Misión exclusiva, sin proporción con las capacidades humanas
¿Qué caracteriza a un hombre providencial? Debe, ante todo, desempeñar una tarea mucho mayor que él mismo. No hay hombre providencial cuya estatura esté a la altura de lo que necesita realizar, pues lo que Dios exige de él es, en general, algo tan grande que no cabe en términos de capacidad humana. En segundo lugar, la acción providencial siempre tiene un aspecto sobrenatural, que consiste en la operación de la gracia sobre las almas, de la cual el hombre puede ser un canal, pero no el autor. Y aquello que la gracia hace, nadie puede hacerlo, de modo que esta acción es invariablemente mucho mayor que el hombre. En este sentido, hay grandes hombres providenciales, de cuyas eminentes capacidades Dios se vale para llevar a cabo tareas aún mayores que ellas. Sin embargo, también puede elegir almas pequeñas, de las que saca fruto para algo providencial.
Santa Teresa del Niño Jesús en julio de 1896Comprensión, apetencia y sensibilidad por la misión
A su vez, el hombre providencial tiene una comprensión de su misión, una apetencia y una sensibilidad en relación con ella que los demás no poseen. Percibe su sentido y su importancia, sabe cómo ha de ser desempeñada, conoce los fines que es necesario alcanzar, así como los medios para lograrlo, posee las tácticas, los golpes, las habilidades para obtenerlos. En la vida de Carlomagno, por ejemplo, vemos esto de una manera espléndida. Era el emperador poderoso, el patriarca magnífico, que entusiasmaba; era el guerrero que infundía miedo en todos los adversarios de la Iglesia. Intervenía en los concilios regionales de la Galia para exigir que las cosas marcharan bien, discutía con los obispos —sin ser considerado anticlerical— y muchas veces su opinión era la que prevalecía, aunque no hubiera estudiado nunca teología. Por otra parte, Carlomagno era un guerrero formidable; no solamente un general, sino el jefe de una familia de almas en su ejército. Congregó en torno suyo a sus famosos pares, que eran otras reproducciones de él, y esos pares, a su vez, reunieron a su alrededor a los demás caballeros. Su ejército era casi una Orden religiosa, que marchaba rezando o cantando de encuentro al enemigo, con Carlomagno al frente blandiendo la espada y exponiéndose a todos los peligros, siempre por la Iglesia Católica y por la civilización cristiana.Las contradicciones, una nota invariable
Existe otra característica del hombre providencial, que difiere mucho de la mentalidad moderna. Muchos piensan que es un héroe de cómics: tiene un ojo mágico, es similar a un supermán y que, acorralado y puesto ante una situación embarazosa, con un dedo salta al techo y soluciona el problema desde arriba. Al final, todo se resuelve, nunca experimenta contratiempos. Ahora bien, el hombre providencial es todo lo contrario. Pasa por horrendas dificultades, en las que, de hecho, las cosas corren el riesgo de salir mal, si no se esfuerza y, sobre todo, si no reza mucho, depositando su confianza en Nuestra Señora. Y esos aprietos, en los que todo casi revienta, a menudo hacen de él un hombre humillado, perseguido, despreciado e incluso con todas las apariencias de un derrotado. No siempre es un hombre victorioso, que ha transformado la cabeza de los otros en el suelo por el que pisa, sino que muchas veces su cabeza es el suelo por el que otros caminan. No obstante, confía en la Providencia y ésta lo asiste, lo ampara, lo yergue, lo anima y acaba haciendo que su obra triunfe. Una exigencia a la cual el hombre providencial está absolutamente sujeto es la de que la desproporción entre su tarea y él se manifiesta de manera clara a los ojos de los demás, dejándolo frecuentemente en tal situación que se evidencia que si no fuera la gracia no conseguiría nada y si no fuera su fidelidad estaría arrasado.Las márgenes de la Historia están llenas de hombres providenciales que abandonaron su misión
Alguien dirá: «Dr. Plinio, no sé si eso será verdad, porque yo veo a todos los hombres providenciales de la Historia triunfando siempre». Esto se debe a que la Historia sólo presenta a aquellos que tuvieron éxito. ¡De cuántos hombres providenciales no están llenas las márgenes de la Historia! Hombres que flaquearon, se vendieron, se ablandaron, se deterioraron de alguna forma y, por tanto, se quebraron. El objetante podrá agregar: «Sin embargo, hay algunos tan favorecidos por la Providencia que nada podría irles mal». Es verdad. Los Apóstoles, por ejemplo. Pero ¡qué raro es esto! De cuántos hombres providenciales, repito, están los caminos llenos… En uno de estos caminos hay una higuera, de la que cuelga un ahorcado. Y este ahorcado era un hombre providencial, que se llamaba Judas Iscariote… A tal punto esto es así que, si bien teológicamente sea cierto que los Apóstoles habían sido confirmados en gracia después de Pentecostés, lucharon y pelearon como si no lo estuvieran, pues lo ignoraban.Llamamiento evidente a los ojos de todos, a veces desde la cuna
Incluso se podría decir que hay una característica imponderable en el hombre providencial. En general tiene una cierta aura, y las personas que desde el comienzo tratan con él perciben una especie de predestinación, un factor inusual, que lo destaca y diferencia del resto. Valiéndonos de un símil, diríamos que ese llamamiento se manifiesta en él como, por ejemplo, la vida en la piel humana. Basta mirar la mano de alguien vivo para darse cuenta de que no pertenece a un cadáver. Así pues, surge algo de imponderable en el hombre providencial que hace que su misión, tocada por la Providencia a veces desde la cuna, se muestre a los ojos de todos. No obstante, hay que tener cuidado con el amor propio, porque todo orgulloso piensa que ha sido preparado para alguna misión desde la cuna y tiende a darse aires de hombre providencial y a fabricar las características de su aura. ¿Qué es lo que diferencia, entonces, al orgulloso del hombre providencial? Pocos lo perciben, pero se trata de un elemento cierto. El primero está todo hecho del deseo de aparecer y, para él, la causa es una banderola que se ondea ante los demás para dar buena impresión. El hombre providencial, al contrario, por muy débil que sea, incluso hasta miserable, ve y comprende que tiene una misión divina, la cual ama de hecho, con un comprender y un ver que proviene de ese amor. Ese es el signo de la vocación que en él refulge, a veces a pesar de enormes carencias, y que indica un llamamiento permanente de Dios para algo grandioso.Lo providencial en los días actuales
Al fondo, basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)Extraído, con pequeñas adaptaciones para el lenguaje escrito, de: Conferencia. São Paulo, 30/12/1965.
Reina de la Historia desde toda la eternidad
Imagen de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción de la iglesia dedicada a Ella en Overveen (Países Bajos)Extraído, con adaptaciones, de: Dr. Plinio. São Paulo. Año XIV. N.º 164 (nov, 2011); pp. 6-13.