del espíritu de San Gabriel, a mi ver muy destacados en los cuadros de Fra Angélico que retratan la escena de la Anunciación.
CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. O Arcanjo da Anunciação. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año VI. N.º 60 (mar, 2003), pp. 18-19.
Notas
1 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 25, a. 6, ad 3.
2 SAN JUAN CRISÓSTOMO. De cœmeterio et de cruce, n.º 2: PG 49, 396.
3 Cf. PEDRO CRISÓLOGO. Sermón 140. In: JUST, Arthur A. (Org.). La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Madrid: Ciudad Nueva, 2006, v. III, p. 57.
4 Cf. SAN GUERRICO ABAD. In Assumptione Beatæ Mariæ. Sermo I, n.º 2: PL 185, 188.
5 SAN BEDA. Homilías sobre los Evangelios, 1, 3. In: JUST, op. cit., p. 57.
6 Cf. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Maria Santíssima! O Paraíso de Deus revelado aos homens. São Paulo: Arautos do Evangelho, 2020, v. II, pp. 232-233.
7 SAN IRENEO DE LYON. Contra las herejías, 5, 19, 1. In: JUST, op. cit., p. 63.
8 Cf. ANÓNIMO. Himno sobre la Anunciación. In: JUST, op. cit., p. 59.
9 SAN EFRÉN DE NÍSIBE. Comentario al Diatessaron, 1, 25. In: JUST, op. cit., p. 61.
10 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. ¿María sería capaz de restablecer el orden del universo? In: Lo inédito sobre los Evangelios. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, v. VII, p. 69.
11 Ídem, ibidem.